Ciudades Verdes: envidia cochina

1213394407_0.jpg Esta vista me suena…

Por Gustavo Catalán Deus
Natura. Junio 2008

Envidia cochina. Ese es mi sentimiento cuando leo, veo y oigo de ciudades que avanzan en lo que mi compañero de página define como ciudades lentas. Voy a pedir disculpas al lector por referirme casi en exclusiva a Madrid, que es la ciudad donde nací y donde padezco desde entonces todos los males de la gran urbe. Y también porque en la capital de España se miran otras muchas ciudades españolas, a excepción de unas pocas, como Barcelona, Vitoria o Gerona, de las que tendrían que tomar ejemplo sus ediles. Madrid es, además, el paradigma de la gestión insostenible.

El tráfico sigue siendo la peor de las asignaturas. Tras la remodelación de la M-30, nada ha mejorado en la ciudad como ya muchos habían previsto. Sus calles siguen atestadas de coches, la contaminación está en niveles altísimos y el ruido es insoportable. No hay una mala red de transportes públicos, pero los autobuses andarían mejor con menos coches en las calles. Cabría añadir que la capital no cuenta con ningún carril bici que incentive esta forma de locomoción, a la que muchos urbanitas jóvenes y no tanto, se sumarían. Es decir, en tráfico y tras gastar miles de millones de euros, suspenso absoluto.

En cuanto a los residuos sólidos urbanos, el fracaso es total. Aunque los madrileños paguen tasas del doble que cuando se hacía la recogida simple, la reducción, recuperación y reciclaje son marginales. Ni los ciudadanos participan en la selección de los residuos ni el Ayuntamiento la promueve con energía. En los cubos va todo revuelto y así llega a la planta, donde los operarios tienen que separar lo que es posible mientras el resto va a la incineradora de la que cada vez se informa menos sobre sus emisiones. Claro, que a eso lo llaman ‘valorizar’ los residuos… y se quedan tan panchos… y los madrileños conformes.

Hay barrios donde las calles están limpias. Se logra a golpe de dinero porque las brigadas repasan una y otra vez la incivilidad de los vecinos. Son sólo ciertas calles céntricas que visitan los cada día más numerosos turistas. Pero hay calles -como las que camino- donde el barrendero pasa con desidia la escoba una vez y gracias. Papeles, colillas, cacas, restos orgánicos, vómitos y escupitajos ‘ensalzan’ las aceras para vergüenza de todos y del Excelentísimo Ayuntamiento. Ni se baldean las calles y las aceras -tienen la excusa de la falta de agua- ni se limpia debajo de los coches, ese artefacto onmipresente en todas las partes y a todas horas.

El poblacho manchego que un día fue Madrid se ha convertido en una gran, sucia, ruidosa e insana metrópoli. No es ejemplo de nada, por desgracia. Sus administradores van de suficientes porque ganan con mayoría absoluta. Así nos va. Que ni tan siquiera los taxis -un espejo de cada ciudad- tienen nota y eso que tienen una licencia que se puede retirar: coches viejos, conductores insolentes y maleducados, cuando no mal aseados. ¡Qué horror! Siento mucha envidia cuando camino por Tokio o Copenhague y muchas otras que aquí ya no caben.

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