Semillas de esperanza: Elogio y necesidad de lo local

Beatriz Calvo Villoria. Agenda Viva Invierno 2011
El alma del hombre y el alma del vegetal contenida en la semilla están sometidas a los mismos factores cósmicos para su fructificación: el fruto del alma humana, regada y bendecida por las influencias del cielo y nutrida por la tierra, es el conocimiento y la bondad consecuente del buen pensar, el buen decir y el buen hacer. El fruto de la semilla regado por las ubres del cielo, amamantado por los nutrientes de la tierra y protegido por los brazos de los hombres es la donación y el sacrifico de un reino, el vegetal, que se acerca a la conciencia cuando el hombre se alimenta con sus savias, nutrientes y tejidos, su substancia; es la donación de una energía de vida, una fuerza vital llena de sol y de tierra, de antepasados que yacen en la umbría del olvido de los siglos para transformarse en Ser Humano.

El ser humano es una transformación de los alimentos, decía el dietista Víctor Poucel; cuando se alimenta es «invadido e informado en todo su organismo vivo por el juego multiforme del universo. Y en este juego están entremezclados cuerpo y espíritu; el hombre está insertado en el universo y lo capta en los modos más elementales y fundamentales de su expresión. Por medio de su cuerpo, el hombre asimila el universo entero» (Jean Hani).

Los que nos conocen saben que siempre intentamos dotar a la naturaleza de una diversidad de sentidos; cualquiera de sus elementos es susceptible de una interpretación simbólica, que ayudará a un conocimiento más real de lo que tenemos entre manos. En esta ocasión queremos escribir sobre la semilla como factor clave en lo que se viene llamando la soberanía alimentaria de los pueblos. Y para producir ese acercamiento a este diminuto misterio -pues «la semilla brota y crece sin que se sepa cómo»-, a veces tan minúsculo como el grano de mostaza, queremos recordar sólo una más de las muchas analogías que hay sobre su esencia, que nos hará mirar cada nueva semilla que caiga en nuestras manos como un auténtico canto a la capacidad creadora de la naturaleza. Y quizá las valoremos entonces en su justa medida, y defendamos, en consecuencia, el derecho inalienable de los pueblos a recoger sus propias semillas, derecho que en estos tiempos está siendo violado por los intereses crematísticos de una industria agroalimentaria que ha convertido la sacralidad del alimento en mercancía.

La semilla contiene el fruto de nuestro alimento, es una potencia latente que se realiza cuando “muere” en la oscuridad de la tierra; por eso, desde el origen de los tiempos el hombre ha visto en ella un poderoso símbolo de su propio renacimiento espiritual; sólo en la oscuridad de la negación de lo que no se es, se llega realmente a ser. En ambos casos la idea-potencia sólo fructifica si se entierra, no hay cosecha sin siembra. Y esta analogía se repite desde el inicio de los tiempos como una enseñanza simbólica, que va directa al corazón del hombre abierto al lenguaje de la naturaleza, y se repite en la sinfonía inaudita de una miríada de variedades vegetales, que imitan al infinito en su variedad de formas, colores, texturas, sabores y olores, y en su circularidad eterna, semilla-fruto-semilla.

– El tesoro verde
La semilla es el despliegue de un tesoro hecho de una dimensión biológica y una dimensión intangible que alimentan el cuerpo y el alma del hombre. Para el agricultor, la semilla no es simplemente la fuente de futuras plantas para su alimento; representa un lugar de acopio de cultura y de historia. La semilla es el primer anillo de la cadena de la alimentación. La semilla es el supremo símbolo de la seguridad alimentaria: semillas de tomate cuarentena o corazón de buey, lechugas hojas de fraile, lechuga de oreja de burro o de los tres ojos, col piel de sapo, haba morada, calabacín de rayas, melona rosada, melona de Carcaixent, calabaza pipa de madera, zanahoria morá, patata copo de nieve, uva crespiello, col paperita, escarola perruqueta, espigal…

