Arte, Apocalipsis y futuro

Desde los orígenes de la literatura y de la ciencia, las catástrofes que harían desaparecer la civilización y el mundo han sido una obsesión humana, afirma en esta columna  Leonardo Padura.

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LA HABANA, 3 ago (Tierramérica).- Cuando en 1982 Ridley Scott filmó su futurista “Blade Runner”, y mostró una ciudad de Los Ángeles devastada por la lluvia ácida, encerrada en sí misma y oscurecida por nubes de gases, aquel futuro (exactamente noviembre de 2019) parecía tan remoto y poético que pocos se hubieran atrevido a creerlo posible.
Ahora, a 10 años de esa fecha de la fantasía, el mundo se ha deteriorado tanto que las imágenes de “Blade Runner” nos asombran menos y nos sobrecogen más, pues sabemos lo cerca que estamos de vivir en un planeta semejante al que recrea la película.
Durante años los cultores de la ciencia ficción han insistido en presentar el porvenir como un estadio catastrófico al que el hombre llegaba por intervenciones foráneas (los “aliens” o los meteoritos) pero también, muchas veces, por un evento nuclear o por la degradación paulatina del ambiente, a la cual los seres humanos se han entregado sin límites ni demasiada conciencia.
Desde los orígenes de la literatura y de la ciencia, las catástrofes que harían desaparecer la civilización e incluso el mundo han sido una de las obsesiones humanas.
El libro más famoso de la cultura occidental, la Biblia, se cierra precisamente con una revelación o “œApocalipsis”, escrita por San Juan, en la que el visionario predice una arrasadora batalla, originada por fuerzas celestiales y destinada a hacer desaparecer una humanidad pervertida y condenada, para dar paso a una nueva.
Otra cultura antigua, los mayas mesoamericanos, apoyados en sus investigaciones astrológicas, profetizaron también un fin de los tiempos, pero no como castigo divino (aunque algunos futurólogos incluyen este factor) sino como resultado de una devastadora conjunción cósmica que mataría al Sol.
Hay una fecha, al doblar de la esquina, que marca la ocurrencia de este evento: el 22 de diciembre de 2012.
Pero el arte contemporáneo ha recalcado con desesperada insistencia en el peso de las actitudes y decisiones humanas como detonantes de las catástrofes que nos acechan.
Porque si para los antiguos profetas y apóstoles los comportamientos éticos tuvieron el mayor peso específico en la búsqueda de razones para un castigo, los humanos de hoy (sin descartar esa evidencia indiscutible, pues en el fondo se trata de un problema ético), tenemos además la ciencia como fuente capaz de sustentar la certeza: el mundo se encamina hacia una catástrofe y el hombre moderno, que en los últimos 200 años ha contaminado, desertificado, envenenado el planeta y separado los átomos para convertir su energía en armas ofensivas, es el único responsable de lo que se avecina.
Alguna vez leí que Confucio había advertido que el hombre es más obtuso cuando conoce la solución de sus problemas y no la pone en práctica. Hoy la estupidez humana parece haber tocado límites que jamás pudo imaginar el filósofo chino en sus lejanísimos tiempos.
Diecisiete años han transcurrido desde que en la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro se alzaron las voces de alarma: o cambiábamos o moríamos. Doce han trascurrido desde que el tibio Protocolo de Kyoto sobre cambio climático fue presentado a la comunidad internacional sin que los más ricos y poderosos hayan emprendido las acciones casi draconianas que la naturaleza exige.
El problema es conocido, las soluciones también, mas, ¿de qué tamaño son la estupidez y la indolencia?
Cierto es que en el plano de los gobiernos e instituciones científicas, incluso a la altura de los ciudadanos corrientes, estos años han ido creando una conciencia de los riesgos que corre la Tierra y su especie dominante. Además, evidencias de los efectos que ya está produciendo el calentamiento global –huracanes más poderosos, deshielos amenazantes, extinción de centenares de especies animales y vegetales y mutaciones de muchísimas otras, enfermedades emergentes o potenciadas, islas que van siendo devoradas por el mar– se comentan cada día y se sufren como parte de nuestra realidad degradada.
Pero, ¿se hace lo suficiente para detener el deterioro del ambiente? ¿La búsqueda de riquezas es un imán más poderoso que las advertencias del desastre al que nos aproximamos, con o sin profecías bíblicas o mayas? ¿Cuál es el límite de esa estupidez humana que no permite detener ahora mismo su autodestrucción?

La conferencia mundial sobre el calentamiento global que en diciembre de este año se efectuará en Copenhague tiene la dramática marca del punto de no retorno.De las acciones concretas que a partir de allí apliquen los gobiernos, tanto de países ricos como subdesarrollados –en los que el hambre y la pobreza crecen en proporción geométrica, también por el deterioro del ambiente, dependen que las profecías antiguas y las miradas artísticas futuristas no se cumplan del modo en que han sido anunciadas.

Si no cambiamos, “Blade Runner” puede terminar proyectándose en la pantalla gigante que ofrecerá a sus imágenes apocalípticas el cielo de nuestro planeta condenado.
“¢ Escritor y periodista cubano. Sus novelas han sido traducidas a una decena de idiomas y su más reciente obra, “La neblina del ayer”, ha ganado el Premio Hammett a la mejor novela policial en español de 2005.

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