El lenguaje secreto de la vida

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Por Odile Rodríguez de la Fuente
Natura/El Mundo XII / 2007

Recuerdo momentos aislados pero principalmente recuerdo sensaciones. Muchas de ellas con la nostalgia del que sabe que nunca podrá volver a sentir igual. Sin embargo, sé que aquellas sensaciones, como todo lo importante que ha pasado en mi vida, forman parte de los cimientos de mi arquitectura humana. La forma más intensa e inmediata de incorporar vivencias a la memoria, al comportamiento, al saber, a la intuición son las emociones. Ellas criban los cientos de millones de datos que nos traspasan a lo largo del tiempo y del espacio y seleccionan las que han de permanecer, adherirse y transformar el tejido humano, tangible e intangible, que nos hace.

De mi padre guardo recuerdos difusos cargados de sensaciones. Cómo nos miraba, cómo nos tocaba, sobre todo cómo nos hablaba. Tantas historias, tantos cuentos maravillosos llenos de asombrosos misterios, aventuras, nobleza, belleza. Cuentos de realidad, de personas que vivían y entendían la naturaleza como algo profundo, infinito e inherente a sus vidas.

Recuerdo, por ejemplo, cuando volvió de su viaje a Canadá, después de semanas de ausencia, cómo irrumpió en casa y nos sacó de la cama para contarnos, a su pequeña tribu de mujeres, lo que a mí me supo como la historia más fascinante que nunca hubiera imaginado. Midiendo cada palabra, cada pausa, cada énfasis, nos habló de los esquimales con los que había tenido el privilegio de encontrarse. Según sacaba de su maleta figuras talladas en huesos de ballena por las manos de aquellos hombres, nos llevaba a sus tierras gélidas y lejanas, nos hacía sentir el frío cortante, el pálpito de la vida bullente bajo el hielo, el calor de los iglúes y nos hacía encontrarnos cara a cara, con hombres y mujeres que entendían el lenguaje secreto de la Vida.

Desafortunadamente no tuve tiempo de transformar esas sensaciones en reflexiones y conclusiones racionales. Al menos no con su ayuda. Ha sido el tiempo, las coincidencias y ese compás interno, cincelado por las vivencias que atesoré de pequeña, los que me han permitido reconocer en el exterior la sabiduría que llevaba en el interior. La sabiduría innata, ancestral y universal que todos albergamos y que mi padre supo despertar en mí y en miles de personas. Tuve la suerte de saciarme de impresiones positivas que me condicionaron a intuir aquel lenguaje secreto de la Vida y a creer, como resultado, en la unidad indisoluble que forman el Hombre y la Tierra.

Por encima de los animales, a mi padre le fascinaba el ser humano. Por eso le preocupaba profundamente en lo que se estaba transformando y en lo que, por efecto reflejo, estaba convirtiendo a la naturaleza. Yo entendí desde el principio que en su mensaje y en el que nos traía desde aquellos pueblos ‘primitivos’ que aún escuchaban y entendían a la naturaleza todo dependía de que el hombre reconociese su condición como hebra en el tejido de la Vida. No se trataba tanto de conservar, de guardar el paisaje y sus criaturas en una urna de cristal a buen recaudo y a salvo de cualquier amenaza procedente de los hombres.

Aunque fuera necesario y lo siga siendo en casos extremos, la solución no estaba en extirpar de forma irreconciliable al hombre moderno -circunscrito al cemento- del resto de los procesos vitales. De ejercer la ‘conservación’ como una obligación moral y ética, como una condición que asegurase nuestra supervivencia a largo plazo y el descanso de nuestras malas conciencias. De tratar a la Tierra con condescendencia, como algo ajeno a nuestra condición. Más bien se trataba de recuperar nuestro lugar en el insondable proceso de la vida, de reconocernos en las nubes, en las montañas, en el aullido del lobo. De retornar a la fuente.

Hoy en día, conseguir o incluso proponerse esto puede resultar utópico y poco realista. Al menos dentro del contexto de una sociedad como la actual en la que el ‘desarrollo’ implica una necesaria escisión de la naturaleza. Con todo, lo cierto es que hace muy pocos años, la sociedad española era eminentemente rural y aunque guarde fresco el recuerdo de una posguerra, que convirtió la vida en el campo en una lucha por la supervivencia, aún quedan personas que identifican su existencia con una forma de vida atemperada al ritmo de los ciclos naturales.

Los hombres y mujeres rurales, custodios durante cientos de años de los espacios que ahora queremos conservar, merecen el reconocimiento de toda la sociedad por su función. La realidad es que los espacios naturales y sus procesos ecológicos se sostienen, en gran medida, en la labor de los habitantes que protagonizan el día a día en el campo. El hombre rural ‘moderno’ debe reivindicar su papel como gestor del medio natural y convertirse así, en el mejor aliado de la Vida. El reto está en ayudarle a erradicar aquellas malas prácticas propias de una economía de supervivencia para que adopte y promueva las buenas prácticas que le beneficien moral y económicamente, por producir paisaje y biodiversidad, además de productos de calidad.

Se trata de defender la identidad y tradiciones de los pueblos sin asfixiar su economía, ni que tengan que adoptar el modelo imperante de las ciudades. De valorar la sabiduría, decantada empíricamente a través de la prueba y el error, por generaciones que han interpretado la naturaleza y la integración del hombre en su tejido. Se trata de abrir los pueblos a una emigración de vuelta que recupere la savia que perdió durante los tiempos del desarrollismo, con una juventud preparada que crea en una vida en diálogo permanente con la naturaleza. El ser humano integrado en los procesos ecológicos, que entiende, respeta y defiende su valor, es el único y mejor aliado que la Vida puede tener.

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Odile Rodríguez de la Fuente es bióloga y directora de la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente, una institución dedicada a la defensa de la naturaleza que lleva el nombre de su padre, el conocido naturalista y divulgador.

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