Una economía con alma

AgendaViva otoño 2012

Al descubierto

Madre, yo al oro me humillo, 
Él es mi amante y mi amado, 
Pues de puro enamorado 
Anda continuo amarillo. 
Que pues doblón o sencillo 
Hace todo cuanto quiero, 
Poderoso caballero 
Es don Dinero.

Quevedo

 

Lejos quedan ya esos resplandores amarillos que le daban cierto peso a la moneda, cierta realidad asociada a los bienes de la tierra. Actualmente don Dinero sólo da reflejos virtuales, que emanan de abstractos y fantasmales códigos numéricos, y que cabalgan como hordas feroces a lomos de la globalización informática, lo que permite hundir gobiernos, economías, ecosistemas, incluso la Vida con mayúscula, al ritmo frenético y vertiginoso de teclas activadas sin conciencia, con la sola ansiedad del beneficio.

 

Sin el reflejo de lo real, la oscuridad no tiene obstáculos para extenderse allende los mares, y la economía abstracta e irreal que dirige el mundo se sume en las tinieblas: el clima se trastoca, especies de todos los reinos nos abandonan, en una extinción que se hace más razonable que vivir con nuestra locura. La fertilidad de la tierra mengua, el agua se evapora, el aire se hace irrespirable, los preciosos elementos naturales desaparecen entre las grietas de una irracional industrialización del planeta. La pobreza aumenta, el hambre hiere de muerte a los más débiles, las injusticias se extienden, las estructuras que dieron soporte y principio a la vida en común se disuelven…

Pero siempre, siempre, tenemos la posibilidad de encender una vela; por la gracia de la inteligencia y la voluntad que le ha sido donada a lo humano, siempre se puede iluminar la habitación común de la Vida que nos ha sido dado compartir. Y este «Al descubierto» quiere ser una vela encendida en medio de tantos estragos ―que hemos ido señalado con profusión de detalles a lo largo de estos años―, para vivir en la esperanza de una posible recuperación de lo verdaderamente humano: unos valores no relativos a la ética de turno, sino firmemente arraigados en principios universales (como la justicia y la equidad) que aunque ya casi no sabemos ni que existen, sobre todo en Occidente, se ajustan a leyes que en última instancia controlan las consecuencias de nuestros actos.

 

De las tinieblas a la luz

Todos hemos sido invitados a la mesa de la abundancia de la Madre Naturaleza para disfrutar, generación tras generación, desde todas las partes del planeta y desde todos los reinos, con sana frugalidad de nuestra parte asignada. Pero un día, hace ya unos cuantos milenios, aparecieron unos comensales, enfermos de egolatría, dejaron de respetar a la Gran Madre como lo que es, fuente de fertilidad, riqueza y generosidad. Al rechazarla, perdieron la confianza en la abundancia del universo y olvidaron las leyes que lo rigen; surgió el miedo a la escasez, con ella la codicia y el afán de acumular, y, por tanto, la necesidad de protegerse del otro. Algunos, con un orgullo apoyado en extravagantes teorías científicas de los últimos siglos, que les justificaban como los mejores y les hacía subestimar al resto, decidieron acumular más poder inventando una economía que les permitiese devorar toda la comida y la bebida, usurpar todos los cuencos y, con el tiempo, el inmenso peso del desequilibrio provocado por esa situación está a punto de reventar las cuatro patas de la mesa. Se acabó el juego.

Sí, se acabó, ya es hora de decirle al rey que está desnudo, y, más que desnudo, rematadamente loco. Como dice Jordi Pigem en su último libro, titulado ¿Dijo usted austeridad? Psicopatología de la (ir)racionalidad económica, los principales síntomas de negligencia del pensamiento económico actual surgen de la inconsciencia de los tecnócratas con respecto a las desigualdades sociales y los límites ecológicos y geológicos del planeta, creadas por una disciplina que, aunque se base en la abstracción económica y la racionalidad, contiene un alto grado de irracionalidad. Para Pigem, «las negligencias de los tecnócratas responden a que el pensamiento económico que impera en la actualidad sufre la patología del “racionalismo malsano”, que se basa en “el exceso de racionalidad y la pérdida de la sensibilidad que nos vincula a los demás y al mundo”, síntomas compartidos con los pacientes esquizofrénicos».

