Sobre los insectos en casa

Joaquín Aráujo

Natura,21 de julio de 2008.- Estos máximos de comodidad y mínimos esfuerzos que se han convertido en falso derecho, a menudo, se saldan con catástrofes. Entre lo que ‘molesta’, figuran casi todos los insectos, arácnidos y otros invertebrados que durante los meses cálidos adquieren la condición de omnipresentes y casi siempre muy abundantes.

Incluso en el seno de las ciudades son miles de millones los animálculos que se nos cuelan por las rendijas, sobrevuelan los tejados, comparten setos, jardines y parques. Algunos con notables desfachatez viven en cualquier rincón de las casas y hasta consiguen formar colonias notables, caso de hormigas, termitas, y no digamos las cucarachas. Moscas y mosquitos completan la ‘temible’ horda de indeseables vecinos.

Para erradicarlos se usan toda suerte de productos y hasta de artilugios. Los repelentes van desde achicharradores siniestros, hasta emisión de ultrasonidos que espantan incluso a los humanos con restos de sensibilidad auditiva. Pero sobre todo los campos, los del dueño de todo lo que le rodea, son rociados con productos con capacidad biocida que normalmente ultiman a toda suerte de blandos, diminutos y numerosos inquilinos.

Por supuesto a los buenos, los malos y los intermedios. Procedemos de la misma forma, si bien a escala diferente, que si para derribar un edificio ilegal voláramos toda una manzana de viviendas por completo sujetas a derecho.

A nadie le cabe duda alguna sobre lo alejados que casi todos se mantienen en la actualidad de las comunidades vivas y de sus tramas y funciones. Lo espontáneo y su significado, los servicios y manifiestos favores que la naturaleza nos proporciona no son ni siquiera el aperitivo de las reflexiones. Mucho menos el considerar los motivos por los que se llega a tener a los no invitados en casa.

Pero la reacción resulta siempre instantánea: Se puede usar una sustancia exterminadora, casi sin límites a esa escala, para no tomarse la molestia de incrementar las defensas pasivas, la higiene y el mantenimiento arquitectónico del espacio urbano y doméstico.

Recordemos que siempre será más eficaz una tela mosquitera que matar a los dípteros que se cuelan por las ventanas. Que nada más eficaz que tener realmente limpia la casa, pues no le dará oportunidades a los detritívoros. Que tener todos las baldosas bien selladas niega residencia a las hormigas y cucarachas.

Tampoco conviene olvidar que la mayor parte de los insecticidas tienen un poder letal miles de veces mayor que el precisado para matar a unos mosquitos o un puñado de cucarachas, por cierto, cada día más inmunes a la mayoría de la química al uso.

En fin, que se ha sacralizado el matar moscas a cañonazos y nos olvidamos de que todo acaba en alguna parte, que esos venenos se suman al cóctel de los enemigos de la transparencia del aire y de las aguas, de la salud de nuestros suelos, incluso los urbanos, por pocos que sean y que hasta la más pequeña molécula de veneno, casi todos ellos con cierto o mucho grado de persistencia, acabará en los océanos.

Mucho más cuidado, y sobre todo moderación, resultan necesarios a la hora de utilizar cualquier biocida. La propia palabra debería bastar como advertencia para ser mucho más cuidadosos a la hora de decidir sobre la vida y la muerte. Aunque sea la de los animálculos menos atractivos.

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