Esta lista innumerable de tesoros genéticos que han alimentado a la humanidad empezó cuando el hombre decidió domesticar las plantas silvestres interviniendo en la naturaleza. Cuando Caín mató a aquel Abel trashumante y recolector de frutos salvajes pagó un primer precio, que fue el perder, además de la libertad del nómada, una serie de características nutricionales, que no se adecuaron a la domesticación, (muchas especies silvestres tienen un mayor contenido en antioxidantes, vitaminas, minerales y ácidos grasos omega-3 que el que se encuentra en la mayoría de las plantas cultivadas); pero en sus inicios mantuvo la riqueza de la biodiversidad agrícola y, a través de una continua y deliberada selección y mejora, generó un sinfín de tipos distintos dentro de cada especie vegetal utilizada para el cultivo, las llamadas “variedades”. Los agricultores indios, por ejemplo, han desarrollado 200.000 variedades de arroz a través de sus innovaciones y cultivos. Con el tiempo, y en ese descenso por el río de la historia, el hombre fue “cainizándose” más, sedentarizándose paulatinamente, creciendo y multiplicándose y sofisticando la selección de especies, para mejorar su subsistencia y regularar la producción en su beneficio; un beneficio que con el tiempo perdió el sentido, se fue haciendo más y más estrecho de miras hasta desembocar, entre otras tragedias, en una pérdida de recursos fitogenéticos, al reducirse dramáticamente las variedades, sacrificadas en aras de una mayor producción como única variable a considerar (las variedades industriales están adaptadas fundamentalmente a maximizar el rendimiento en kilos de cosecha por hectárea).
Como nos cuenta José Esquinas, profesor, ex funcionario internacional de la FAO y director de la cátedra de Estudios sobre Hambre y Pobreza de la Universidad de Córdoba: «A lo largo de la historia de la humanidad, cuando se estudia qué plantas han sido utilizadas por el ser humano, ya sea para alimentarse, ya sea para cubrir sus necesidades básicas, como el vestido, encontramos del orden de 8.000 a 10.000 especies distintas. Hoy, en el siglo XXI, estamos cultivando nada más unas 150 especies. Y dentro de éstas, doce de ellas contribuyen en más de un 70% a la alimentación calórica humana. Y solamente cuatro -el trigo, el arroz, el maíz y la patata- contribuyen en más del 50% a la alimentación calórica humana. Así podemos darnos cuenta de hasta qué punto estamos utilizando mal la diversidad o no estamos utilizando para nada la diversidad. Es difícil establecer cuánta diversidad se ha perdido, pero se puede decir que en la mayor parte de las especies cultivadas se ha perdido más del 75% de la diversidad que existía a principios de siglo».

Al mundo moderno le encanta reducir la calidad de los reinos que le rodean, prefiere el control de la uniformidad -tanto biológica como cultural- a la libertad de la diversidad, y eso ha hecho que uno de nuestros mayores tesoros, el auténtico oro verde de la biodiversidad agrícola, esté desapareciendo. Hemos perdido ya un maravilloso patrimonio genético y nos encontramos dolorosamente mermados ante los impredecibles cambios medioambientales que se avecinan, pues todos los sistemas, humanos o ecológicos tienden hacia una mayor estabilidad y adaptabilidad frente a las fluctuaciones externas cuando están más diversificados. Como dice Antonio Viñas, de la Universidad Paulo Freire, «hemos perdido infinidad de semillas madre: un patrimonio alimentario construido a lo largo de los siglos con el esfuerzo de los campesinos, una pérdida de olores, sabores y valores culturales incalculables, unas tecnologías de manejo y cultivo propios. En definitiva, una catedral de insustituibles conocimientos y relaciones con la tierra».
– Causas de la pérdida de biodiversidad agrícola
La FAO, en el Primer informe sobre el estado de los recursos fitogenéticos, de 1996, apuntaba que la principal causa de erosión genética del planeta era la sustitución de variedades locales por variedades comerciales debido a la implantación generalizada de la agricultura comercial moderna o industrializada, que se basa en varios pilares: una mecanización de la actividad que forzó el abandono del mundo rural ?a la tecnología le sobran los campesinos?; el uso de fertilizantes químicos que sustituyeron a los orgánicos y de pesticidas que han contaminado las aguas, el aire y las tierras del planeta de nuestros nietos, y son una de las causas principales de los gases de efecto invernadero producidos por la agricultura; y el uso de semillas “mejoradas”, que en realidad han resultado ser empeoradas.

Como dice la activista Vandana Shiva: «La agricultura está siendo transformada de una producción de alimentos diversos y nutritivos en la creación de mercados para semillas genéticamente adulteradas, herbicidas, y pesticidas. Mientras los agricultores están siendo transformados de productores en consumidores de productos agrícolas patentados por las corporaciones, mientras los mercados están siendo destruidos a nivel local y nacional, pero expandidos a nivel global, el mito del “libre comercio” y de la economía global se convierten en el medio para que los ricos puedan despojar a los pobres de su derecho al alimento e incluso de su derecho a la vida, ya que la gran mayoría de la población mundial? el 70%? se gana la vida produciendo alimentos».