Una irracionalidad que tiene su origen en los primeros economistas que usaron por primera vez la palabra «producción», que en su ignorancia creían que los materiales de la corteza terrestre se reproducían como los seres vivos, de modo que el crecimiento económico ligado a la producción (en realidad extracción,) podía ser ilimitado, mientras no se degradasen los bienes fondo. Un mito, el del crecimiento económico, que casaba muy bien con la idea de evolución ―que ya servía por aquel entonces para dominar todo lo débil gracias a una supuesta ley del más fuerte―, y que explicaba «científicamente» que todas la sociedades se desarrollan linealmente desde estados más atrasados ―economías vernáculas, controladas de manera autónoma por cada comunidad―, hacia estados más civilizados con economías de mercado e industriales, donde los profesionales crean bienes y servicios escasos. Y a esta idea le cuadraba muy bien la palabra «progreso»; y a ésta, «desarrollo», que separó al mundo en desarrollados y subdesarrollados, y que, como se afirma desde Ecologistas en Acción en su libro Cambiar las gafas para cambiar el mundo, hizo que «miles de millones de personas se convirtieran en subdesarrolladas y dejasen de ser pueblos diversos, con otras lógicas económicas».

Así que partiendo de una grave ignorancia del funcionamiento del mundo físico, esta ciencia supuestamente rigurosa que domina actualmente nuestras vidas se fue alejando cada vez más de la realidad, para acabar tan alejada de la tierra como para violentarla en todos sus procesos, sin tener en cuenta que la explotación ilimitada de un planeta finito era algo demencial; por otra parte, los efectos negativos de la extracción-producción quedaban ocultos, al no atribuirles esa ciencia un valor monetario. Así que los daños producidos los ha ido pagando la tierra, que ha perdido ingentes cantidades de riqueza natural y ha sido deteriorada incluso en sus funciones ecosistémicas por la cantidad de residuos no asimilables y otras «externalidades». Y también los han ido pagando las diversas sociedades humanas, principalmente rurales, afectadas por la pérdida de esa riqueza ―ésta sí, realmente verdadera― sin la cual no hay economía real, arrojando al sufrimiento a millones de personas que no tienen qué comer, qué beber ni qué vivir.

Al no ser restados estos costes ecológicos y sociales en las cuentas de resultados de los productores-extractores, su riqueza monetaria, mal adquirida, se convirtió en un verdadero negocio que les daba cada vez más poder, y así hicieron de su incremento el único objetivo de sus vidas. El crecimiento con sus indicadores, como el PIB, se hicieron absolutos en su medición de lo que vale y no vale y, en su reduccionismo, dejaron fuera los recursos intangibles, que, como dice el diccionario, es aquello «de tal naturaleza que merece extraordinario respeto y no puede ser alterado, menoscabado o violado». Se inventaron un dios llamado Mercado, capaz de regularlo todo en su omnisciencia y, para rizar el rizo, ya en medio del imperio de los economistas neoclásicos, más ignorantes y abstractos que los primeros, se hizo del deterioro ecológico que su actividad económica producía una nueva fuente de riqueza: la que genera limpiar la playa que han contaminado, el río que han envenenado, el bosque que previamente han quemado, la ayuda al desarrollo de las economías que han desvalijado… De locos.

A ese engaño de confundir producción, que es suma, con extracción, que es resta, o de restringir la palabra «desarrollo» a lo cuantitativo, eludiendo el desarrollo cualitativo, le asociaron un nuevo concepto complementario, el de «consumo»: una nueva trampa lingüística que nos inducía a creer que todos esos objetos producidos desaparecían sin dejar huella, pues eso significa consumir (destruir), escondiendo en el lenguaje la realidad de cantidades ingentes de residuos que destruyen la naturaleza y convierten a nuestro hermoso planeta en un vertedero.

Así que alterando el significado real de las palabras, haciendo un mal uso del lenguaje, se fue produciendo una mutación mental en el hombre contemporáneo; pues como dice Juan Milet, la palabra introduce por su solo empleo esquemas de pensamiento que el sujeto adopta, aún sin darse cuenta, lo que ha generado una sociedad con la voluntad anestesiada y la inteligencia oscurecida. El trinomio formado por progreso ilimitado, desarrollo cuantitativo y consumismo desaforado ha dado lugar, parafraseando a Sloterdijk, a que, en el mundo moderno, en vez de girar la Tierra en torno al Sol, lo haga en torno al dinero, pues es éste, en última instancia, el motor que la hace girar. Pero el Sol siempre vence a las tinieblas, aunque la noche parezca eterna.

