La regeneración de un bosque quemado (y las sorprendentes arañas)


Carlos de Hita. Natura, 1 sept. 2012

Se va acabando el peor de muchos veranos, una estación que, pese al dicho, no conviene olvidar.

Tras el paso de las llamas, donde antes resonaba la música del bosque ahora sólo escuchamos el viento y el silencio.

Pero aunque no quede ni un árbol con vida, un bosque quemado no deja de ser un bosque. Desde el mismo final del incendio comienza la regeneración. Lo que sigue puede ser la secuencia idealizada, cargada de esperanza, del resurgir espontáneo de una nueva masa forestal a partir de sus cenizas. De ninguna en particular, la suma de todas en general.

Durante un tiempo las tierras calcinadas no serán más que un lugar vacío. Las lluvias de otoño son el principal peligro, ahora que el suelo está desprotegido y la vegetación, pulverizada en cenizas, se halla expuesta a la escorrentía.

Pero la primavera próxima algo empezará a reverdecer. Llegarán plantas rastreras y los primeros en recolonizar los espacios vacíos: moscas, ortópteros y algún bando de jilgueros deambulando aquí y allá en busca de semillas de cardos.

Diez años después –si alguien no ha decidido repoblar con los pinos que acabarán ardiendo treinta años más tarde- el nuevo proyecto de bosque ya ha arraigado. Por el momento no es más que un matorral reseco, como resecos son los cantos de las currucas que crían ocultas entre jaras y brezos. Rebaños de cabras mantienen a ralla la vegetación y obran el milagro de convertir estas matas ásperas en queso tierno.
Pasados otros diez años, entre los retoños de los que sobrevivieron al fuego y los nuevos tallos, en el bosque quemado vuelve a haber sombra bajo las copas. El viento ya mece los troncos y la variedad de cantos da lugar a confusiones. Por debajo siguen parloteando las currucas, pero en los troncos ya trepan los trepadores y en las copas deambulan petirrojos y páridos.

Monte Louro, en Galicia, se recupera tras ser arrasado por las llamas. | Carlos de Hita

A los treinta años del incendio el bosque avanza hacia la madurez. Los troncos  son lo suficientemente recios como para servir de tambor a los picapinos; zorzales y mirlos endulzan la atmósfera con sus voces bien moduladas, y alguna pequeña rapaz forestal, en este caso un ratonero, deja oír su maullido sobre las copas.

Medio siglo después el bosque vuelve a ser lo que era. Un ecólogo dirá que aún falta mucho en la sucesión al clímax, la estabilidad final. Pero para los simples paseantes, oyentes del concierto natural, el bosque habrá resurgido al fin de sus cenizas.

¡Ojalá y siempre!

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@CarlosdeHita

Las arañas, claves para la regeneración de la vida tras un incendio forestal

Arañas

Las arañas son de las primeras especies que aparecen en los bosques arrasados por el fuego (Efe) (Archivo)
Las arañas, pese a su mala reputación, se han revelado como una de las piezas esenciales para la regeneración de la vida tras un incendio forestal, ya que son unas de las primeras colonizadoras de estos espacios arrasados y con su presencia permiten la llegada de nuevas especies de animales y plantas.
  • Carlos López/Efe. 25.08.2005 –
Según indicó el director del departamento de Entomología de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, Alberto de Castro, “las arañas cumplen una importante función” tras los incendios, porque aunque las especies autóctonas, más especializadas, mueren por efecto de las llamas, nada más apagarse los rescoldos del fuego “hay un batallón de arañas oportunistas” que acuden al bosque quemado.

Tal es así que lo primero que, según De Castro, encontraron los exploradores tras la formidable explosión del volcán Krakatoa, que en 1883 causó la devastación casi total de esta isla ubicada entre Java y Sumatra, fue una araña.

Los arácnidos se dispersan muy bien con la táctica del parapente

Esto se debe a que los arácnidos “se dispersan muy bien” porque, aunque no vuelan, hacen “parapente”. Para ello, “suben a un lugar alto, donde hay corrientes de aire, emiten un pequeño hilo de seda que hace las veces de vela y planean con ella, desde unos metros, que es lo más habitual, hasta cientos de kilómetros”.

El biólogo donostiarra, que ha conseguido una beca postdoctoral para estudiar la ecología de las arañas en los bosques templados de Kentucky (EEUU), precisó que gracias a esta técnica las arañas colonizan islas y otros lugares distantes o calcinados por el fuego.

De esta manera, llegan a los bosques arrasados a la vez que algunos insectos muy poco exigentes que les sirven de comida, lo que les permite prosperar y ser, a su vez, alimento de otros animales como aves, reptiles, anfibios y pequeños mamíferos, que dispersan semillas y polen, facilitando la entrada de nuevas especies en el ecosistema y su recuperación.

Las arañas no regeneran el bosque, pero contribuyen a que empiece la vida de nuevo

“Las arañas no regeneran el bosque, pero contribuyen a que empiece la vida de nuevo porque son muy resistentes y capaces de sobrevivir en estos ambientes” tan difíciles, recalcó De Castro, quien explicó que hasta el momento se han catalogado unas 38.000 especies de arácnidos en todo el mundo (1.300 de ellas en España y Portugal), aunque se estima que podrían existir hasta 200.000, porque cada año se descubren algunas nuevas.

De Castro, que ha descubierto este año, por primera vez en nuestro país, una rara especie de arácnido cuyo nombre científico es “Midia Midas”, destacó la importancia de las arañas como depredadoras de insectos y su beneficio para el hombre y sus cosechas, ya que tienen un importante papel en el control de plagas y evitan el uso de pesticidas, además de servir como indicadores ecológicos de la correcta o deficiente situación medioambiental de los ecosistemas.

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