Otra causa importante que afecta también a esa merma del tesoro, es la desaparición del conocimiento campesino que ha sido una consecuencia nefasta que todavía no estamos preparados para sopesar. También hay que señalar como causa de la pérdida genética la uniformidad alimentaria decidida en la bolsa de Nueva York, y no precisamente desde parámetros de salud y justicia, y, en definitiva, el monocultivo de la mente por un pensamiento único que está globalizando la Tierra.

– El monocultivo de la mente
Pensamiento único que cada vez más se dirige y se utiliza desde unas cuantas multinacionales afanadas en la apropiación indebida de todos los recursos planetarios, y que nos venden desde su aparato mediático y publicitario una realidad falseada, como que en la actualidad sus redes internacionales de distribución de alimentos han diversificado extraordinariamente la alimentación al permitirnos utilizar en nuestra cocina alimentos producidos en regiones lejanas del mundo, y casi en cualquier época del año; pero la verdad es que a cambio de ese trasiego planetario se ha simplificado muchísimo a nivel de cultivares. Baste un ejemplo para ilustrar esta “aparente diversidad”: en Castilla-La Mancha se consumían tradicionalmente manzanas camuesas, reinetas, verdedoncella, morroliebre, espedriega, peros, peros de vino… Hoy, nos contentamos con las manzanas Starking y Golden que, como un ejército, invaden todas las fruterías.

Hemos perdido muchos alimentos locales en favor de alimentos producidos a miles de kilómetros; no comemos las naranjas de invierno de nuestros huertos, pero tenemos uvas argentinas, piñas de Costa de Marfil, manzanas chilenas… Con la consiguiente huella ecológica que ello supone y el despropósito y falta de inteligencia de ese derroche energético, no duraríamos una semana en otros reinos de la naturaleza.

También nos los venden como más baratos, y de nuevo nos mienten. Si comparamos precios, encontraremos que los alimentos locales pueden ser más caros que otros producidos a miles de kilómetros; sin embargo, el precio de mercado de muchos productos no refleja sus costes ambientales, al igual que la producción masiva e intensiva de alimentos suele ser inversamente proporcional a índices cualitativos como aroma, sabor y ausencia de elementos tóxicos (pesticidas).
Pero ¿por qué es tan importante la biodiversidad biológica agrícola? ¿Qué está en juego? Una vez más, José Esquinas nos contesta a esta pregunta: «Si no hay diversidad biológica, si no hay diversidad genética, no puede haber ni evolución ni mejora genética, porque la base de ambas es la selección y sólo se puede seleccionar donde hay diversidad. La evolución natural está basada en la selección que hace la naturaleza entre lo diverso.También el agricultor y el científico seleccionan en lo diverso las características deseadas. En la uniformidad no se puede seleccionar nada. La biodiversidad es la riqueza más importante que tenemos. La diversidad en general, sea biológica, cultural, de ideas o de sistemas, sea del tipo que sea, es una especie de amortiguador. Necesitamos esta diversidad para mantener en el sistema la capacidad de adaptación, y para mantener las opciones de las generaciones futuras. Y eso permite la evolución y la coadaptación a cambios medioambientales y necesidades impredecibles del futuro. A mayor diversidad, menor vulnerabilidad; a mayor uniformidad, mayor vulnerabilidad».

¿Evidente, no? Pues no, como dice Jorge Riechmann, «la tendencia es que toda la cadena alimentaria -desde la semilla hasta lo que ponemos en el plato- quede en manos de enormes conglomerados multinacionales, con un control casi monopolístico sobre los distintos eslabones». Y el objetivo de tales conglomerados es comercializar, a través de la ingeniería genética, unas pocas variedades de semillas, de un único uso, sin poder germinativo -una verdadera aberración de la biotecnología-, y diseñadas para vender más herbicidas y fitosanitarios, pues han sido creadas ex profeso como adictas a estas sustancias lucrativas: maquiavélico. Sólo a lo largo del siglo XX se constató la pérdida de entre el 90 y el 95% de las variedades locales que se venían cultivando a nivel mundial, que fueron desbancadas por variedades mejoradas genéticamente que buscaban una mayor producción frente a cualquier otro aspecto.