La luz que discierne

 

El Sol significa aquí la posibilidad de recuperar una economía basada en las necesidades reales de las personas y en valores como la solidaridad, la justicia, la equidad, la cooperación, la participación y el cuidado de la naturaleza. Una nueva economía que algunos llaman social, otros solidaria, otros “la otra economía”; adjetivos que matizan sus orígenes, unas veces populares, otros surgidos de sectores postmaterialistas de la sociedades desarrolladas, otros académicos. Unas surgen para sobrevivir, otras para cambiar el mundo, nosotros las juntamos todas bajo la denominación de «economía con alma», el alma de lo humano que pugna por emerger entre las nieblas del olvido de lo que realmente somos, para abarcar al máximo todas las iniciativas que recuperan el espíritu de cooperación y solidaridad que siempre ha existido entre los hombres de bien.

 

Una economía que recupera la sabiduría ancestral de las sociedades vernáculas y tradicionales; la de la cultura rural que floreció en Europa con sus concejos abiertos y demás tesoros. Culturas que han tenido siempre una relación racional con el dinero como medio, no como fin, donde lo más importante era el mantenimiento de la estabilidad y la cohesión social y existía la reciprocidad, las donaciones, la redistribución…

Una economía que vuelve dar voz al Sur acallado, lugar simbólico-geográfico, en el que millones de personas subsisten resistiendo al hostil ataque del mundo moderno que quiere desarrollarlos para integrarlos en el Gran sistema, el Gran Mercado; que gestionan el uso de bienes colectivos, producen, comercializan, consumen, invierten y distribuyen excedentes bajo lógicas equitativas, solidarias y respetuosas con las personas, el medio ambiente y los territorios. Experiencias como la del Salinerito una cooperativa solidaria en bolívar que ha salvado a un pueblo de 10.000 habitantes humillado por la pobreza. O como Faces Do Brasil, plataforma de organizaciones por un comercio justo y solidario en Brasil o Fonds Afriqué, inicativa de finanzas solidarias en África, o Ressop, una unión de cooperativas rurales con 35.000 socios, ejemplo de sostenimiento del desarrollo rural en Senegal. Unos pocos ejemplos de los 15 que Setem explora en su muy recomendable libro Miradas globales para otra economía (http://www.setem.org/media/pdfs/1_Miradas_ESP_web_doble_pag.pdf) en el que insiste en que son realidades fácilmente reproducibles y que está resolviendo actualmente las necesidades de cientos de millones de personas de los cinco continentes; eso, según ellos, enciende la esperanza de que, como un ejemplo de buen hacer, se extienda por todo el planeta, como ya está ocurriendo de hecho con las cooperativas que se multiplican con rapidez.

Una economía que habla alto y claro sobre las causas de la debacle y que huye de la crematística imperante (el arte de adquirir riquezas), cuestión que ya fue criticada por Platón o Aristóteles, para quien la acumulación de dinero era una actividad contra natura y deshumanizante; actividad que ha sido condenada también por todas las grandes tradiciones espirituales como el hinduismo, el budismo, el judaísmo, el cristianismo, el taoísmo, el islam, que lo consideraban fuente de toda disolución personal y social. Pero la corrupción de la conciencia del hombre arrinconó el espíritu de contención que propicia lo espiritual/religioso y «víctima de sus prejuicios progresistas, no puede comprender que la pobreza, la humildad o la templanza no son actitudes penitenciales para llegar a algún imaginario cielo sino, antes que nada simples requisitos para acceder a la condición humana» (Agustín López, Manifiesto contra el Progreso).

Propuestas de una economía que podemos encontrar en todos los sectores productivos y toda la cadena de trabajo. En la producción, en la propiedad colectiva de la empresa, en las cooperativas de todo tipo; en la comercialización a través de comercio justo que lleva años desplegándose en nuestras sociedades o en la defensa de circuitos cortos; en el consumo, abogando por el consumo responsable, el ecológico, el local, el que da poder al consumidor, transformándolo de víctima de la industrialización en rebelde con causa que se enfrenta a la injusticia desde la libre elección de lo que compra; en el crédito con las finanzas éticas; en la circulación de la moneda, con el crecimiento de las monedas locales, o en proyectos comunitarios de intercambio de capacidades sin moneda.

