¿Impuestos contra el Co2?

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Se plantean las tasas punitivas como alternativa a Kioto
Angel Díaz
Natura/El Mundo. Junio 2007

¿Cuál es la mejor forma de combatir el cambio climático: nuevos impuestos para castigar a quien contamine o un mercado de emisiones como el de Kioto? El debate está cobrando una creciente importancia en círculos económicos y científicos de Estados Unidos -y, por tanto, en todo el mundo-, en un momento en que la mayor potencia industrial del planeta se acaba de comprometer ante la Unión Europea a reducir sus emisiones de gases.

Mientras, la comunidad internacional se prepara ya para la próxima cumbre de Bali, donde se estudiarán nuevas medidas contra el calentamiento global a finales de este año.

Los expertos, intelectuales y líderes políticos que abogan por imponer tasas especiales al petróleo y demás productos contaminantes, con el fin de reducir así su comercio, están capitaneados por el economista de la Universidad de Harvard (EEUU) Gregory Mankiw y agrupados en lo que él mismo ha denominado el Club Pigou. El nombre es un homenaje al economista inglés Arthur Cecil Pigou, nacido a finales del siglo XIX y primero en proponer tasas especiales para contrarrestar los efectos negativos de ciertas actividades.

La filosofía es simple: si alguien daña la atmósfera, que no es suya sino de todos, tendrá que pagar por ello a los demás. Evidentemente, esto perjudicará el negocio y, por tanto, reducirá su volumen, con lo que las emisiones de gases serán cada vez menores.

“Los impuestos más altos para la gasolina, quizás como parte de un impuesto más amplio para el carbono, serían la política más directa y menos invasiva para enfrentarse a las preocupaciones ambientales”, según argumentó Mankiw en un artículo publicado el pasado mes de octubre en el diario estadounidense ‘Wall Street Journal’ y que ya se ha convertido en un pequeño clásico.

En el otro lado, y aunque no se trata de medidas necesariamente contrarias, se encuentran quienes prefieren profundizar en sistemas de cuota e intercambio de emisiones, a la manera de Kioto. Uno de los principales argumentos que usan los defensores de esta clase de medidas es que configuran un mercado global, lo que parece lógico por tratarse de un problema intrínsecamente planetario. Sin embargo, puede que sea esto mismo lo que espante a otros: el gobierno mundial es una vieja idea que despierta pasiones enfrentadas.

Por otro lado, una buena parte del aumento de CO2 en la atmósfera (el equivalente a un cuarto del que producen los combustibles fósiles) se debe a la deforestación de las selvas tropicales, por lo que un mercado internacional que fuese capaz de incentivar a los países para que dejaran de destruir sus bosques podría atajar el problema y, de paso, contribuir a la conservación de parajes irrepetibles. Así lo apoyaban recientemente en la revista científica ‘Science’ William Chameides, de la asociación Environmental Defense, y Michael Oppenheimer, de la Universidad de Princeton (EEUU).

“La ventaja de un sistema basado en el mercado es que provee de un incentivo para la innovación, lo que puede traducirse en una reducción de las emisiones de dióxido de carbono a bajo coste. ¿Por qué querríamos excluir de esta competición a cualquier sector de la economía, y mucho menos a uno con tan grande potencial”, concluían los autores.

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