Con los químicos no se juega

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Por Mark Sommer

ARCATA, California, Estados Unidos, 20 ago 2007,(Tierramérica).- “Un mundo mejor gracias a la química” era el eslogan de la Dow Chemical en los años 50, albores de la introducción masiva de sustancias sintéticas en los bienes de consumo, la agricultura y casi cualquier área de la vida moderna.

La frase se cargó de perturbadora ironía decenas de miles de sustancias químicas después, cuando las investigaciones en salud ambiental mostraron las pruebas de los persistentes efectos negativos de algunas de ellas que creíamos resultado de la benigna tecnología.

En nuestro avanzado mundo industrial, estamos inmersos en un mar de químicos sintéticos. La mayoría no han sido sometidos nunca a estudios sobre su impacto acumulativo en la salud humana.

Miles de sustancias contribuyen al confort de nuestra vida y al sabor de nuestros alimentos. Pero, desde su elaboración hasta su disposición final, al consumirlas y usarlas, en ambientes interiores y al aire libre, se acumulan en nuestros cuerpos con efectos desconocidos.

Para la gente en general pobre que vive cerca de las fábricas de esos químicos, las consecuencias sanitarias suelen ser graves. Los vecinos de esas plantas tienen muchas historias de cáncer y males respiratorios en sus barrios y en sus familias.

Pero quienes vivimos en sitios más privilegiados, comemos alimentos, usamos cosméticos y aparatos electrónicos, dormimos en camas y descansamos en sillones que contienen una mezcla de sustancias de efectos desconocidos.

Algunos químicos muy utilizados, como los ftalatos que hacen más flexibles y suaves los juguetes infantiles de plástico, arrojaron resultados inquietantes en estudios de laboratorio: pueden desencadenar cáncer de mama, pubertad precoz en las niñas, reducen los niveles de testosterona y la concentración de espermatozoides, causan defectos genitales en los varones y tumores en testículos.

Las tasas crecientes de algunas enfermedades, desde asma a cáncer de mama e infertilidad, exponen cuestiones preocupantes.

Pero ante el amplio arco de variables que juegan en la manifestación de una enfermedad personal –incluyendo la predisposición genética, los hábitos como fumar o beber alcohol, los factores psicosociales y la frecuencia de la exposición– es casi imposible demostrar una relación causal directa entre las toxinas ambientales peligrosas y las dolencias individuales.

Sin embargo, las evidencias circunstanciales suelen ser convincentes.

No hace mucho, los científicos tenían pocos instrumentos para medir esos impactos. Ahora están mejor provistos. El “biomonitoreo” se aplica a técnicas de análisis de la sangre, la orina, la leche materna y otros tejidos, para medir la exposición humana a químicos sintéticos y naturales. Pero el costo de esos estudios todavía los pone lejos del alcance de toda la población.

En Estados Unidos, las agencias federales y estaduales y los fabricantes han hecho poco para analizar los químicos que se introducen a nuestra corriente sanguínea colectiva a un ritmo de mil nuevos por año. De hecho, hay una firme resistencia a tales estudios, bien respaldada por el opulento sector industrial.

La Unión Europea, en cambio, adoptó un régimen de largo aliento, conocido por la sigla inglesa REACH (Registro, Evaluación y Autorización de Químicos) y destinado a controlar la proliferación de productos sintéticos no probados mediante la aplicación del principio de precaución: mejor prevenir que curar.

El REACH, en vigor desde el 1 de junio, exige que los fabricantes de productos químicos presenten información básica sobre seguridad sanitaria de todas las sustancias que producen, y establecerá una lista especial de unas dos mil, consideradas “muy preocupantes”, con el propósito de reemplazarlas por otras más seguras.

Desde luego, dar con esas alternativas es un desafío mayor para los investigadores, sobre todo porque pueden entrañar impactos sanitarios negativos a largo plazo que no resulten evidentes al momento de adoptarlas.

La noción de “carga corporal” –el total de sustancias químicas tóxicas presentes en el cuerpo en un momento determinado– hace más pesada nuestra preocupación individual como partícipes de la civilización industrial.

No hay que obsesionarse con esos riesgos para no acabar contrayendo una paranoia ambiental. Pero es vital tener idea de lo que introducimos en nuestro organismo y qué efectos podría tener en nuestra salud.

¿Cuántos y qué tipo de químicos sintéticos podemos absorber sin enfermarnos? ¿De quién es la responsabilidad de estudiar y quién debe pagar los estudios de miles de sustancias en uso y de las miles que aparecen cada año?

Los costos de analizar esas vastas existencias de químicos son enormes y, de un modo u otro, serán transferidos a los consumidores. Pero el precio de seguir ignorando el problema será, sin duda, mucho mayor.

* El autor es columnista y director del premiado programa radial A World of Possibilities

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