Una economía que es el paraguas conceptual de miles de prácticas económicas que llevan a cabo personas, asociaciones, fundaciones, o empresas que gestionan servicios sociales de forma participativa, que luchan por revitalizar el desarrollo local, que combate la pobreza y la exclusión social, que permite acceder al crédito a personas excluidas de la banca convencional. Que hablan de presupuestos participativos, de huertos comunitarios, de ayuda mutua; de tejer redes fuertes e integrales que den visibilidad por la suma de muchos esfuerzos. «La economía solidaria está demostrando que puede plantear alternativas en prácticamente todos los sectores productivos, salvo el sector industrial fuerte» (Setem).

Existen mapas interactivos en internet como The Global Transition to a New Economy (http://gtne.org/) o en la web de REAS, una Red de Redes de economía alternativa y solidaria, compuesta por más de doscientas entidades que se agrupan en redes territoriales y sectoriales en España, y en la que se puede ver todo lo que se está moviendo en nuestro país (http://www.economiasolidaria.org/mapas). O el propio libro de Setem, al que antes aludimos.

El combate eterno

Bien es cierto que el ansia de poder del alma caída en el olvido de su auténtica naturaleza no tienen límite cuando está desatada, y lleva muchos siglos sin ningún tipo de rienda, campando a sus anchas en una sociedad abúlica y perezosa. Por eso el camino de convertir esta economía en una alternativa real al sistema capitalista de mercados financieros desregulados, como pretenden algunos teóricos de la economía solidaria, será largo y quizá imposible ―no seamos ingenuos―, pues el sistema capitalista es como una inmensa hidra que tiene mil y una caras, dispuesto a hacer fracasar cualquier intento de cuestionamiento, de renovación, de mínimo ajuste que comprometa sus privilegios. El poder acumulado por los Estados con su aparato militar, policial, judicial, educativo no es un enemigo fácil de batir, ni la vigilancia del Ojo de Mordok de las grandes instituciones financieras, que rigen muchas veces esos Estados, es fácil de eludir.Y quizá todos estos ejemplos sean radicalmente marginales por siempre, o el propio sistema al que intentan vencer los anexione como ya ha hecho con lo ecológico, con los adjetivos «verde», «sustentable»… vaciándolos de su sentido. Pero aún así, siempre serán ejemplo y refugio de unos cuantos, mientras, claro está, el mal no avance hasta devorarlo todo, porque no haya nadie para enfrentarse… pero siempre, siempre, podrá uno sembrar árboles en lo más íntimo de su corazón, reducto inviolable como lo demuestran, en su extremo, los mártires de la historia.

Muchos sacrificios harán falta para lograr lo que algunos, los más radicales, proponen como única solución a la crisis de este sistema mercantilista que comercia con todo, con el hombre, la vida, la naturaleza, los valores: volver a las economías vernáculas, como pedía el lúcido economista Schumacher, lograr esa transición a un mundo de comunidades autosuficientes, que también proponía Ivan Ilich, o Edward Goldsmith, «comunidades que realicen sus propias actividades autosuficientes, sus propias actividades económicas en el ámbito familiar, del pequeño negocio artesanal y de la comunidad, para satisfacer las necesidades locales por medio de los mercados locales»; que, como decía Dionisio Romero, son «intercambios a escala natural, negocios visibles que nacen de necesidades reales, frente a la economía centrífuga, de mercado, donde el producto es anterior al hombre ―de ahí surge el marketing―, donde los bienes se sostienen en un despilfarro energético y lingüístico… Trabajar en esa dirección es dar un paso para un largo viaje de regreso al sentido común y a la sabiduría».

Ya sabemos que un viaje de mil pasos, y este parece de tres mil ―pues los tiempos no se antojan propicios para el pensamiento radical―, empieza con un solo paso. Así, para el que quiera caminar en la dirección adecuada y quiera oír y quiera ver, aquí van unos cuantos ejemplos de luces en medio de la oscuridad de uno de los aspectos importantes de la crisis sistémica actual: el dinero.

