Alegato en defensa del Pinus pinaster

images-18.jpg

Por Clemente Álvarez
Soitu.es 24-09-2008

Plantados de forma masiva en época franquista, los pinos son todavía denostados por muchos en el país. Estos árboles son aún vistos, erróneamente, como especies introducidas e incluso culpados de los incendios en cuyas llamas mueren a menudo devorados. No en vano, son los más extendidos, pero también los que más y mejor arden. Esto convierte en especial el discurso escuchado ayer en el Paraninfo de la Universidad Politécnica de Madrid. El que lo pronuncia es el biólogo e ingeniero de Montes Luis Gil y el acto, su ceremonia de ingreso en la Real Academia de Ingeniería (RAI).

” Llevo décadas barruntando cómo mostrar el valor ecológico, cultural y utilitario de los pinos, hasta el punto de hacerlo objetivo de mi discurso. Nunca pensé rendir homenaje a los árboles más incomprendidos de nuestra flora forestal, ante un auditorio, tan selecto y amigable. Perdonad por ello, que recupere textos dispersos y, tras templar el ánimo, rememore una parte de mi vida profesional. También pido excusas a mis compañeros de grupo por aparcar a olmos, alcornoques, hayas y robles en mi defensa pinariega y poder hacer valer su ‘nobleza de savia’ “.

El ingeniero Luis Gil.

Como cuenta Gil, desde los años cuarenta a los ochenta se reforestaron tres millones de hectáreas en España, lo que supone unos 4.500 millones de árboles. Bastante más que los 41 millones que se ha comprometido a plantar el Gobierno de Rodríguez Zapatero en tres años, o incluso que los 500 millones en cuatro años propuestos por Rajoy en campaña electoral. Pero aún más llamativo es que en esta descomunal operación sin precedentes en la historia del país, el 84% de la superficie reforestada fue cubierta exclusivamente con pinos.

En su mayoría, se plantaron especies de pinos ibéricos, pero también otras dos foráneas: una variedad de pino negro austriaca y la californiana Pinus radiata. Para el nuevo académico de la RAI, se hicieron muchísimas cosas mal, pero aún así considera injustificada la mala imagen que se asocia desde entonces a estas coníferas: no sólo con los elegantes pinos silvestres, pinos lauricios o pinos piñoneros, sino igualmente con el Pinus pinaster, también conocido como “pino desastre”, según dice, por su desabrido aspecto y la pobreza de los suelos sobre los que habita.

Este pino, aun en suelos sedientos, va a “asombrar” a jaras, cantuesos, brezos y otras matas, una vegetación dura, balsámica, con una diversidad específica fácil de ver y que “marea al respirarla”, pero se eleva sobre ellas sobrio, simple y puede que monótono, escondiendo, una llamativa variabilidad intraespecífica, diversidad que no se ve y que nos ha hecho más difícil conocerle.

El único bosque no intervenido en toda España es el pinar de la Caldera de Taburiente, asegura Gil

Las críticas generalizadas contra estas reforestaciones hicieron enraizar en la sociedad la idea de que los pinos eran especies foráneas de crecimiento rápido (como el eucalipto) o que la plantación de estos árboles suponía “llenar el monte de barriles de trementina” (una sustancia inflamable presente en la resina con la que se fabrica el aguarrás). Se olvidaba la estrecha relación histórica de estas coníferas con los paisajes ibéricos y, sobre todo, que el motivo de ser plantadas de forma tan masiva no era otro que sus cualidades excepcionales para sobrevivir allá donde parece imposible, para crear vida en los suelos más arruinados. Allí donde no podrían prosperar otras especies con mucho mayor ‘prestigio’, como las encinas u otras Quercus.

La continua presencia de los pinares en la península, y en las islas que hoy son España, se constata en la variedad de nombres que han recibido a lo largo de la historia. Además de los fácilmente reconocibles por proceder del latín, se conservan, subyacentes en la toponimia o en textos antiguos, voces de origen griego, fenicio, prerromano, bereber, árabe y vasco. Términos como Pitiusas, que designa a las Baleares menores, Ibiza, Valsaín, Tiétar, Teide, Alerce, Laredo o Cerler, hoy opacos a su sentido primitivo, todos ellos manifiestan un pasado pinariego.

Es esta increíble fuerza colonizadora lo que más asombra a Gil, que pide que se reconozca la importancia de estos árboles para recuperar muchos de los bosques de un país que hace 70 años había sido deforestado por el fuego de ganaderos y agricultores, o por la simple recogida de leña (un uso muy común hasta la aparición de la bombona de butano). Un proceso de desarbolado al que también contribuyeron en menor medida otras actividades como la construcción naval, pues como recuerda el ingeniero, por algo Virgilio llamaba al pino piñonero Nautica pinus.

Añoro el bosque perdido por el desarrollo, de una sociedad, que puso la naturaleza a su servicio, sin intuir sus consecuencias. Hoy desearía contribuir a restañar las heridas abiertas por milenios de actividad agropecuaria, a la que ayudaron la construcción naval y civil, la minería y la industria, en fin, aunque me pese decirlo en este foro, todas las variantes antiguas de la ingeniería participaron en la reducción de los bosques.

En lugar de eso, Gil lamenta que la sociedad todavía perciba el pinar como una plantación en lugar de un bosque o incluso como un ecosistema no natural. Y que. al contrario, se incida en las virtudes ecológicas de otras formaciones forestales como las dehesas, que, como recalca el ingeniero, no dejan de ser también producto de la intervención humana. En su opinión, el único bosque, de cualquier especie que sea, no intervenido en toda España es el pinar de la Caldera de Taburiente (en la isla canaria de La Palma). De hecho, sus palabras en la Universidad incluyen también una advertencia: más intervención humana es lo que falta hoy en día en la mayor parte de las masas forestales del país.

Hoy es un objetivo “saber qué hacer” con esos pinares monoespecíficos, coetáneos y de elevadas densidades, para que alcancen la madurez y el equilibrio que les dé estabilidad frente a cualquier evento. La selvicultura falta en miles de hectáreas de nuestra geografía; se interviene con soluciones parciales o grandes medios para apagar el fuego y, cuando adquiere dimensiones mediáticas, se reparten fondos para silenciar a las poblaciones afectadas; inversiones que se dedicarán a casi todo, pero poco al espacio forestal.

Los pinares replantados más bonitos son aquellos más viejos que tapizan las montañas y que ya han perdido su homogeneidad original. Pero, como incide el nuevo académico, para eso se requiere tiempo y que los bosques estén gestionados. Cuando se le pregunta por los 41 millones de árboles que quiere plantar el Gobierno, su respuesta es clara: “Todavía quedan sitios en los que resulta muy necesario reforestar, pero antes que eso creo más importante gestionar lo que ya tenemos”. Según comenta, a los políticos les basta con lanzar estas grandes cifras, y es que resulta mucho más barato plantar más árboles, que cuidar bien los que ya se tienen.

En último lugar, una cosa deseo soñar, si se impone que no haya gestión, que no sea el fuego el que acabe con ellos, que la muerte les llegue de manera natural.

Seguici in Facebook