– Leyes de semillas
Dentro de la estrategia de estos agronegocios por convertirse en un oligopolio planetario está su control antidemocrático de los gobiernos, cada vez mayor, que al ritmo de su batuta no dejan de aumentar el paquete afixiante de regulaciones y mecanismos que restringen lo que los agricultores pueden hacer con las semillas. En Europa, por ejemplo, bajo las leyes actuales, es ilegal comerciar o vender semillas de variedades que no estén registradas. Las semillas campesinas, por lo tanto, tienen que hacerse clandestinas y vivir una precaria existencia ilegal. Esta evolución legislativa tiene consecuencias desastrosas para la biodiversidad y la sustentabilidad agrícola.

La paradoja es que la biodiversidad agrícola está cada vez más amenazada y se está perdiendo en un momento en que se necesita con especial urgencia, pues la producción agrícola y alimentaria se ve afectada negativamente por el cambio climático, y lo estará cada vez más, sobre todo en países ya sometidos a rigores climáticos, de bajos ingresos, y de alta incidencia de pobreza y de hambre. Se calcula que si la temperatura media aumentase más de 2º C, en muchos países en desarrollo, la productividad agrícola total podría descender entre un 20 y un 40%. Y eso cuando hoy, más que nunca, hay posibilidades de utilizarla en beneficio de la humanidad.

Ante la gravedad de la situación hemos querido saber cuáles son las alternativas, quién se está oponiendo a este sinsentido, a fin de evitar la pérdida de este patrimonio genético y cultural, pues como nos decía Vandana Shiva: «Gandhi escribió que mientras exista la superstición de que las leyes injustas deben ser obedecidas, la injusticia prevalecerá. Es nuestra obligación como seres más elevados obedecer una ley más elevada que nos está diciendo que guardemos las semillas. Para mí, el mantener y guardar las semillas de esperanza y de supervivencia es un acto espiritual. Cultivar y conservar la diversidad no es un lujo, es un imperativo de supervivencia y la condición previa para la libertad de todos. La semilla nativa se ha convertido en un símbolo de resistencia frente a la monocultura y los derechos al monopolio».

– Red de semillas
En nuestro país, una de las organizaciones abanderadas en esta resistencia es la Red de Semillas, dedicada a resembrar e intercambiar: una organización descentralizada que trabaja para facilitar y promover el mantenimiento de la biodiversidad agrícola en las fincas de los agricultores y en los platos de los consumidores. Su principal fuerza y riqueza es la diversidad de sus miembros: agricultores y organizaciones agrarias, técnicos, consumidores, dinamizadores del medio rural, grupos de desarrollo rural, personas vinculadas a la universidad y a la investigación, etc. Además, también participan en la Red de Semillas, otras redes locales de semillas, unas veinte, que gestionan el uso y la conservación de la diversidad genética en sus territorios, favoreciendo la labor de recuperación, conservación, mejora y utilización de las variedades agrícolas locales conservadas durante años por nuestros agricultores. Se trata de grupos vinculados entre sí que están presentes en la mayoría de las comunidades del Estado español.

En todas partes, miles de voluntarios proceden como un ejército de hormigas clasificando, guardando, intercambiando, sembrando semillas, olvidadas a veces en los baúles de los abuelos y resucitadas por estos colectivos comprometidos con salvaguardar este tesoro genético: habas muchamiel, reina mora, pepinos blancos, guisantes de medio enrame, calabacín blanco, calabaza francesa, de Torrar, violinera cuadrada, gitana… Semillas recuperadas por algunos grupos, como Ecollavors, que han sido guardadas, seleccionadas y que, como comentan a la revista La Fertilidad de la Tierra, «actualmente son extraordinariamente resistentes y muy productivas».

Desde la Red de Semillas nos han facilitado abundante documentación para la elaboración de este reportaje, pues llevan años desarrollando numerosas acciones desde el ámbito local hasta el trabajo con las administraciones públicas o la relación con entidades internacionales. Les preguntamos por qué es tan importante el intercambio de semillas y nos recuerdan que «durante la mayor parte de la historia de la humanidad, los agricultores han sido los responsables de cerrar los ciclos de los cultivos, produciendo las semillas y guardándolas de un año para otro. La resiembra y el intercambio de variedades locales de cultivo ha sido la forma tradicional de conservar la biodiversidad, un recurso esencial para la producción de alimentos. El intercambio es el proceso por el cual los campesinos consiguen la variabilidad necesaria para poder realizar la selección. Todas las sociedades campesinas han tenido mecanismos de intercambio para propiciar el trueque continuo de material vegetal».
Este intercambio se basa en la cooperación y la reciprocidad. Un agricultor que quiere intercambiar semillas generalmente entrega una cierta cantidad de semillas de su granja y a cambio recibe una cantidad igual de otras semillas. El libre intercambio entre granjeros trasciende a las solas semillas; implica intercambios de ideas y conocimientos, de culturas y legados. Es una acumulación de tradición, de conocimiento sobre cómo funciona la semilla.