 

Luces en la cueva de Alí Baba

 

La cueva de los ladrones especulativos va siendo iluminada por las reflexiones de nuevos economistas, de todos los colores, sin velos en la mirada ni pelos en la lengua, que señalan donde está la irracionalidad e injusticia que comentábamos al principio, como el profesor Bernard Lietaer, de la Universidad de California, que en su libro El futuro del dinero: más allá de la codicia y la escasez sostiene que «podemos producir alimentos más que suficientes para todo el mundo y existe trabajo suficiente para todos, pero, claramente, no existe dinero suficiente para pagar por todo ese trabajo; la escasez está en nuestras monedas nacionales. En realidad, la tarea de los Bancos Centrales es crear y mantener esa escasez de divisas y la consecuencia de ello es que entonces tenemos que pelearnos unos con otros a fin de sobrevivir». O John King, citado en el recomendable libro de Margaret Kennedy, gratuito en pdf, Dinero sin inflación ni tasas de interés, que señala que la falla bien oculta en nuestro sistema monetario actual, es el mecanismo que mantiene el dinero en circulación: el de los intereses e intereses compuestos, la «máquina destructiva invisible» que funciona en el seno de la llamada economía de mercado. En este libro se afirma también que esa manera exponencial de crecer es propia de los procesos de enfermedad y muerte que se dan en la naturaleza, como la multiplicación de los virus o el cáncer; y los intereses que hacen que el dinero se duplique de forma exponencial es el cáncer de nuestra estructura social, que acaba con el huésped y con él organismo del que depende. Todo el sistema se debe adaptar a pagar esos intereses, el dinero debe crecer, la producción debe crecer, el consumo debe crecer, los ingresos deben crecer en una espiral de crecimiento exponencial que indefectiblemente lleva a la destrucción.

Estas ideas vienen de lejos; ya decía Plutarco en uno de sus textos que «no hay que pedir prestado a interés», y en Egipto y en el Medioevo europeo se prohibía la usura. En tiempos más modernos destacan en esa dirección las ideas del economista Silvio Gessel, cuya principal obra es El orden económico natural, traducido al español y gratuito en pdf, en la que formulaba una teoría revolucionaria del dinero según la cual el dinero con intereses positivos que hoy conocemos es antinatural, ya que se distingue de todo lo demás en la Tierra, que o bien pierde valor con el tiempo o bien implica un coste de almacenamiento. Apuntaba que, de seguir igual, toda nuestra economía acabaría siendo financiera, y no real, como ocurre hoy. En lugar de eso, para lograr una economía sana, y por tanto con un dinero que circulara con más velocidad, Gessel proponía los intereses invertidos o la moneda oxidable, que en lugar de ganar valor con el tiempo, lo pierde. Estas ideas se llevaron a la práctica en los años treinta, en una primera prueba, con una moneda libre de intereses en la ciudad austriaca de Wörgl. Todo un éxito, en medio de la Gran Depresión, lo que demostró la validez de sus ideas. Ahora bien, en cuanto el Banco Nacional de Austria se dio cuenta del éxito de esta moneda y del peligro que corría su monopolio, forzó la prohibición de emitir moneda local con la alianza del Partido Socialista.

Pero la idea siguió latente por su sencillez y eficacia, y ya en la década de los ochenta empezaron a surgir numerosas experiencias relacionadas con la creación de bancos de tiempo, los time banks en Inglaterra, y monedas sociales, con gran beneficio para las comunidades locales que las han apoyado hasta llegar al día de hoy en que existen más de de 5.000 sistemas monetarios complementarios en todo el mundo que nos ayudan a redefinir el sentido del dinero.

Monedas complementarias. Rediseñar el dinero 

Para entender las monedas complementarias, también llamadas sociales, locales, alternativas, comunitarias, hemos de recuperar el antiguo significado del dinero: «El dinero es un acuerdo interno de una comunidad que permite utilizar ‘algo’ como bien de intercambio». Un sistema de moneda complementario es un medio de intercambio aceptado y utilizado dentro de un grupo, de una red, de una comunidad, para simplificar y favorecer el intercambio de mercancías, la circulación de bienes y servicios dentro de esa red. Tres tipos de objetivos son los que se persiguen: localizar los ingresos en la comunidad, dinamizar la actividad económica y el lazo social y, por último, transformar la lógica del intercambio y desarrollar la competencia de las personas caso de que éstas no puedan venderlas en el mercado de trabajo.

