Subir impuestos puede ser bueno


12.7.2012

SeñalesdeSostenibilidad
boletín informativo de Fundación Vida Sostenible • núm. 30 ? 12 de julio de 2012

Seguramente hoy, en plena oleada de recortes, es el peor momento posible para hablar de la bondad de subir ciertos impuestos. Pero lo cierto es que los impuestos de huella ecológica pueden ser buenos para nuestra economía, nuestra sociedad y nuestro medio ambiente.

Ha bastado una tasa de cinco céntimos o menos por cada bolsa de plástico para que su empleo se haya desplomado, según las cifras disponibles, y cada vez se ven menos bolsas desechables y más personas con carritos y capachos camino de los supermercados. El impacto sobre la economía doméstica es pequeño, de unos 10-20 € al año. Pero esto es solo el comienzo.
Las tasas e impuestos “ambientales” en España rondan el 1% del total de los gravámenes, mientras que en países más ecoavanzados se acercan al 3%. La mayoría de estos impuestos, además, se cargan sobre el consumo de energía y en menor medida sobre el transporte, dejando una proporción ínfima para penalizar las actividades contaminantes.

¿Vamos a empezar a pagar por contaminar? Pues parece que sí. Empujado por las circunstancias, el gobierno va a comenzar a excavar este filón de dinero a base de impuestos. Habrá consecuencias económicas indeseables (por ejemplo, el alza del precio de la gasolina provoca instantáneamente una subida del precio de los alimentos) pero las consecuencias a largo plazo no tienen que ser malas, y hasta puede que contribuyan a sacarnos de la crisis.

La clave está en que los impuestos ambientales graven a aquellos hogares con la huella ecológica más profunda, y dejen en paz o afecten sólo ligeramente a los de pisada más ligera. Es decir, que extraigan recursos de los más ricos, sin agravar la situación de los demás. Es conocido el caso del impuesto de matriculación, que penaliza las elevadas emisiones de CO2. Pero tal y como está planteado actualmente un todoterreno de dos toneladas apenas paga un 15% más que un utilitario. Todos los estudios muestran que una gran parte de la huella ecológica de un país es creada por un sector bastante reducido de la población. Es a este sector al que deberían ir dirigidos los impuestos ambientales.

Siete impuestos de huella ecológica

El “céntimo verde”. Se trata de un impuesto de unos cinco céntimos por cada litro de gasolina o gasoil. Aparte de su efecto sobre el transporte colectivo de personas o de mercancías, su impacto consistirá en encarecer el transporte privado, lo cual resulta lógico después de las subidas del metro, el tren y el autobús. Más interesante a largo plazo resulta su efecto sobre la contaminación, al primar la conducción eficiente, la compra de vehículos menos derrochadores y en definitiva a los vehículos eléctricos. Por desgracia, no es progresivo, y paga lo mismo por litro un pequeño utilitario que un cochazo.

Pagar por aparcar. Ya se hace, pero ahora las zonas de pago se van a extender y el pago va a crecer. El principio básico es pagar por la ocupación del escaso y congestionado espacio urbano: un coche ocupa unos seis metros cuadrados. Si se combina con zonas libres de pago alejadas del centro de la ciudad, la tasa tiene su lógica.

Pagar por entrar en la ciudad. Aunque los ayuntamientos españoles no se han atrevido todavía a poner en práctica esta tasa que ya se aplica en  Londres y otras capitales europeas, terminarán por hacerlo. El principio es sencillo: si te atreves a entrar con tu coche en la zona central de la ciudad, muy densa y bien servida por transporte público, pagarás por ello. El sistema penaliza a los coches grandes, como los todoterrenos, y permite entrar gratis a los eléctricos.

Pagar directamente por el exceso de CO2 que producimos. Ya se hace en parte, a través del impuesto de matriculación, que no pagan los coches que emiten por debajo de 120 gramos de CO2 por km. Pero ahora es probable que se extienda a otros productos, por ejemplo los alimentos. Ostentarán una etiqueta de CO2 producido por cantidad de producto, y pagarán una tasa en proporción. La idea es que esta tasa penalice las delicatessen traídas por avión, no los productos básicos transportados en barco.

Pagar el derroche de agua. Lo exige una directiva europea, que establece que el precio que pagan los usuarios debe cubrir todos los gastos de acopio, depuración y transporte del agua. Claro está que la subida del precio del agua se debe hacer penalizando más los consumos elevados y subvencionando más a los usuarios eficientes.

Pagar por la sobreproducción de residuos. Actualmente la recogida de residuos se paga según el tamaño de la casa (o el IBI, que viene a ser lo mismo). A igualdad de tamaño, pagan igual los vecinos destrozones, que producen enormes cantidades de basura mezclada y que no utilizan los contenedores de recogida selectiva, y los virtuosos que procuran ensuciar lo menos posible su entorno. Esto podría cambiar con nuevos sistemas de valoración de los residuos producidos y de la calidad de su separación selectiva, y los vecinos pagarían más o menos según el impacto producido.

Tasa para los edificios ineficientes en el uso de la energía. Se están empezando a plantear, en relación con la implantación de la etiqueta energética para edificios. Funcionaría bien en combinación con ayudas a la rehabilitación, pero puede ser onerosa para muchas familias que viven en edificios de construcción deficiente.

Estos son unos pocos ejemplos de impuestos a la huella ecológica. Pero puede haber muchos más. Por ejemplo, el silencio. Una tasa por el ruido producido, a tantos euros el decibelio, dejaría a muchos vecinos estruendosos literalmente mudos. El principio es sencillo: el que contamina más debería pagar más. Y todos saldremos ganando.

Seguici in Facebook