Sin embargo ?continúan comentándonos desde la Red? «esta acción de resiembra e intercambio ha sido restringida e incluso prohibida en las últimas décadas por las Leyes de semillas y la imposición de una agricultura, distribución y alimentación industrial y multinacional. A pesar de ello, muchos agricultores, redes de semillas y personas preocupadas por el problema han seguido luchando por conservar el derecho ancestral de resembrar e intercambiar sus propias semillas. Son muchos los agricultores, consumidores, grupos y redes que trabajamos en el uso, recuperación, conservación, producción e intercambio de variedades. Facilitar y promover la resiembra e intercambio de semillas de variedades locales es una de las tareas fundamentales de las redes locales de semillas. Por ello, promovemos la venta de semillas por parte de los propios agricultores como un acto público, no violento, consciente y político, contrario a la ley, realizado con el propósito de provocar el cambio en la legislación y la actuación del gobierno».

– Conocimiento campesino
Semillas de judía manteca, alubia de verdeo, calabaza Rabaquet, tomate rosa, alubia del Barco, alubión del Segura, Moruna, Perona, Piñonera, negra, Caricas del señor, Cerigüelo, judía culebra… van saliendo de los armarios de los agricultores tradicionales cuyas prácticas agrícolas han caído en desuso y en el olvido y que se suman a estos colectivos trasmitiendo a un público entregado, la sabiduría de la que son poseedores.

Es fácil ver en estos encuentros que los grupos de semillas de toda España propician para intercambiar semillas, ver acercarse a la tía Julia, o al abuelo Justo, con su lata llena de tesoros: calabaza totanera, totanera verde, verrugosa, calabaza de guinea, tomate Ceheginero, ciruela, cuarenteno, de adorno, de colgar, de Guadalupe, lo que es una victoria para el movimiento, pues como se nos dice desde la Red: «A la erosión genética le acompaña irremediablemente la erosión cultural, es decir, la pérdida de los saberes que hemos adquirido tanto en la práctica agrícola como en las recetas tradicionales sobre la mejor forma de preparar y saborear estas variedades y alimentarnos con ellas». Y el intercambio con estas enciclopedias orales de lo vivo es impagable, pues, como nos comenta Gerardo Báguena Sánchez, de la Fundación Quebrantahuesos: «Los procesos que han desarrollado y caracterizado la cultura campesina se encuentran entre los más sólidos valores de éxito de la civilización humana, y por tanto constituyen uno de los más valiosos activos de inversión del futuro. No cabe buscar en este sector productos de enriquecimiento inmediato, ya que para disfrutar de su productividad se exige la sustitución del mérito personal por un concepto de éxito asociado a la comunidad, donde la mesura y el altruismo consciente permiten alcanzar altos grados de desarrollo»; y, en efecto, así lo constato yo misma cuando me paro a hablar con Moisés, de 75 años y que todavía se mueve en mula, como si la era del maquinismo no le hubiera afectado lo más mínimo, y me recomienda donde plantar esa variedad de tomate rosa que me regala, mientras me dice que ya el abuelo de su abuelo lo cultivaba en estas tierras pues se adapta muy bien a nuestra zona.

La visibilidad y la alianza con este conocimiento tanto tiempo denostado forma parte de la receta necesaria para una empresa ardua y difícil, pues la mayoría de los campesinos son de avanzada edad y hay una falta de relevo generacional en sus explotaciones hortícolas. «A mis hijos no les gusta esto, prefieren cobrar el PER y no sufrir como su padre», nos decía un día un vecino campesino, mientras nos enseñaba la diferencia entre los distintos tonos de verde por los que pasa la oliva y el momento idóneo para recogerla. Ver a través de sus ojos es alcanzar una visión y una gestión práctica del paisaje. Donde un ecólogo ve ecosistemas, teselas, asociaciones vegetales…, un campesino ve el lugar donde sembrar melones, poner trampas para cazar algún conejo, o el sitio donde encontrará un buen puñado de espárragos. Vinculado con la alimentación existe un vasto cuerpo tradicional de conocimientos, un saber que aglutina la gestión de las variedades agrícolas, las técnicas agronómicas aplicables a cada especie, los conocimientos zootécnicos, la identificación de plantas y animales silvestres, las técnicas de caza y pesca, así como las de transformación y conservación de alimentos, la gastronomía tradicional, etc., y un inmenso vocabulario específico para designar todo ese saber.