 

La diversidad de estos sistemas complementarios de moneda es amplia, pero todos están dentro de la lógica del trueque, aunque superando las limitaciones del trueque directo ya que estos sistemas son multirrecíprocos. Varían según su manera de operar, según la organización que hay detrás, según el valor asignado a la moneda, según el instrumento utilizado en el intercambio: cheque, anotación contable (se usa una moneda «virtual» que registra los valores de los servicios y bienes intercambiados), moneda local (el grupo emite billetes y moneda para uso interno). Varían también en la utilización o no de criterios de «oxidación», pero todos poseen unas características comunes: no sirven al ánimo de lucro, el área de influencia del dinero está restringida normalmente a un área geográfica u organización, nunca hay escasez de dinero, por lo que no sirve de nada acumular; el dinero no tiene por que ser emitido por un actor externo (bancos o gobiernos), fuera del circuito de compradores y vendedores. Por esta razón, el dinero y el crédito son gratuitos, ya que los compradores y los vendedores lo «crean» en el momento del intercambio.

Existen tanto en países no industrializados como en los países más prósperos del mundo. El sistema más conocido de moneda complementaria es LETS, (Local Exchange Trade Systems), que en Francia se conoce como Système d’Echange Local (SEL) y en Alemania como Tauschring. En este sistema no circulan billetes ni monedas, sino que cada socio crea su cuenta donde se registra su saldo. Las transacciones se recogen en una localización central abierta a todos los miembros. Un miembro puede conseguir un crédito haciendo de niñera para otra persona, por ejemplo, y gastarlo luego más tarde en una carpintería con otra persona de la misma red. La suma que alguien debe por un servicio o trabajo se adeuda en su cuenta y se acredita en la cuenta de la persona que lo realizó.

Este sistema permite que quienes no tienen trabajo puedan aportar su talento a la comunidad; quizá uno no es un profesional de la jardinería, pero es capaz de convertir la terraza de otro miembro en un balcón comestible, un vergel de soberanía alimentaria, por lo que obtiene unos créditos para pagar una página web a un informático que pertenece a su misma red de intercambio. O una abuela llena de la sabiduría de antaño puede ofrecer la enseñanza de sus mejores recetas y obtener créditos para que algún joven desempleado le arregle la lavadora, y éste a su vez dispondrá de crédito para una canguro que cuide a su hija pequeña.

Las habilidades que estos sistemas de intercambio pueden hacer surgir en personas jóvenes y maduras, relegadas por un sistema que sólo conoce la competencia, son innumerables. Uno puede tener la capacidad de escuchar con amor y cariño a los ancianos, capacidad escasa y por supuesto no remunerada, y descubrir que ello le permite obtener clases de ajedrez o una bicicleta de montaña. El funcionamiento ideal de estos círculos de intercambio es que cada cual encuentra lo que busca, al tiempo que puede ofrecer algo de lo que haya demanda. Naturalmente puede ocurrir que alguien busque algo que nadie puede ofrecer, u ofrezca algo que no interese a nadie, por eso es importante que haya suficiente variedad de capacidades ofrecidas para cubrir las necesidades: producción de alimentos, servicios de reparación, reciclaje y reutilización y, si no es posible, siempre existe otro tipo de monedas de ámbito más amplio, incluso regional o nacional que amplían la cobertura de servicios y productos.

Según Margeret Kennedy, «este sistema ofrece un medio de cambio libre de intereses para grupos, comunidades, pueblos o suburbios con un mínimo de 20 y un máximo de 5.000 miembros».

Alternativas a la dictadura financiera

Un ejemplo a nivel internacional es el Hanbat LETS, en Corea, cuyo objetivo principal es restaurar el espíritu de ayuda mutua, un sistema donde se reinventa la forma de vida tradicional y comunitaria que se practicaba antes de la globalización del pensamiento único. Destaca por haber fundado una cooperativa médica tradicional que acepta pagos en duru (puntuación en esta moneda complementaria) en lugar de la divisa nacional.

Otro caso emblemático de moneda social, pero de ámbito nacional, que perdura hasta nuestros días, surgió en Suiza después de la experiencia de Worlg, animado por las mismas ideas de Gesell. En los años 30 se fundó una Cooperativa de Crédito que lanzó una moneda electrónica propia denominada wir («nosotros» en alemán) y que desde entonces ha sido una moneda complementaria del franco suizo, a la vez que un eficaz estabilizador para la economía y un apoyo para las pequeñas empresas del país (más de 100.000 asociados y un movimiento de más de 2 millones de euros). Los socios pueden pedir al Banco WIR préstamos en wir (equivalente al franco suizo), que pueden gastarse exclusivamente para pagos a otros socios del banco, en paralelo con la moneda oficial (por ejemplo 40 wir y 60 francos en lugar de 100 francos). El banco es, además, una cooperativa que sirve a los socios, y no a la inversa como suele ocurrir en los bancos.

