«Los beneficios de la agroindustria son directamente proporcionales a los gastos en sanidad.»

Agenda Viva. Verano 2012 Entrevistas
Gustavo Duch. Veterinario
Entrevistas Naturaleza
Gustavo Duch, que en apariencia es un hombre delicado y tenue, recoge en su discurso un mensaje profundamente revolucionario. La atenta envoltura de sus palabras, escogidas con cariño como si fueran semillas de cambio, no rebajan el poder de su discurso sino que, muy al contrario, lo hacen más elocuente y sincero. Para cualquiera de los que vivimos prendidos del sistema actual escuchar verdades tan oscuras sobre lo que somos, nos genera rechazo y descreimiento. Pero algo dentro de nosotros sabe cuándo lo que vemos y oímos es cierto. Otra cosa es que queramos asumir e incorporar a nuestras conciencias esas verdades para tratar de aportar nuestro granito de arena al cambio. O como mínimo a contagiar cordura y sentido común para arrojar luz sobre la esquizofrenia global que nos atrapa.

Licenciado en veterinaria y postgrado en dirección de empresas, él es un hombre criado y educado dentro del sistema. Quizá por ello sea más difícil desacreditar su voz que penetra indisoluble desde su blog y los medios de comunicación con que colabora como El Periódico de Catalunya, Público, Galicia Hoxe, El Diario Vasco, etc. En los últimos 7 años ha colaborado estrechamente con los movimientos y campañas relacionadas con la lucha por la soberanía alimentaria de los pueblos. Ha sido miembro de la junta directiva de la Plataforma Rural, colabora con las actividades de la Vía Campesina y con campañas como «No te comas el mundo» y «Som lo que Sembrem».

¿Qué le han enseñado sus casi 20 años de experiencia al frente de Veterinarios sin Fronteras y cómo han influido en su forma de pensar?

Me han enseñado, sobre todo, a desarrollar el «sentido común», es decir, a recuperar la importancia de hacer las cosas colectivamente, en comunidad, contra el individualismo al que nos ha llevado este modelo de sociedad capitalista. En las organizaciones campesinas, en el mundo rural, y desde luego en los pueblos indígenas, los espacios comunitarios se han mantenido como elemento central de sus culturas. Al hacer del trabajo una práctica en común, al decidir colectivamente y al compartir bienes, la solidaridad no se requiere como un aporte extra, está presente de forma permanente e invisible. Nuestras sociedades han hecho de este «sentido común», el menos común de los sentidos.

¿Por qué otro modelo agroalimentario? ¿Qué tiene éste de malo?

La agricultura debe producir alimentos a la vez que se convierte en medio de vida para sus hacedores. Pero el modelo industrial que tenemos es muy eficaz para generar pobrezas en el propio hábitat de la producción, en el medio rural. El dominio de estas fuerzas industriales deja al pequeño campesinado muy poco margen para ganarse la vida con sus producciones, muchas veces les expulsa de sus tierras y les arrincona en tierras marginales, o bien deben dedicar sus jornadas a latifundistas de la agroexportación que les devuelven a cambio salarios de miseria. El 70% de la población mundial que pasa hambre son, paradójicamente, pequeños campesinos.

Cuando debería ser un modelo integrado en la naturaleza, este modelo funciona dejándola al margen y, peor aún, degradándola sin compasión. La contabilidad ambiental nos cuenta que al menos el 50% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero están asociadas a este modelo de agricultura industrializada. De una actividad artesanal como la agricultura hemos hecho una actividad industrial, la agricultura industrializada; de la agricultura hemos hecho agr-incultura.

Los alimentos industriales que finalmente llegan a las mesas de quienes podemos pagarlos son responsables de una mala alimentación, pues llegan cargados de kilómetros, conservantes químicos y pesticidas. De infinitas culturas alimenticias hemos hecho una, sola y globalizada, que alienta la obesidad. En definitiva, los beneficios de la agroindustria son directamente proporcionales a los gastos en sanidad.

