Bosques, ¿la última esperanza verde?

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Por Stephen Leahy
Toronto, 4 dic 2007 (IPS) – Los bosques de la Unión Europea (UE) están en expansión y absorbieron 125 millones de toneladas de dióxido de carbono entre 1990 y 2005, el equivalente a 11 por ciento de las emisiones humanas de ese gas en la región.

Mientras, el mundo superó la meta de plantar 1.000 millones de árboles, la mayoría en África, establecida por la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

“La reducción de dióxido de carbono (en la atmósfera) por los bosques más que duplicó la correspondiente a los programas de energía renovable de Europa”, dijo Pekka Kauppi, director de un estudio realizado por la Universidad de Helsinki al respecto.

La mejor conservación, la migración a las ciudades y la conversión de tierras agrícolas no utilizadas son la razón detrás del crecimiento de los bosques, principalmente en Letonia, Lituania, Suecia, Eslovenia, Bulgaria y Finlandia, dijo a IPS Kauppi, cuyo informe fue publicado por la revista británica Energy Policy a fines de la semana pasada.

El estudio se basa sobre estadísticas suministradas por gobiernos y que no fueron verificados de manera independiente.

La consecuente “remoción sorprendentemente alta de dióxido de carbono” puede ser el principal factor para que la UE logre en 2020 su ambicioso objetivo de reducir 20 por ciento sus emisiones de gases de efecto invernadero, dijo Kauppi.

“A escala mundial, hay esperanza por lo que suceda en el futuro, en caso de que detengamos la deforestación y expandamos los bosques”, agregó el experto.

Por esa razón, debería asignarse créditos de carbono a los bosques salvados, lo cual ofrecería a los países donde están ubicados o a los propietarios de esos predios incentivos financieros a la conservación, dijo.

El comercio de estos créditos es un complejo sistema previsto en el Protocolo de Kyoto, firmado en 1997. Según este esquema, compañías de países industrializados que emiten gases invernadero pueden comprar créditos en países en desarrollo.

Se trata de uno de los mecanismos de desarrollo limpio previstos en el Protocolo, que permiten a gobiernos y empresas del Norte cumplir con sus metas de reducción de gases invernadero, en parte, invirtiendo en proyectos limpios en países del Sur.

Pero hay intensos debates al respecto.

“Los bosques son una curita”, dijo a IPS Mike Flannigan, investigador del Servicio Forestal de Canadá. “Al fin y al cabo, los bosques mueren y liberan todo el dióxido de carbono que almacenan a la atmósfera.”

“En el largo plazo, los bosques son ‘neutrales'”, agregó. Es decir que no tienen incidencia en la contabilidad de los gases invernadero en grandes periodos.

Los bosques pueden ser “sumideros de carbono”, por lo que absorben el gas superavitario de la atmósfera durante 60 o más años hasta que alcanzan la madurez. Pero nadie sabe cuánto puede vivir un árbol que se planta hoy. El clima, las enfermedades vegetales y los incendios pueden reducir el tiempo de vida.

Un día después de divulgado el estudio de Kauppi, investigadores de la holandesa Universidad Wageningen informaron que una caída en la deposición de nitrógeno atmosférico reduciría el crecimiento de los bosques, lo cual reduciría, a su vez, su capacidad de “secuestro” de dióxido de carbono.

Las medidas de control de la contaminación para mejorar la calidad del aire reducen las emisiones de nitrógeno, y los árboles necesitan de este gas –y del carbono– para crecer.

Los bosques de Canadá se han vuelto una enorme fuente de dióxido de carbono, principalmente por la acelerada propagación de la peste transmitida por el escarabajo montañés de los pinos y los incendios sin precedentes de los últimos años.

Ambos factores tienen, al parecer, consecuencias climáticas, recalentando y secando los bosques del occidente del país.

“Las elevadas temperaturas elevan la tasa de evaporación y secan los bosques”, explicó Flannigan. Eso eleva las posibilidades de fuego.

Canadá y Rusia pierden cada año varios millones de hectáreas de bosques por los incendios, y, en menor medida, también Alaska y Australia.

Los bosques boreales y su turba superficial contienen alrededor de un tercio del carbono almacenado por la Tierra. Las tierras turberas han absorbido dióxido de carbono durante miles de años y si se secan e incendian, la catástrofe climática estará virtualmente garantizada.

A medida que aumenta la temperatura mundial, las tierras turberas se secarán, lo cual hace imperativa la disminución de las emisiones humanas de dióxido de carbono, advirtió Flannigan.

“La concepción de los bosques como sumideros de carbono son una distracción del problema real: la reducción de emisiones” de origen humano, como las que responden al uso de combustibles fósiles como petróleo, gas y carbón, sostuvo.

Sin embargo, los bosques deben ser protegidos y reforestados, dada su capacidad de limpiar y almacenar agua, generar oxígeno, refrescar las ciudades y suministrar hábitat a la biodiversidad, agregó el experto.

Por suerte, esos beneficios se alcanzan sin importar los motivos por los que son plantados los árboles. Y en el planeta hay al menos mil millones de nuevos árboles gracias a una campaña de la ONU realizada en Etiopía y México, informó la semana pasada el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma).

En Etiopía se plantaron 700 millones de árboles. Sin embargo, apenas tres por ciento del territorio de ese país se encuentra forestado, cuando hace siglos era 40 por ciento.

Varios millones fueron plantados en Guatemala, China y España, según se anunciará en breve. Según diversas versiones, Indonesia plantó 80 millones.

El Pnuma aseguró que ciudadanos individuales fueron responsables de plantar la mitad de esos árboles, pero admitió no haber verificado que las versiones de los gobiernos fueran ciertas.

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