La cuenta de la abuela

María Iñíguez clama por un regreso a un eco-nomía local y de escala humana… Este artículo formará parte del monográfico que la revista The Ecologist dedica en su próximo número a la “Eco-no-mía del bien común”…

¿Por qué creen que, cuando alguien hace eco-nomía de pequeña escala, se alude a la expresión “Las cuentas de la abuela”? Efectivamente, porque nuestras abuelas eran las que llevaban las eco-nomías domésticas y ellas, que temían por el futuro de sus hijos y el de sus nietos, eran ahorradoras, no despilfarradoras, prudentes… Era una eco-nomía real, muy lejos de los movimientos especuladores que se llevan a cabo desde tantos centros de inversión… Y lejos también de la economía que había asumido buena parte de la población en esos años, tan cercanos y tan lejanos, de las vacas gordas… Café para todos y a comprar, que es gratis. Ahora pagamos las consecuencias.

Hay que recuperar aquella eco-nomía sensata de mujeres que tocaban con los pies a tierra. No es de extrañar que los factótums de los movimientos especulativos, usurarios y despilfarradores sean, principalmente, hombres, los estandartes del tecnopatriarcado moderno. Al fin y al cabo, la femineidad, cuando se asume más allá de todo tópico, con sus valores asociados, perennes, siempre es una femineidad prudente, estable, serena… Lo que se deriva de ello también tiene esas características y la eco-nomía no podía ser menos.
No hay que salir a la calle en estos tiempos de recortes para pedir más de lo mismo, para pedir aquello que nos ha traído hasta aquí: paro, miseria, desolación, falta de esperanza… El cambio tiene que ser absoluto. Lo que necesita nuestro país y todo el planeta para retomar la senda de una eco-nomía justa con el medio ambiente y con la sociedad es regresar a la escala humana, por encima de todo. Todo aquello que excede la pequeña escala se transforma, tarde o temprano, en un latrocinio que merma los derechos de la Naturaleza o de los seres humanos.
La escala humana conlleva prudencia. Cuando se derrumba una choza, como máximo te puede caer una hoja de palmera en la cabeza. Los daños son mínimos. Si se derrumba un rascacielos, las consecuencias son devastadoras. De la misma manera, hoy necesitamos ideas y formas empresariales ágiles, capaces de encontrar soluciones rápidas y factibles. Las grandes multinacionales y la macroeconomía son formas de hacer del siglo pasado: son elefantes en una ferretería sin agilidad, sin margen de acción.
Hemos rechazado durante décadas las formas de hacer de las sociedades tradicionales cuando hubiéramos evitado muchos problemas, de todo tipo, si nos hubiéramos dejado aconsejar por nuestras abuelas. Pero ahora, cuando nuestro mundo se desmorona, cuando nada volverá a ser igual, tenemos que recoger sus enseñanzas porque es de sabios rectificar. Pero, ¿dónde están nuestras abuelas’ O en los geriátricos o en viajes del Imserso… ¡Qué desastre…! Quizás es lo que nos merecemos…

María Iñíguez es periodista especialista en temas de aromaterapia

 

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