Por último, la supuesta eficiencia que se atribuye a estos avanzadísimos sistemas de producción es otra gran mentira. Como explican algunos recientes informes, en esta cadena de tantos eslabones, alrededor del 50% de la producción se acaba despilfarrando.

¿Qué hace bien el dichoso modelo? Generar beneficios extraordinarios a las pocas corporaciones dominantes en cada uno de los citados eslabones.

¿Y cómo luchar contra una fuerza como la globalización? ¿Acaso no entraña una oportunidad para países pobres que pueden exportar y comerciar con el mundo en igualdad de condiciones?

La globalización, entre otras cosas, ha extendido las leyes de la selva por todo el planeta, ganando siempre el más fuerte. Mientras las pequeñas economías campesinas de cualquier país pobre o rico entregan alimentos, materias primas y esfuerzo, a cambio reciben injusticias de las grandes corporaciones, de los terratenientes o, actualmente, del capital financiero.
Si la historia con su obstinada tozudez nos repite constantemente que orientar el desarrollo de un país sobre la base de unas economías de agroexportación ha sido negativo, ¿no será momento de invertir los términos y supeditar los intereses económicos a políticas de equidad?

¿Qué es y qué defiende la soberanía alimentaria?

En primer lugar es un concepto ideológico e incluso místico que resitúa el valor de la agricultura en su trascendencia: la relación con la tierra y el agua, con las semillas, con la cultura y la naturaleza para producir alimentos. Más abajo, como las muñecas rusas, es toda una propuesta política completa para organizar la agricultura según dicha premisa: los bienes naturales deben gestionarse colectivamente y la agricultura debe priorizar la producción de alimentos para la población local por métodos agroecológicos. Es también una apelación histórica del campesinado: «…no vayas a ser esclava con todos tus olivares», dice el poema. Y la muñeca del fondo es el propio pueblo campesino pues le corresponde el papel central en esta propuesta. Por ese motivo se habla de «soberanía alimentaria», por la imperiosa necesidad de que el campesinado recupere en el espacio agrario el poder hacer, el poder decidir, el poder escoger.

¿Qué es y qué defiende la «vía campesina»?

La Vía Campesina, con mayúsculas, es el movimiento social que agrupa a todas las organizaciones y sindicatos del pequeño campesinado que han decidido hacer de la soberanía alimentaria su eje director. Y ahí se encuentran, debaten, intercambian conjuntamente ?el «sentido común» de que hablaba al principio?; reúnen fuerzas para combatir a las grandes corporaciones de la alimentación y a los grupos políticos que las protegen; y, sin olvidar las experiencias campesinas del pasado, crean e inventan nuevas fórmulas de hacer dentro del esquema de la soberanía alimentaria. Por eso, tenemos también un camino, una vía campesina, que han trazado y practican: la pequeña agricultura centrada en la alimentación de la población local, adaptada a las condiciones de cada territorio, asegurando así la alimentación de todo el planeta.

¿Y cómo compatibilizar la Vía Campesina y su defensa de la soberanía alimentaria con un mundo cada vez más concentrado en ciudades, alejado del campo en todos los sentidos, interconectado, y donde la exportación e importación suponen elementos principales de las economías a pequeña y gran escala?

La crisis sistémica que sufre este planeta tiene que ver, entre otras cosas, con el modelo de sociedad que hemos elegido, y ciertamente urbanizarlo todo no ha sido acertado en términos sociales ni de sostenibilidad. La propuesta de la soberanía alimentaria alcanza también estas dimensiones y propone ruralizar nuestra sociedad. Es decir, se trata de hacer una transición de la economía industrial y globalizada que tenemos a una economía alternativa donde prima lo local y recupera valor el sector primario. Estamos hablando de más gente viviendo en el campo y más gente viviendo del campo. Seguramente es la única propuesta para ser compatibles con el planeta que nos acoge.

Algunos pensamos que esta crisis puede ser una gran oportunidad para darle la vuelta al modelo imperante y crear una nueva oportunidad para reinventarnos, pero, de momento, parece que la competitividad de precios es la que sale ganando y ya sabemos que frente a la capacidad de la industria alimentaria para tirar los precios no tenemos nada que hacer. ¿Qué opina?