– La memoria del olvido
Pero todos sabemos, como nos recuerda Aurelio García, presidente de REDEX que la baja autoestima del mundo rural, la emigración y las promesas de reconversión y desarrollo del sector agrario confluyen en la ruptura generacional del saber campesino. La media de edad de nuestros agricultores está ahora por encima de los 60 años. «Si no recuperamos a nuestros jóvenes para que continúen cultivando nuestras tierras, recogiendo los frutos, cuidando los montes, si no somos capaces de cambiar las orientaciones de la PAC, habremos perdido nuestras señas de identidad, perderemos nuestras variedades locales, perderemos calidad en nuestros alimentos, prosperarán los incendios, y, creyendo que tenemos un desarrollo mayor, habremos perdido calidad de vida. Habremos perdido unos conocimientos. La eficacia del sistema informal de enseñanza-aprendizaje ataba con fuerza el conocimiento tradicional a la memoria, en la medida en que estos saberes prácticos, valorativos y simbólicos eran los responsables de una gran parte de las relaciones con el medio. La importancia real de saber manejarse en las tareas agrarias y ganaderas hacía prestar especial atención a la transmisión de los conocimientos sobre ellas.»

«Tenemos actualmente una asignatura pendiente de la que no podemos dejar correr otra convocatoria: rehabilitar e incorporar con éxito y orgullo al siglo XXI las culturas campesinas originales, pues los profesores que la imparten están a punto de desaparecer. Para aprobarla, se torna imprescindible recuperar la información y los códigos de manejo del medio atesorados por la población anciana rural, que languidece perpleja ante el desmoronamiento definitivo de los territorios y paisajes en los que desarrolló su experiencia vital. Paralelamente, hay que encontrar fórmulas que permitan hacer atractivos social y económicamente los viejos oficios pegados a la tierra, con el objeto de fijar una nueva población rural y frenar así el acuciante proceso de desertización que está sufriendo el campo» (José Antonio González Díaz, geógrafo).

Como decía Miguel Delibes: «Hemos matado a la cultura campesina (a la cultura rural) y no la hemos sustituido por nada, al menos por nada noble». E incluso podríamos añadir que la hemos sustituido por algo innoble, pues como nos decía José Borrel acerca de las causas de la crisis alimentaria: «En muchas partes del mundo, gobiernos y empresas están promoviendo la agricultura de plantaciones a gran escala, a costa del desplazamiento de campesinos y de la producción local de alimentos. En efecto, el modelo agrícola está orientado a la exportación y la dependencia de las importaciones, que están en la raíz de la crisis actual».

«Un hombre egoísta que explota los recursos de la naturaleza para satisfacer sus siempre crecientes necesidades personales, no es más que un ladrón, porque usar los recursos más allá de nuestras necesidades supondría utilizar recursos sobre los cuales otros tienen derechos» Vandana Shiva.
Por eso, en todos los grupos de la Red de Semillas la recuperación del conocimiento campesino es una de las claves del éxito, y por eso luchan por viabilizar la existencia de pequeños agricultores mediante acciones que fomenten y protejan los circuitos cortos de comercialización, la diversificación, la autoproducción de semillas, los precios justos, etc.

– El valor de las variedades locales
Como vemos, una de las claves de este movimiento está en las variedades locales, ya que las comerciales han sido responsables según la propia FAO de la erosión genética o lo que es lo mismo de la pérdida de la variabilidad genética. Por lo tanto hay que apostar fuerte y con decisión por este otro lado de la balanza e ir sumando a nuestros huertos y a los bancos de germoplasma semillas de variedades locales, también llamadas tradicionales, que forman parte de la riqueza cultural, patrimonial y de la propia identidad de los pueblos que las han conservado, transmitiéndolas, junto con las formas de cultivo, de generación en generación. Normalmente son semillas no registradas y no aparecen en catálogos comerciales, sin embargo tiene un gran valor en el entorno por su adaptación física a condiciones locales o por el aprecio que tiene el producto en la gastronomía local. Las variedades locales han conservado una gran variabilidad genética al no haberse visto sometidas nunca a programas de mejora ni de modificación, por lo que tienen especial interés desde el punto de vista científico, ya que en ellas, en el futuro, se pueden encontrar los genes de resistencia a determinadas plagas nuevas que puedan surgir. Esto no ocurre con las variedades comerciales, en las que todos los individuos son uniformes tanto morfológica como genéticamente, y, por tanto, todos ellos responderán de la misma forma ante un problema, y, si no están preparados para sobrevivir, todos sucumbirán y desaparecerán. La historia ya nos lo ha demostrado en varias ocasiones, como en la hambruna en Irlanda por la siembra de una sola variedad de patata.

