Hacia una madurez libre y feliz

Agenda Viva. Primavera 2010

El hombre y la tierra

“Debemos volver a la vieja armonía de las pequeñas comunidades agrícolas que obtenían todo de la tierra y devolvían todo, a su vez, a la tierra; pero, evidentemente, sin renunciar a las conquistas de la técnica que, sin dañar la naturaleza, enriquecen y facilitan nuestra existencia.”

Félix Rodríguez de la Fuente. Agosto de 1977.

Queridos amigos: con esta nueva sección queremos ahondar en la filosofía que Félix tan bien supo sintetizar en el título que dio nombre a su afamada serie. Como más adelante nos cuenta el autor de su primera biografía autorizada, Félix mantenía que el desasosiego del Neolítico y el generado en el siglo de la sociedad industrial responden, en realidad, al desarreglo de una adolescencia colectiva a la que debe suceder una madurez tan feliz como la infancia paleolítica. Félix estaba convencido de que el ser humano esconde en su naturaleza, un profundo y atávico sentido de pertenencia, asombro y respeto hacia el fenómeno vital. Somos vida pensante; inexorablemente entrelazados con todos los compañeros de viaje que nos acompañan en la nave sideral que hemos dado en llamar “Tierra”. Desde la célula más pequeña hasta el ecosistema más complejo, todos participamos del fracaso o el éxito de la vida en su maravillosa y frágil diversidad. Y es que la biodiversidad es, en esencia, la clave de la resistencia de esta totalidad palpitante que es el planeta Tierra.

Muchas de las políticas y creencias conservacionistas parten de la base de que el ser humano es esencialmente destructor. Como un virus, la raza humana se reproduce sin freno y consume sin miramientos todo lo que el entorno pone a su alcance. Estamos abocados a autoexterminarnos, arrastrando en nuestra caída hacia el abismo de la extinción a todas las especies susceptibles de sucumbir a nuestra forma de vida. Lo cierto es que ya existen multitud de ejemplos; comunidades que acabaron esquilmando todo lo comestible, dato especialmente evidente en zonas estrictamente limitadas en el espacio como son las islas. Entonces, ¿de dónde sacaba Félix esa visión utópica de comunión entre el hombre y la Tierra? Lo cierto es que aunque nuestra sociedad sea la evidencia palmaria del carácter destructor de nuestra especie, el ser humano no siempre fue así. Aún quedan vestigios de un tiempo en que los seres humanos sentían un profundo respeto por la madre Tierra. Son pueblos que perviven asentados en costumbres y creencias que han permanecido inalteradas durante siglos y que, en algunos casos, se remontan directamente a aquellas tribus cazadoras y recolectoras del Paleolítico. Sociedades que se integran en el paisaje, acariciándolo, dejando apenas rastro de su presencia y, en casi todos los casos, incluso enriqueciéndolo como una pieza más de la diversidad. En sus creencias y religiones existe un código de respeto, un pacto de alianza con la vida que llevaba incluso a los cazadores a robarle a la naturaleza sólo lo estrictamente necesario y a devolverle, aunque fuera en la forma de ritos y plegarias, el reconocimiento de su generosidad y omnipotencia.

Entonces, ¿somos fundamentalmente destructores o potenciales aliados y custodios de la vida? Los que creemos en el ser humano, en la esencia que se esconde debajo de una piel de plástico y cemento, pensamos que el hombre se reencontrará con su reflejo en la naturaleza. Para ello es imprescindible reconocer y aprender de aquellas personas que aún mantienen un diálogo fértil con la tierra. Aquellos hombres y mujeres que conocen, mejor que nadie, los recovecos de su entorno. Depositarios de una sabiduría empírica que les permite interpretar el lenguaje secreto de la naturaleza; personas que conviven día a día al compás de las estaciones, sabedores de que su subsistencia depende de la salud del aire, el agua y la tierra.

En España esas personas están en un mundo rural que agoniza. Arrinconados por un desarrollo urbanístico centrífugo y un sistema económico industrial que ensalza la cantidad frente a la calidad, ellos se aferran a un modo de vida que ya pocos entienden. Además, en demasiados casos, la política conservacionista que parte del principio de que el hombre es el enemigo del entorno a proteger, aplica sus medidas restrictivas a personas a las que sólo les quedaba la tierra, marcando pautas de comportamiento insostenibles, trazadas desde despachos de la urbe y asesoradas por determinados científicos y naturalistas que todavía saben poco de la realidad del hombre y la Tierra.

Desde la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente creemos que en la forma de vida de unos pocos hombres y mujeres que aún permanecen en el mundo rural, se esconden las claves de una convivencia armoniosa entre el hombre y la tierra. Con esta nueva sección y con una de las tres líneas estratégicas de proyectos de la Fundación, queremos trabajar para dignificar y dar a conocer algunos de estos últimos héroes. No se trata de idealizar o dogmatizar. Más bien de trabajar, entre todos, por facilitar a través de un reconocimiento merecido, la trascendental labor de los que atestiguan a diario el ciclo de la vida y la muerte. Mejorar, apoyados en los últimos avances y tecnologías, su buen saber hacer, así como diseñar fórmulas que les ayuden a superar las enormes dificultades a las que a veces se enfrentan. Aplicar el estudio científico y naturalista a las coordenadas de las que son depositarios tras generaciones de prueba y error. Valorar y con ello hacer viable para futuras generaciones los servicios mensurables y reales que ofrecen a la sociedad. Darles acceso a los últimos avances y tecnologías para que puedan seguir afinando su vocación por vivir inmersos en la aventura de la vida.

Confiamos en que, en las fascinantes historias que desvelaremos en los próximos números, nuestros lectores puedan disfrutar, aunque sólo sea a grandes trazos, de la riqueza apasionante de personas enamoradas de la vida. Personas que luchan por seguir viviendo como lo hacían nuestros antepasados comunes, pero que exigen el reconocimiento y el respeto de una sociedad aturdida por la frivolidad. Verdaderos custodios de la vida y la biodiversidad, de la cultura y el paisaje que, sin embargo, a duras penas consiguen llegar a fin de mes.

Para cerrar el círculo y acercar aún más a nuestros lectores a “El Hombre y la Tierra”, os ofreceremos, entre otras iniciativas, la posibilidad de apoyar, a través del consumo directo de sus productos, formas de vida que no sólo ofrecen un aliento de esperanza, sino que nos hacen recuperar nuestra fe en la humanidad

Autor/es:

Odile Rodríguez de la Fuente

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