Otras monedas complementarias destacables son las regio (monedas regionales) en Alemania, existen unas treinta y la más sobresaliente es el chiemgaguer: vales respaldados por euros que circulan dentro de la región para estimular las pequeñas y medianas empresas y la economía regional, con la particularidad de que fue creada por dos niñas de la escuela Waldorf después de estudiar en clase las monedas complementarias. Incluye la llamada «tasa de oxidación» de Gessel, por la que el dinero es penalizado con un 2% si no se gasta en 3 meses, con lo que se favorece el comercio y se evita la tendencia acumulativa del capitalismo. El chiemgauer es reembolsable en euros, pero con el 5% de comisión: el 2% para la administración y el 3% para las ONG. El dinero está disponible también en cajeros. Atrae la compra responsable y a los consumidores conscientes. Hoy cuenta con 1.600 socios individuales y 600 empresas.

Un ejemplo dentro de nuestro país se está dando en Cataluña, y consiste en un modelo que combina lo que vendría ser una red de intercambio con moneda social con una cooperativa de consumo. Las Eco Redes, dieciocho en la actualidad trabajan conjuntamente con la Cooperativa Integral Catalana www.cooperativaintegral.cat. «Esta unión la convierte en un modelo muy completo, que logra resolver una necesidad a menudo no cubierta en las redes, como es la existencia de productos básicos de alimentación, y ofrece a la vez a los campesinos locales la posibilidad de contar con nuevos mercados locales y sociales en los que pueden obtener no solo moneda social, sino también los euros que necesitan para su explotación. Las Eco Redes se organizan de modo autónomo en cada región, mantienen lazos permanentes y relaciones sociales y económicas con las demás redes, en una especie de confederación de economías regionales basadas en la democracia directa o asamblearia» (Cátedra FODEPAL, Observatorio del Sur).

También se están extendiendo en nuestro país, a causa de la crisis actual, los bancos de tiempo. En la actualidad funcionan más de 160 bancos que usan este sistema. Google maps tiene una herramienta que permite localizar el más cercano a nuestro hogar. A diferencia de los anteriores sistemas de monedas complementarias, sólo se intercambian servicios, no productos. Es un sistema de moneda complementaria que utiliza el tiempo como unidad y valor. Nacen de la idea de que todos tenemos algo que dar y recibir. Los socios se ayudan, y quien ayuda a otros recibe horas que puede gastar cuando necesite ayuda de otras personas, lo que supone una mejora de calidad de vida para una amplia variedad de personas. En este proyecto se considera que el tiempo es nuestra mayor riqueza; actúa como nivelador, pues vale igual el tiempo de un catedrático que el de un ama de casa, reconstruyendo un sentido de la valía y de la autoestima entre los usuarios. Un ejemplo de banco de tiempo con moneda complementaria acaba de aparecer en Madrid: la Comunidad de Intercambio Sierra Norte, http://intercambiosierranorte.wordpress.com/.

Quedan muchos ejemplos para investigar, como la moneda local de Bristol con la que se pagan impuestos locales, iniciativa que podría estimular a otras entidades a aceptar su uso. O muchas de las monedas que están surgiendo en las llamadas transition towns o ciudades de transición, que en nuestro país se están organizando en la red española de transición www.movimientotransicion.pbworks.com. En este enlace se pueden ver todas las que existen en España: http://www.vivirsinempleo.org/2012/04/situacion-de-las-monedas-sociales-en.html

