Brenda Eskenazi: “La exposición a productos químicos en el útero tiene efectos en la salud de por vida”


Brenda Eskenazi es neuropsicóloga, epidemióloga y profesora en la Escuela de Salud Pública de la Universidad de California en Berkeley. Hace más de 30 años que examina los efectos de la exposición ambiental en la fertilidad masculina y femenina, el embarazo y la salud y el desarrollo infantil. Fue una de las primeras personas en todo el mundo en investigar estos temas, y sus estudios muestran que la exposición no sólo durante la infancia sino incluso dentro del útero tienen efectos que duran toda la vida y que pueden llegar a afectar a las generaciones siguientes.

Hace poco visitó Barcelona para participar en el congreso anual de la Sociedad Internacional de Epidemiología Ambiental y tuvimos la oportunidad de entrevistarla sobre los retos de su investigación y sobre qué podemos hacer para proteger nuestra salud y la de los niños.

Sus estudios muestran que la exposición de los niños puede tener efectos en otras etapas de la vida. ¿De qué consecuencias estamos hablando?

En general nos preocupa la exposición en los primeros años de vida -incluyendo dentro del útero- y los efectos en la infancia, porque estos efectos pueden estar asociados con otros que aparecerán también más tarde en la vida. Por ejemplo, es evidente que un niño que tiene una baja función pulmonar en la adolescencia, también la tendrá en la vida adulta. O si un niño tiene un bajo coeficiente intelectual, lo tendrá de por vida. Pero también hay algunos efectos directos de la exposición infantil o fetal que aparecen cuando se es adulto. Por ejemplo, cuando en los años 50 las mujeres tomaban dietilestilbestrol (DES) para evitar abortos, el resultado fue que una pequeña proporción padeció cáncer vaginal y algunas quedaron infértiles. Y también hemos visto que sus hijas tienen una fertilidad más baja. Es un efecto en la segunda generación. Ahora estamos intentando averiguar si también pasa algo así con los productos químicos y la exposición ambiental. ¿Afecta la salud de la siguiente generación la exposición que recibimos en el útero?

¿Qué efectos de la exposición en niños o en el útero conocemos actualmente? ¿Y en qué circunstancias han ocurrido?

Sabemos que la exposición a algunos productos químicos o radiaciones pueden causar cambios irreversibles que pueden afectar la salud infantil -física o psíquica- de por vida. Los datos más evidentes son los de casos extraordinarios como las bombas nucleares de Hiroshima o Nagasaki, donde además de las muertes directas, hubo consecuencias en los fetos: menor peso y talla, presión sanguínea más alta y más tumores. Los niños nacidos tras el accidente de Chernobil en las áreas con radiación tenían bajo coeficiente intelectual y tasas elevadas de cáncer de tiroides. Y las niñas tenían un alto nivel de testosterona. El vertido de toneladas de mercurio en Minamata, Japón, en 1956, ha causado parálisis cerebral congénita, discapacidad intelectual y demencia, entre otros. El accidente químico de Seveso, en Italia, en 1976, ha afectado el ciclo menstrual, ha causado infertilidad y un riesgo de cáncer más alto. Son casos extremos, pero prueban que la exposición a sustancias químicas en el útero o en los primeros años de vida tienen efectos en la salud, de por vida.

Además de estas condiciones extremas de los accidentes químicos, ¿cuáles son los efectos de las dosis bajas a las que estamos expuestos en la vida diaria?

Las dosis bajas de productos químicos que tenemos alrededor cada día también tienen efectos, sí. Un ejemplo claro es el humo del tabaco en las mujeres embarazadas. Sabemos que provoca bajo peso en los bebés, pero eso no es todo. Debido a este bajo peso, ese niño puede tener problemas de salud a lo largo de los años, y también hemos encontrado una relación entre el tabaco en el embarazo y altas tasas de obesidad, hipertensión y baja fertilidad en aquellos hijos e hijas cuando llegan a adultos.

