Inocencia

Manuel Álvarez de Toledo

Pienso que, consciente o inconscientemente, a todos nos fascina la inocencia, la perfecta sencillez sin trasfondo, la alegría de no cargar con el peso de segundas intenciones, la seguridad de comunicar siempre claridades y transparencias gozosas del propio espíritu, de las que uno  está espontáneamente seguro sin hacer alarde de ello.

Es la inocencia voluntariamente amada por sí misma y anterior al comienzo de los cálculos del éxito social que retuercen la mente, las palabras y los comportamientos.

La inocencia es un perfume irresistible, un halo que infunde el respeto de lo sagrado y ante la que es imprescindible arrodillarse interiormente, a distancia, en silencio. Agua clara, trigo limpio.

La inocencia aborrece naturalmente toda corrupción, toda técnica para ganarse voluntades, toda adherencia destinada a crecer a costa de otros. Es el estado primigenio del alma que se deleita en la verdad y la belleza no sofisticadas.

La inocencia no atraería tanto si no fuera el primer deseo de las almas, la primera conciencia de uno mismo, la manifestación del hondón del propio ser y el destino deseado en silencio. Tanto más sincero cuanto más callado y capaz de renunciar a cualquier exhibicionismo.

Entonces la inocencia natural se convierte en conciencia refleja y en esfuerzo, a veces dolorosamente silencioso de mantenerla, vigilando atentamente sus fronteras. 

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