Según Yasuyuki Hirota, experto en monedas complementarias, que está luchando por que se conozcan y desarrollen por todo el mundo para su estudio e implementación, son «sólo la punta del iceberg: hay más iniciativas interesantes en el mundo, diferentes sistemas, cada uno de acuerdo con las necesidades de cada comunidad, que pueden equilibrar la situación actual del sistema monetario, que tiene serios fallos estructurales y que es insostenible». La ciencia económica las ignora pues ninguna de estas tentativas ha podido resolver los problemas claves que genera el sistema monetario actual en la economía mundial y, por supuesto, porque invierten los principios bancarios actuales; pero ponen sobre el tapete el esencial debate de cómo crear dinero de forma justa y equilibrada, un debate que no termina con uno u otro modelo, de los que hay una variedad creciente, sino que nos sirven para redefinir el concepto actual de dinero, que es la base de esta civilización que oprime con alevosía a la mayoría. Son ejemplos de que el dinero puede operar con más sensatez y justicia que el dinero-deuda actual y que además pueden convertirse en una pieza que sirva de nexo entre las múltiples experiencias de economía social y solidaria que antes apuntábamos, permitiendo el trabajo de una manera mucho más coordinada y eficiente. Construyen de este modo lo que algunos denominan «mercado social», pasando de una iniciativa local a una propuesta sistémica. «Abren, así, un nuevo espacio de experimentación social colectiva muy amplio, en un terreno poco explorado aún, con muchas similitudes con el software libre, creando de forma gradual propuestas lo suficientemente consolidadas como para que se puedan plantear como modelos alternativos, construidos por activistas, pero no sólo para activistas. Hoy, cuando la economía capitalista se colapsa, y cuando en las calles hay un claro clamor por un cambio profundo, imaginar un nuevo dinero y una nueva economía es posible y urgente» (Didac Sánchez-Costa, uno de los promotores de la Ecoxarxa del Montseny).

Por la soberanía monetaria

Se nos quedan muchas iniciativas en el tintero, y no sólo en cuanto a las monedas, en las que hemos querido poner el acento. Podríamos señalar, por ejemplo, el banco cooperativo J.A.K en Suecia, que ahora está intentando instalarse en España (http://proyectojak.blogspot.com.es/). Se trata de una asociación de préstamo sin intereses formada por ahorradores que se asocian para satisfacer mutuamente sus necesidades de financiación, el reverso luminoso de la banca, que se asemeja en sus principios a la banca islámica. O las cooperativas financieras éticas con intereses, como Fiare y Coop57, que recogen ahorros de personas y entidades para destinarlos a proyectos cooperativos e iniciativas sociales (www.coop57.coop). En la obra Dinero con conciencia: las finanzas éticas, de Jordi Alemany, se puede encontrar abundante información sobre este tipo de iniciativas. También están las crowdsourcing o microfinanciación colectiva, colaboraciones voluntarias, que permiten, a través de microdonaciones, la salida a la luz de proyectos que no encuentran financiación clásica, traspasando una función hasta ahora desarrollada por una entidad a una multitud de individuos conectados por Internet y las redes sociales. También hay que mencionar las cooperativas de vivienda social que se encargan de comprar colectivamente las deudas y sacar las viviendas del mercado privado para que se conviertan en un bien común con el que no se pueda especular, y luchar de este modo contra la especulación inmobiliaria que tanto daño nos ha hecho a todos, degradando nuestras sociedades y, en el caso de España, llevando al deshaucio de más de 166.000 personas (www.liberaos.net). Hay también algunas ecoaldeas que funcionan con economía comunitaria, un paso más allá de los intercambios, pues no se contabiliza su flujo y no se espera compensación a cambio de aquello que se ha compartido.

En conjunto son alternativas no suficientemente exploradas, pero que ya están aquí, ejemplos de una creciente vida comunitaria, donde se mezclan anhelos, dones, voluntades, resistencias: lava encendida que sale del volcán de lo social herido buscando nuevos horizontes por los que habrá que luchar, poniendo en primer plano todo lo que este sistema moribundo se ha dejado en la orilla del camino, al trasmutar los medios en fines en busca de una riqueza ficticia: nuestra tierra, pero por encima de todo nuestra alma. ¿De qué le vale al hombre ganar todo el mundo si pierde su propia alma?

Son en definitiva ejemplos de que el ser humano sabe relacionarse con sus semejantes y con el territorio de otra forma. Que lo ha sabido hacer siempre y lo hace hasta que su inteligencia se oscurece cuando desciende hacia los abismos del egoísmo, donde desaparece toda verdad, toda objetividad, toda justicia, toda caridad, pero que por estar inscrito en lo profundo de su alma puede ser actualizado en cuanto su voluntad se determine a ello.

 

Autor/es:

Beatriz Calvo Villoria,

 

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