Otro ejemplo es el plomo. Es bien sabido que hay una relación entre los niveles altos de plomo y la criminalidad. E insecticidas como el DDT, en chicas que estuvieron expuestas antes de los 14 años, se ha asociado con el cáncer de mama. Otros estudios están investigando los efectos de los retardantes de llama que se usaban hace unos años, y también hay evidencias de los efectos continuados en la salud de la contaminación atmosférica. Son muchos los órganos que pueden verse afectados por la exposición ambiental, y uno de los temas que es realmente importante y que por ahora se ha estudiado poco es cómo afectan los agentes ambientales al sistema inmunitario. Es decir, a nuestra capacidad de responder a las diversas infecciones, o las vacunas, de manera adecuada.

El hecho es que por ahora no hay demasiados estudios sobre la exposición en los primeros años y los efectos en la salud hechos con humanos. Sí hay más con animales. Y todavía no tenemos claro si estas relaciones son causa-efecto, necesitamos investigar más con datos de humanos. Y debemos hacerlo. Necesitamos más información.

Esta exposición en los primeros años, ¿puede ser la causa de las cada vez más frecuentes alteraciones en la pubertad?

No es un tema fácil, porque pasan muchas cosas al mismo tiempo. Por un lado, tenemos más sustancias químicas en el medio ambiente, así como disruptores endocrinos que afectan el sistema hormonal. Pero también hemos visto, en animales, que algunos de estos agentes pueden causar obesidad, afectar el peso corporal. Si esto es cierto también en humanos, sabemos que el peso está relacionado con el momento de inicio de la pubertad. No sabemos que va primero, si el huevo o la gallina. Pero los cambios de masa corporal antes o alrededor de la pubertad son importantes. Aún no está claro si es alguna sustancia química la que dispara la obesidad y el inicio de la pubertad al mismo tiempo, o si afecta a cambios en el peso que después avanzan la pubertad, o viceversa. La causa también podrían ser las grasas en la comida, que crean obesidad, y pueden causar pubertad temprana. No es una respuesta sencilla.

Pero en este congreso hemos tenido varias ponencias sobre la pubertad temprana, o con retraso, y ambas pueden tener consecuencias negativas. Las dos ponen los pechos en peligro. Sobre todo la pubertad temprana, que sabemos claramente que es un factor de riesgo para el cáncer de mama.

Y en cuanto a la exposición a los plaguicidas que se utilizan en la agricultura, ¿cómo pueden afectar a los fetos y los niños?

Acabamos de publicar un artículo en el que mostramos la relación entre los plaguicidas organofosfatados, que se usan mucho en agricultura y se metabolizan en la madre durante el embarazo, y el coeficiente intelectual de niños de siete años. Y ya habíamos publicado que estos plaguicidas pueden estar relacionados con el trastorno de déficit de atención con hiperactividad. Al mismo tiempo, dos estudios más han encontrado resultados similares. Y la convergencia de todos estos hallazgos nos hace preguntarnos si hay efectos neurotóxicos con niveles bajos de exposición a los plaguicidas organofosfatados. Sabemos que existen en los casos de niveles altos de exposición, pero con los bajos todavía no tenemos la respuesta, porque medir estas sustancias en el cuerpo humano es complicado. Pero los datos indican que podría haber efectos.

Con toda esta información, las familias pueden sentirse alarmadas y preguntarse qué pueden hacer para proteger a los niños.