Para Red de Semillas, estas variedades «aportan calidad organoléptica, no sólo visual, pues también llenan de sabores y aromas nuestra alimentación». Además, nos cuentan también que los alimentos ecológicos y de variedades tradicionales, tienen mayor contenido en nutrientes que los convencionales. Así lo demuestran diversos estudios científicos comparativos llevados a cabo por el equipo de María Dolores Raigón, de la Universidad Politécnica de Valencia, sobre diversos alimentos ecológicos y de variedades tradicionales (pimiento, tomate, naranja, cebolla, berenjena, lechuga, aceite de oliva, etc.). Estos resultados vienen a confirmar los ya obtenidos por otros equipos de investigación en diferentes partes del mundo (EE.UU., Inglaterra o Suiza).

Según este estudio, consumir alimentos procedentes de cultivo ecológico y de variedades tradicionales, como el tomate valenciano, no sólo protege la biodiversidad agrícola, sino que aporta más nutrientes y es más saludable, por tener componentes nutricionales benignos (vitaminas/antioxidantes o ácidos grasos poliinsaturados como omega-3 y CLA, entre otros).

Para Dolores Raigón, uno de los aspectos «más importantes para el incremento de la biodiversidad será actuar sobre la diversidad genética de la explotación, introduciendo variedades vegetales antiguas, tradicionales y bien adaptadas a cada suelo y a cada clima, así como razas autóctonas que le dan al territorio un considerable valor añadido». Y es precisamente en esa dirección en la que la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente se ha embarcado con su proyecto ConSuma Naturalidad, para el que cuenta con el apoyo de la Comisión Europea, y que surge de una apuesta firme por la naturaleza de nuestro país que pierde anualmente un 5 % anual de la biodiversidad genética en especies de fauna y flora destinadas a la producción agraria e industrial y silvestre como consecuencia del abandono de la producción agraria en el ámbito rural-natural. Esta pérdida va asociada a la pérdida de biodiversidad, de otras especies, ecosistemas y paisajes de alto valor ecológico, que están ligadas a los métodos de producción sostenibles de las primeras, pues existe un vínculo indeleble entre las actividades rurales y la existencia de un amplio conjunto de especies animales y plantas silvestres.

Por lo tanto si queremos conservar debemos fomentar la producción y el consumo de razas autóctonas y variedades locales de frutas, hortalizas y otros alimentos producidos preferentemente en áreas de confluencia de la red de espacios naturales protegidos y la red natura 2000 que es donde reside la mayor cantidad de biodiversidad, para lo que hay que contribuir a un aprovechamiento sostenible de los recursos naturales, del paisaje, de la cultura y las tradiciones, evitando que se abandonen áreas tradicionales de producción y su actividad económica. Hay que frenar la erosión genética, no nos podemos permitir perder a las especies que convierten a la gastronomía española en una de las más ricas del mundo.

La Fundación mantiene el testigo de Félix para el cual “El hombre está integrado en los ecosistemas y sobre todo en los ecosistemas europeos de viejas civilizaciones” y que insistía que “en los nuevos parques naturales en los que la ganadería haya desaparecido – como consecuencia no de la conservación sino de la emigración- habría que introducir nuevamente ganado, para evitar la degradación de los biotopos.”

– Resembrar e intercambiar
Alubia de Guriezo, alubia de la Virgen, frijoles negros, chirivía, tomate rosado de Aretxabaleta, de piquillo, flor de Baladre, gordo, guardamar, Guillermo, huevo de paloma mediano, puerro amarillo…: cada vez son más las universidades que se suman a la defensa de estas variedades como los investigadores de la Escuela de Ingenieros Agrónomos de la Universidad de Castilla-La Mancha (UCLM) en el Campus de Ciudad Real, que han logrado rescatar algo más de 750 variedades de especies hortícolas en peligro de extinción, de las que cerca de 300 han sido de tomate. Pero frente a esta conservación ex situ, que es la que se realiza fuera del hábitat natural de las variedades por los bancos de conservación o germoplasma y que es muy importante, hay que comprender que lo que realmente asegura la supervivencia de la biodiversidad es que ésta sea cultivada por agricultores y consumida por consumidores. Por eso las redes de resiembra e intercambio de semillas se entienden como modelos de conservación in situ, en las fincas, lo que implica el mantenimiento de las variedades, mediante su cultivo y el cierre de los ciclos para producir e intercambiar las semillas entre los miembros de las redes.

