Antibióticos en la granja, peligro en la salud pública

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ARCATA, Estados Unidos, 7 sep (Tierramérica). Por Mark Sommer

A los estadounidenses nos gusta la carne. En un año, cada uno de nosotros consume en promedio unos 100 kilogramos de pollo, res y cerdo. Pero algunos están frecuentando  menos estos alimentos a raíz de casos de contaminación e inseguridad sanitaria, aparición de bacterias resistentes y condiciones de sufrimiento animal en los sistemas de cría intensiva.

La culpa, dicen los críticos, es de la industria agropecuaria que confina a los animales en espacios mínimos para maximizar la productividad y las ganancias en un mercado muy competitivo. Las expectativas de los consumidores de carne a precios módicos en la mesa también determinan prioridades de la industria.

Para mantener a los cerdos y aves de corral en estrechas jaulas, los granjeros terminaron administrándoles  antibióticos no para combatir infecciones, sino para prevenir brotes e impulsar el aumento de peso. Hasta 70 por ciento de los antibióticos que se usan en Estados Unidos son para los animales de granja, si bien la ciencia lleva décadas advirtiendo que su uso está generando una cadena de efectos negativos, como la reproducción  de cepas de bacterias resistentes que minan la efectividad de los antibióticos de los que dependemos para combatir nuestras propias infecciones. La mayor parte de los cerdos y aves de corral se crían en América del Norte bajo techo, en parques de alimentación intensiva para animales confinados (CAFO, por sus siglas en inglés), que son un caldo de cultivo para la proliferación de microbios dañinos. El agregado de antibióticos al alimento ha permitido que las bacterias se adapten y consigan neutralizar buena parte de los fármacos. De hecho, afirman los microbiólogos, al usar antibióticos en exceso hemos seleccionado a las más poderosas, ante las que estamos menos preparados para defendernos.

El desarrollo de nuevos antibióticos contra ellas es costoso y lento. Un notable estudio publicado en 2008 por la independiente Pew Commission on Industrial Animal Production establece que el uso excesivo de antibióticos es un problema de salud pública que afecta a los trabajadores de las granjas, a las comunidades cercanas, los acuíferos y a los consumidores. Los costos de los tratamientos a bacterias resistentes se elevan a 5.000 millones de dólares por año en Estados Unidos, afirma la Comisión, que reclama el cese de todos los usos no terapéuticos de antibióticos en la producción agropecuaria.

La clave, afirman productores, es volver a formas de cría tradicional, al aire libre y sobre el suelo, y no en pequeñas  cajas enrejadas  suspendidas sobre enormes “lagunas” formadas por los propios desperdicios de los animales.Como ocurre con los niños en sus patios de juego, la exposición a los microorganismos de los predios agrícolas, permite a los animales desarrollar una inmunidad natural a las infecciones más comunes. Esa experiencia, afirman sus promotores, demuestra que los animales de granja pueden criarse en confinamiento relativo sin el uso preventivo de antibióticos.

El hacendado Fred Kirschenmann, del norteño estado de North Dakota, cree que los productores no deben ser los primeros culpables. La falla es del sistema, orientado por una demanda de precios bajos, en el que juegan su papel tanto consumidores como grandes intermediarios.

Pero cuando se consideran todos los impactos, el sistema no resulta tan efectivo en costos. Lidiar con los brotes epidémicos, la caída de la eficacia de los antibióticos para uso humano y las condiciones de vida animal entraña costos mayores para la sociedad.  Ante presiones de científicos, funcionarios y público consumidor, la industria parece estar volviendo a prácticas hasta hace poco desacreditadas por ineficientes o ruinosas. En la feria anual de carne porcina World Pork Expo, celebrada a inicios de junio en Des Moines, en el centro-norte del país, se observó que la mayoría de los criadores  está reduciendo el uso de antibióticos en la alimentación.

Como consumidores, esperamos que la carne llegue envasada en plástico retráctil y a precios de ganga. Nuestras decisiones personales pueden parecer inofensivas, pero sumadas generan consecuencias que nos dañan a todos. Queremos y merecemos alimentos saludables y a precios módicos. Sin embargo, debemos asegurarnos de que la búsqueda de la ganga no nos cree nuevos problemas.

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