Se pueden hacer cosas, cuidar de algunos detalles que quizá no sean una solución total, pero que pueden suponer una diferencia. Número uno: no usar plástico en el microondas. De hecho, utilizar tan poco plástico como sea posible. Si se desea utilizar el microondas, que sea con recipientes de vidrio. Y si es posible, beber de vasos de vidrio, de acero inoxidable o de aluminio. En cuanto a los plaguicidas, yo no defiendo la comida ecológica como única opción, porque a menudo su precio está fuera del alcance económico de mucha gente, y para mí lo más importante es que las mujeres embarazadas coman fruta y verdura fresca, sea ecológica o no. Y también es muy importante lavar bien la fruta y verdura, si es posible con un cepillo para eliminar los residuos que puedan tener en la piel. A veces me preguntan si es necesario usar jabón o algún otro producto de limpieza especial, y yo creo que no, sólo agua. Pero hay que limpiar incluso melones o sandías antes de cortarlos. Todo esto es para evitar los restos de plaguicidas.

También hay que evitar los utensilios de cocina -como las sartenes, por ejemplo -con revestimientos que sospechemos que puedan tener sustancias químicas. Hay muchas cosas prácticas que podemos hacer para proteger a los bebés, y sobre todo creo que las madres embarazadas deberían tomar estas medidas. Y, por supuesto, no acercarse a nadie que fume y no fumar ellas mismas de ninguna de las maneras. Ni tomar alcohol, porque no sabemos si hay un nivel seguro de consumo de alcohol durante el embarazo.

La investigación en la salud ambiental infantil ha crecido mucho en los últimos años. ¿Cuáles son los retos que se encaran en este campo?

Yo he estado haciendo esto desde hace 30 años, y cuando empecé podía contar con los dedos de una mano el número de personas que estaban estudiando la salud infantil ambiental. En la última década, los estudios sobre los efectos de las sustancias químicas en niños, y dentro del útero, se han multiplicado. Y en este congreso hemos visto más investigaciones que nunca sobre estos temas. Así que creo que en los próximos años se publicará mucha más información. Por este motivo hemos creado la International Society of Children’s Health and the Environment (ISCHE), que agrupa a las personas que trabajamos en este tema, de manera que podamos crear algún libro blanco u otros documentos que resuman los resultados para que los políticos puedan ver lo que decimos los científicos. Creo que hemos llegado a un buen punto, y me hace sentir muy bien saber que tendremos más información para las próximas generaciones. Me da esperanza.

Pero para que toda esta investigación pueda avanzar, necesitamos la cooperación de mucha gente. La mayoría de estos estudios se basan en los datos de personas que aceptan compartir su información médica con fines científicos. Sólo puedo hablar por mí: yo misma he participado en muchos estudios. Creo que así puedo devolverle algo a la sociedad y asegurarme de que tendremos la información que necesitamos sobre la salud humana. Y como madre también lo he hecho, mi hijo también ha participado en muchos estudios. Por supuesto, nunca haría nada que le pudiera dañar, pero estos estudios se basan sólo en datos informativos. No nos deben dar miedo. Nunca tendremos la información que necesitamos nosotros, o nuestros hijos, o los hijos de nuestros hijos, si no participamos en estos estudios. Es fundamental para las próximas generaciones. Si queremos nietos sanos, tenemos que formar parte de estas cosas.

Necesitamos más datos para confirmar nuestras hipótesis, y para ampliar las investigaciones. Hasta ahora nos hemos centrado en la exposición de la madre, pero ¿qué pasa con el padre? ¿Cómo afecta la exposición del esperma a la salud infantil?

Tenemos que saber más.

Brenda Eskenazi es directora del Center for Environmental Research & Children’s Health.

La Fundació Roger Torné, consciente de la necesidad de investigación en este campo, colabora con el Centro de Investigación en Epidemiología Ambiental (CREAL) para llevar a cabo un gran proyecto de estudio sobre el papel de los contaminantes en el aire , el agua y la dieta en la salud infantil, en el que participan cientos de familias de forma totalmente altruista. Por otra parte, encontrarán más información y medidas para proteger la salud de los más pequeños en la guía ‘Salud infantil y medio ambiente. Una relación de por vida’, editada por la Fundació y basada en los resultados de más de 150 estudios científicos de todo el mundo.

Fuente: BLOG Inspira de la Fundació Roger Torné por Anna Boluda [ VER ]

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