Los hombres que no amaban a sus empresas

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El pasado 18 de Junio salió a la venta en castellano La reina en el palacio de las corrientes de aire, último volumen de la trilogía policíaca Millenium, de Stieg Larsson. Casi en paralelo, se ha estrenado la versión cinematográfica de la primera novela, “Män som hatar kivnor”, aquí traducida por Los hombres que no amaban a las mujeres (en el original sueco, Los hombres que odian a las mujeres, esto es, “los misóginos”), que en Suecia vendió tres millones de ejemplares (en una población de nueve millones de habitantes) y aquí está batiendo récords.
En el relato, la familia Vanger es una dinastía empresarial que en los años 30 competían con los Wallenberg (familia de banqueros e industriales con inversiones en SAAB, Ericsson, SAS, ABB o Scania). En su oscuro pasado, hay Vanger que son violentos, nazis y misóginos. Tiranos incapaces de convertir sus negocios en verdaderas empresas.

Desgraciadamente, en los difíciles momentos actuales observamos a nuestro alrededor, y no en Suecia sino en nuestro país, “empresarios” y “directivos” que aprovechan la crisis para ceder ante sus peores tentaciones e hipotecar, tal vez de forma decisiva, el futuro de sus compañías.

Ejecutivos poco profesionales que desoyen los consejos del sabio Peter Drucker (“debido a que el propósito de una empresa es crear clientes, toda organización tiene dos y solamente dos funciones básicas: marketing e innovación”) y destruyen los departamentos de marketing, de RRHH, las labores de innovación, cuando no fomentan la agresividad, el cortoplacismo, el individualismo, el miedo atroz y el sometimiento.

Son hombres (en su mayoría, puesto que la mayor parte de las empresas es incapaz de aprovechar como debe el talento femenino) que “no aman a sus empresas”, puesto que comportándose indebidamente las conducen hacia su desaparición. El propósito de toda empresa, como comunidad humana, como organismo vivo, no es maximizar el beneficio sino sobrevivir. La sostenibilidad requiere de perspectiva, de humildad, de humanidad, de sensatez en definitiva, y no de necedad, algo tan común en estos tiempos.

Se trata de un cambio de modelo. Pero no de modelo productivo (que ningún gobierno, sea del signo que sea, puede imponer) sino de modelo directivo. Fernando Trías de Bes nos recuerda en su último libro que en el año 2000 había en nuestro país 64.780 inmobiliarias, que se multiplicaron hasta alcanzar las 172.851 compañías. De ellas, sólo 140 tenían más de 100 trabajadores. Dos tercios de esas “empresas” no tenían ni un asalariado. La mayor parte de esas inmobiliarias, ligadas al 11% del PIB español, ¿eran verdaderas empresas o simples “negocietes”, al calor del desarrollo urbanístico?

Los directivos no aman a sus empresas si carecen de una estrategia definida, de un plan claro y comunicado de futuro; si no cuentan con un diseño organizativo con roles bien especificados, con responsabilidades concretas; si no comunican -interna y externamente- como deben; si no se comportan como líderes versátiles sino como jefes tóxicos; si fomentan climas de desconfianza, cuando no de terror, en lugar de ambientes laborales de satisfacción, rendimiento y desarrollo; si no disponen a todos los niveles de perfiles de talento (aptitud, actitud, compromiso) para la meritocracia y optan por el nepotismo y el amiguismo; si desprecian los valores humanistas e imponen el salvajismo; si engañan a sus profesionales (que son sus clientes internos) y por ende a sus clientes finales.

Esos directivos son pésimos gestores que acabarán con sus organizaciones.
La agresividad y la chapuza, a la orden del día. Esperemos que dure poco. Los optimistas creemos que, después de todo, se impondrá la cordura y el sentido común.

Juan Carlos Cubeiro, Presidente de Eurotalent.
Publicado en Expansión y Empleo, el 27 de Junio de 2009

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