Cierto, la industria alimentaria en su posición de dominio parece que siempre tiene las de ganar, pero existe otra realidad que no está en primer plano, que es la gran cantidad de gente que ha descubierto y abierto los ojos a las trampas del sistema y ya se organizan para vivir de otra manera. En el plano productivo, por ejemplo, las fincas que ya establecieron relación directa con grupos de consumidores están manejando la situación con mucha más facilidad. En nuestras reinvenciones, como usted dice, la competitividad no tendrá cabida.

Visto lo visto, ¿cree realmente posible que cambie la voluntad política en cuanto al apoyo al modelo de la industria agroalimentaria?

No con nuestro sistema político actual y la clase que lo ejerce. Las grandes corporaciones de la industria alimentaria se han asegurado de colocar en los tronos de las instituciones políticas a personal propio. Vivimos en una plutocracia donde el poderío del sector agroalimentario está muy presente y por lo tanto es casi imposible que surjan cambios de una voluntad secuestrada o sobornada. Los cambios llegarán por las fuerzas sociales, los movimientos ciudadanos que recuperaremos «soberanamente» nuevas fórmulas de gobierno.

Esa lucha ciudadana por derribar un modelo agrario que no funciona, se está encontrando con otros movimientos como el decrecimiento, el buen vivir, la banca ética, las monedas sociales, y un sinfín de propuestas que de la mano y colectivamente ?volvemos al «sentido común»? demuestran en todo el planeta que otro mundo es posible.

¿Cree, pues, que tratar de ejercer un cambio desde dentro del sistema es inútil? Y entonces, ¿cómo decaerá el sistema actual que parece a todas luces indestructible?

Los padres .y madres que vivimos con nuestros hijos, al estar tan cerca, no les vemos crecer, ¿verdad? Creo que eso nos pasa con el sistema: estando dentro no caemos en la cuenta que ya ha iniciado su desmoronamiento y es insalvable, afortunadamente insalvable. Vale la pena dedicar algunos esfuerzos más, darle un empujoncito más, para que caiga cuanto antes y empecemos a construir otro mundo posible, fuera del capitalismo generador de tantas injusticias. Y poner todas las energías restantes en visibilizar y valorar el gran abanico de opciones que tenemos para hacer este nuevo mundo.

Cuéntenos algunos ejemplos de lo que ocurre y que todos deberían saber.

¿Sabemos que las tropas de la UE han atacado las costas de Somalia para continuar con nuestro saqueo privilegiado del océano Índico? ¿Sabemos que la carne que compramos en los supermercados se engorda con soja argentina que aniquila bosques milenarios y acaba con el espacio vital de miles de pequeños campesinos? ¿Sabemos que ahora esta soja asesina e incomestible se planta para hacer combustible? Sí, y lo denunciamos, pero quizás ahora más que nunca hemos de visibilizar y revalorizar las mil y una pequeñas iniciativas que ya han sabido salirse del modelo económico actual y que de forma visionaria trabajan bajo nuevos paradigmas: cooperativas que distribuyen alimentos ecológicos intercambiando monedas sociales en lugar de euros, agricultores que abandonan prácticas dependientes del petróleo, recuperación de mercados campesinos, etc. Además de darnos de comer, estas propuestas nos hacen perder el miedo al futuro, ahora que estamos enterrando al capitalismo.

Está casado y tiene dos hijos. En su vida personal, ¿qué reflejo tienen sus ideas?

Alimentariamente hablando a casa llega una cesta semanal de productos ecológicos, tenemos en la terraza un huerto urbano, ahora casi todo lleno de fresas, que picoteamos nosotros y los pájaros, y algunas verduras llegan del huerto de Marcelí, el último pagés de Barcelona que en silla de ruedas cuida como un cuarto de hectárea entre los edificios de nuestro barrio de Horta, los pájaros y nosotros. Y aunque nuestra dieta no es que sea muy carnívora… ¡hace pocos días que mi hija se ha hecho vegetariana!

Autor/es:Odile Rodríguez de la Fuente,

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