Delibes y Rodríguez de la Fuente: dos grandes ruralistas

Jaime Lamo de Espinosa

En VIDA RURAL, Carta del Director. Abril de 2010

“El azar ha hecho que la muerte de Félix Rodríguez de la Fuente y la de Miguel Delibes queden ya para siempre unidas en una extraña coincidencia de fechas que aúnan a dos hombres que tuvieron mucho que ver entre ellos y que vieron el mundo rural casi de un mismo modo”

Querido lector:

El pasado día 11 de marzo se conmemoró el treinta aniversario de la muerte de Félix Rodríguez de la Fuente y un día más tarde fallecía en Valladolid el gran escritor Miguel Delibes. El azar ha hecho que sus muertes queden ya para siempre unidas en una extraña coincidencia de fechas que aúnan a dos hombres que tuvieron mucho que ver entre ellos y que vieron el mundo rural casi de un mismo modo.

Félix y Miguel eran ambos castellanos viejos, uno de Burgos el otro de Valladolid, y en ambos cabía percibir oyendo al primero y leyendo al segundo una manera de expresarse, de construir sus discursos, de analizar la realidad o de crear la ficción como solo los hombres de Castilla son capaces de hacerlo. Tuve siempre una extraña pasión por ambos. Leí desde muy joven la obra de Delibes y me impactó profundamente su “Viejas historias de Castilla la Vieja” y aún recuerdo la voz grave, profunda, llena de modulaciones y acentos de Félix, una noche, en la radio del coche volviendo desde Palencia a Madrid, noche en la que hablaba ¡como no! del lobo.

Amaron los dos la naturaleza, el escritor y literato describiendo con su prodigiosa pluma los campos castellanos, los terrones, los surcos, la besana, los arados, las patirrojas y su rápido vuelo, la soledad del cazador y su perro en las anchuras castellanas, los campos de remolacha, el ciprés alargado y su sombra, el zurrón y la bota de buen vino, la pieza que se aleja volando o zigzagueando por una loma, los jarales, los pueblos vacíos o en decadencia, los ríos en los que gustaba pescar unas truchas, ese mundo rural en suma donde la naturaleza se aunaba con la actividad agraria y la vida rural de un modo que sólo él ha sabido describir, aunque le haya nacido hace unos años un discípulo literario en esa comunión con lo rural que es Abel Hernández en su historia de Sarnago.

¿Y Félix? Si Delibes nos explicó los campos y su vida, Félix la estudió, entró a fondo en ella, nos sumió en la vida y la muerte de las águilas, los lobos o las comadrejas. Su palabra llenaba las ondas y la pantalla, sus cuadernos llenos de apuntes y notables dibujos de buen naturalista, eran, son, una muestra de un espíritu riguroso y apasionado, nos hizo ver a todos los españoles y en especial a los agraristas el mundo natural desde otro ángulo.

A ambos cabe entroncarlos con la ilustración española sin hacer grandes esfuerzos para ello. Cabe ver a Delibes en algunas de las descripciones de la vida castellana en los viajes del castellonense Antonio Ponz y es fácil imaginar la voz de Félix leyendo la carta que Gregorio Mayans le dirige al Conde de Nava describiendo la plaga de langosta que asola su pueblo de Oliva en Valencia. No hay distancia entre ambas maneras de mirar los pueblos, la naturaleza y sí muchas coincidencias. El naturalismo del XVIII y la pasión de los viajes por España se une al ecologismo de Félix y a la pasión por el paisaje de Delibes. Y las prodigiosas láminas de Cabanilles no superan a los apuntes de Félix.

Ambos fueron cazadores y al tiempo grandes conservacionistas. Eran ruralistas hasta la médula. Por eso Delibes se lamentó en su ingreso en la Real Academia de la Lengua cuando afirmó “hemos matado la cultura campesina” en el marco de un discurso titulado “Un mundo que agoniza”, la naturaleza, el campesinado y lo rural. Todo a un tiempo. Sí, lo vio muy pronto. A los dos yo, personalmente, les debo mucho. A Delibes porque gracias a él comprendí bien Castilla cuando en mis años mozos recorría la vieja Castilla la Vieja, la Alta Meseta, haciendo estudios económicos para Concentración Parcelaria. No conocí a Delibes y bien que lo siento, pero sí quise darle la Gran Cruz del Mérito Agrícola en mis últimos días de Ministerio lo que a la postre no pude llevar a cabo. En cambio hablé mucho con Félix, me enseñó mucho en numerosos almuerzos en el Ministerio y gracias a su consejo fundado prohibí la caza del urogallo, primero, y de la avutarda después, por lo que fui muy censurado pero que hoy volvería a hacer sin ninguna duda. Y a este sí pude darle la misma tarde de su muerte la Gran Cruz del Mérito Agrícola aunque no se la pude imponer personalmente.

Se nos han ido, uno hace treinta años, otro hace pocos días, pero coincidiendo casi en la fecha, como si eso pudiera unirlos más, dos castellanos recios, colosales, grandes figuras de las letras y de la ciencia natural, cuya estela se mantendrá viva muchos años. Dos hombres que vieron como desparecía un lenguaje, el del campo, el del ruralismo, comprendiendo que cuando un lenguaje desaparece es toda una cultura la que también lo hace. Eran dos hombres sencillos y notables. Dios los tenga en su gloria. A los dos los echaremos mucho de menos todos, y los hombres de campo más.

Un cordial, y hoy triste, saludo.

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