En este contexto y bajo el lema de «Cultiva diversidad. Siembra tus derechos», la Red de Semillas ha comenzado una campaña que tiene como objetivo concienciar a la sociedad (consumidores y agricultores) de la necesidad de recuperar el patrimonio genético agrícola, para lo cual hay que elevar el nivel de conocimiento de los agricultores y consumidores sobre la importancia de la biodiversidad para la producción de alimentos saludables. Uno de sus objetivos como Red es lograr una mayor implicación del tejido social local en la preservación y uso de la biodiversidad agrícola.

Y aquí entra una de las piezas esenciales del engranaje del éxito: el consumidor; pues no es suficiente con la recuperación de recursos genéticos; es necesaria la correcta transformación y preparación, y la aceptación de unos hábitos alimentarios que no son aquellos en los que esos recursos se desarrollaban en el momento de su pérdida o marginación. «La revalorización de las variedades locales de cultivo es fundamental para su conservación. Los agricultores no son conservadores per se, sino que conservan aquellas variedades que consiguen valorizar de una manera óptima y que por tanto viabilizan su actividad. En este sentido, el apoyo de los consumidores es fundamental para la reintroducción de las variedades locales en el sistema agroalimentario local y actual, ya que son ellos los que van a apoyar a los agricultores que pongan en marcha esta línea de trabajo.» (Red de semillas).

Según estudios de nuestra Fundación el 40% de la población desconoce el origen de los productos que consume, gran parte de las razas autóctonas de ganado y variedades vegetales locales de consumo de nuestro país, se pierden por falta de conocimiento y de demanda. Y ese es el objetivo final del proyecto ConSuma naturalidad: que más del 30 % del público objetivo y al menos el 10 % de la población española tenga información de los productos compatibles con la conservación de la biodiversidad y los consuma. Por eso otro de los pilares del Proyecto es realizar campañas de Información a los ciudadanos y a los agentes del territorio de que a través de la producción y el consumo de razas autóctonas de ganado y de variedades locales vegetales, se contribuye a la conservación de nuestra biodiversidad productiva y silvestre, y diferenciar esos productos con un sello de garantía, la marca ConSuma Naturalidad. “Tenemos que concienciar al consumidor que consumir productos autóctonos y de temporada favorece prácticas sostenibles con la biodiversidad y los ecosistemas y permite conservar más de 140 razas de ganado y cientos de variedades locales cultivadas características de nuestros paisajes.” Fernanda Serrano, gerente de la Fundación.

Una receta perfecta conservar a través de lo que comemos, religar de nuevo biodiversidad, campesino, consumidor que se traduce por ejemplo en una excelente torta de queso elaborada en un territorio donde el quebrantahueso come también de la cabaña ganadera que pasta libremente estercando y diseminando semillas de biodiversidad. Y para ello para poder localizar no podemos dejar de mencionar otro de nuestros proyectos MiTierraMaps que pretende recoger experiencias ejemplares que son aquellas iniciativas en el territorio rural que aúnan un triple beneficio: económico, social y medio ambiental, ejemplos reales que revalorizan la producción rural cómo pieza clave para conservar biodiversidad o, lo que es lo mismo, la importancia de lograr una mayor armonía entre el hombre y la tierra, entre las que se encuentren aquellas que trabajan de forma tradicional y/o ecológica con variedades locales. Para ello las estamos recopilando, ordenando, y geolocalizando para poder difundirlas a través de las más novedosas tecnologías de internet y aplicaciones móviles implicando al medio urbano en la conservación del territorio a través de sus “juguetes favoritos”.

Como nos dice Montse Escutia en este número: «Todavía no somos conscientes del poder que tenemos como consumidores y de que un pequeño cambio en las pautas de consumo genera muchos cambios a nivel global y económico». Debemos reclamar nuestro derecho a salvaguardar las semillas y la biodiversidad; cada uno de nosotros es un peón, la tropa ligera que forma la primera línea en este tablero de ajedrez global, en este campo de acción que es la existencia, donde el mínimo movimiento puede hacer que un rey injusto muera; la semilla, como símbolo del renacer, puede inspirarnos a promover un nuevo ciclo en el que la cordura (de cordis: corazón) vuelva a ocupar el centro. Jaque mate.

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