Buscó en el pasado el secreto del futuro

Agenda Viva. Primavera 2010

La huella de Félix

Superviviente a diez mil años de devastación. Guardián de códigos que rescató del olvido por intuir esenciales en el futuro. Rodríguez de la Fuente tenía pasión por los pueblos paleolíticos y primitivos, las pinturas rupestres, la cetrería, la alianza del hombre con el lobo y otras reminiscencias de tiempos prehistóricos en los que éramos libres, nómadas, autónomos y más felices. Vislumbró de forma pionera una sociedad global del conocimiento conectada en red, en la que la Ciencia sustituya a la superchería.

Supo leer como nadie el legado de la vida oculto en el regazo de la madre Tierra. Se interesó por identificar las claves del hombre primitivo para mantener la armonía con el entorno durante millones de años. Valores y capacidades “junto a otros de la inteligencia que imaginó venir, intuyendo la comunicación por Internet” con los que pensó avanzaremos hacia una sociedad capaz de entenderse consigo misma y con los demás seres vivos, que nos inserte en la urdimbre del planeta. En la que la palabra y la capacidad de comunicar cerebro a cerebro sea la feromona transmisora de la sensatez y del conocimiento científico que nos devuelva la armonía.

Tenía predisposición a absorber información, sintetizarla y relacionarla gracias a una prodigiosa memoria asociativa. Daba emoción narrativa a cualquier cosa y sabía exteriorizar sus ideas como nadie, en un afán irrefrenable de compartir, charlar, comunicar, divertirse y lograr el afecto y el mimo que esperaba de los demás.

Los halcones, los lobos, Poza de la Sal, África, los leones, los elefantes, los pigmeos, los masais, los yanomanis, el Gran Norte, los documentales, las enciclopedias, la radio, su oratoria, Adena, Altamira, las mil y una historias de todos conocidas, cobran un significado adicional y distinto al percibido en su día, al juntarlas en el orden y la posición que el propio contorno de cada una de ellas pide que se las coloque. Si por separado sus inquietudes tenían sentido y cautivaban, al unirlas conforman una imagen nueva insospechada.

Analizando su cosmovisión sorprende descubrir que los valores del Paleolítico que preconizaba, son parecidos a los que hoy “cuarenta años después de que los enunció” se supone son los de los ciudadanos del mundo sin fronteras de la sociedad de la información. Aporta claves de cómo salir del atolladero tras la loca carrera hacia ese no sabemos dónde. Posiblemente, como el mismo decía, el desasosiego del Neolítico y el generado en el siglo de la sociedad industrial sea el desarreglo de una adolescencia colectiva a la que deba suceder una madurez felicitaria como la infancia paleolítica.

Félix aporta esperanza frente a los apocalípticos. Ahora bien, exige esfuerzo. Tenemos el trazado, pero hay que recorrerlo. ¿Lograremos salir del laberinto en el que nos metimos al dejar la inocencia del Paleolítico y crecer y multiplicarnos quemando la energía fósil de las entrañas de la Madre Tierra? ¿Llegaremos a salir del aprieto por esa rendija que apuntaba, para volver a vivir bajo la luz de Sol? Los pronósticos se confirman llegado el momento. Treinta años después de su muerte empezamos a entenderle porque se corrobora lo que adelantó. Su biografía analiza el impacto de sus ideas, las extrapola al debate sobre el futuro de la sociedad industrial y opone al pesimismo catastrofista el optimismo contagioso de un amante de la vida.

Autor/es:

Benigno Varillas

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