Robert F. Kennedy: contra los enemigos de la Tierra


“œLa subversión de la democracia siempre va acompañada de una apropiación a gran escala del medio ambiente”.
Pertenece a uno de los clanes familiares más trágicamente célebres de la historia del siglo XX y su apellido le precede allí donde viaja. Es Robert Francis Kennedy Jr., hijo del senador estadounidense Bobby Kennedy y sobrino del expresidente John F. Kennedy, ambos asesinados en el ejercicio de la actividad política. Abogado y profesor experto en temas ambientales, presidente de la Alianza de los Guardianes del Agua “una entidad que agrupa a casi 200 organizaciones en todo el mundo que protegen las cuencas de ríos, lagos, etc.”, Fiscal del Consejo General de Recursos Naturales, autor de varios libros, uno de ellos dedicado a la figura de San Francisco de Asís, columnista, conferenciante, ecologista y agitador de lujo.

El miembro más verde de la conocida familia Kennedy, católica e irlandesa, pasó por Cáceres antes del verano para presidir el Segundo Encuentro Internacional de Amigos de los Árboles, una cita convocada por la Fundación +árboles para reflexionar y buscar soluciones a la crisis del planeta y sentar las bases de una nueva cultura del árbol.

Empecemos por Estados Unidos y hablemos de los vertidos en el Golfo de México. ¿Quién cree que es el responsable del desastre?

La responsabilidad legal es de British Petroleum (BP), pero hay una responsabilidad más amplia que recae sobre nuestro gobierno, especialmente en la Administración Bush, que puso fin a cualquier tipo de vigilancia sobre la industria petrolera y encargó la regulación del sector a miembros de los lobbies y representantes del Big Oil, las grandes compañías petroleras. En realidad, no se puede hablar de ninguna vigilancia. La agencia que supuestamente debía protegernos de este tipo de desastres fue capturada por la propia industria que debía regular. No podemos demandar al gobierno, pero sí que vamos a demandar a BP. Y, después de esto, la compañía no volverá a ser la misma, porque las cantidades que deberá pagar en compensaciones son tan enormes, entre 30.000 y 50.000 millones de dólares, que van a dejarla muy débil. Probablemente desparecerá como compañía.

¿Qué consecuencias pueden tener estos hechos sobre la legislación medioambiental norteamericana?

Creo que la mayoría de los ciudadanos de mi país, a los que les preocupan estos temas, tenían la esperanza de que la guerra en Irak abriría los ojos de la sociedad americana y obligaría al gobierno a actuar de manera más racional, en el sentido de asumir que no podemos continuar más tiempo con esta adicción mortal a los hidrocarburos. La guerra en Irak es el precio que estamos pagando por esa adicción. Y ahora vemos otra consecuencia de esa adicción: la destrucción del Golfo de México; la destrucción de la cultura y la economía de una región entera de nuestro país. La esperanza es que seamos capaces de canalizar esta terrible tragedia en algo bueno para el futuro y la aprovechemos para crear una política nacional energética, que por primera vez en la historia de nuestro país esté específicamente diseñada para llevar a cabo la transición hacia una nueva economía energética, basada en las energías del viento, el sol y las fuentes de energía del cielo, y no en los oscuros, sucios, destructivos, venenosos y adictivos combustibles del infierno.

¿En qué ha cambiado la política ambiental de su país con el nuevo gobierno de Barack Obama?

El gobierno de George Bush no trabajaba para el pueblo americano, sino para la industria del petróleo y la industria del carbón, y las políticas que llevó a cabo su gobierno reflejan esa preocupación. En los primeros meses de la Administración Bush, en 2001, el que fuera vicepresidente, Dick Cheney, se reunió durante cien días con los representantes de las compañías petroleras, del carbón y con altos ejecutivos de algunas empresas para diseñar una política energética para nuestro país, no para beneficiar al pueblo americano, sino para llenar los bolsillos y las carteras de esas industrias con mayores cantidades de dinero. Esas políticas funcionaron y enriquecieron a la industria, pero empobrecieron nuestro país, redujeron nuestro prestigio internacional, recortaron el respeto por el liderazgo americano y han hecho a América mucho más vulnerable al terrorismo, a las amenazas económicas y a su adicción letal a los hidrocarburos.

¿Dónde cree que es más efectiva la lucha para propiciar el cambio, desde el terreno político o desde el activismo medioambiental?

Necesitamos luchar desde todos los niveles. Martin Luther King solía decir que hay que usar todas las herramientas del activismo: agitación, legislación, dedicación. Y a esas tres yo añadiría la innovación. La mayor esperanza para dejar atrás los impedimentos, las energías del petróleo, el carbón y la nuclear, está en la innovación: con el sol, con el viento, con la geotermia, podemos producir energía mucho más barata que la del carbón, el petróleo y la nuclear. Si estas compañías dejaran de recibir subsidios, subvenciones, podríamos competir con ellas en el mercado y batirlas. Necesitamos allanar el terreno de juego para poder pelear con ellas directamente, en igualdad de condiciones. Si consiguiéramos eso, podríamos robar a esa industria millones de dólares en los próximos cinco-diez años y contar con una nueva industria que crecería, una industria que proporcionaría a los americanos energía gratuita, buena salud para nuestros hijos, nos haría independientes y fortalecería nuestra economía, nuestra prosperidad, nuestra salud y nuestra seguridad nacional.

Usted afirma que, en cada agresión a la naturaleza, la democracia se debilita, se arrodilla”¦

La mejor manera de medir el funcionamiento de una democracia es mirar cómo distribuye los bienes de la tierra, los bienes comunes, que pertenecen a todo el mundo: el aire, el agua, la vida salvaje, los ríos, los árboles, los terrenos públicos, los recursos compartidos por la sociedad; si permite que estos bienes sean capturados por unas pocas corporaciones o entidades poderosas y favorecidas, o si en cambio los mantiene en manos de la gente. El primer acto de una tiranía son los esfuerzos de las entidades poderosas que actúan desde dentro del sistema o las grandes corporaciones para privatizar los recursos y propiedades públicos, para robar el aire de los pulmones de nuestros hijos, para robar los peces envenenando el agua y que no podamos usarla más, para robar el agua y robar la tierra de todos y así enriquecerse, para permitir que unos pocos se hagan ricos a costa de empobrecer a los demás y para corromper la democracia al mismo tiempo. Siempre que veas la usurpación, la posesión a gran escala del medio ambiente, verás también la subversión de la democracia. Verás la destrucción del proceso público, en el que la gente pierde su voz, verás cómo se distribuyen las propiedades públicas, verás cómo de-saparece la transparencia en el gobierno, verás cómo son capturadas las agencias que supuestamente deben protegernos de la contaminación y verás la corrupción de los oficiales públicos. En otras palabras, la subversión de la democracia, siempre va acompañada de una apropiación a gran escala del medio ambiente. El cien por cien de las veces.

¿Cuál es el mayor reto que afronta la humanidad?

Sin duda, cómo asignamos y distribuimos la energía. De qué manera la extraemos y la usamos para no comprometer las aspiraciones de nuestros hijos y las generaciones venideras, para no envenenar a nuestra propia generación y no hacernos dependientes de jeques árabes, que odian la democracia y trabajan de espaldas a su propia gente. Deberíamos dedicarnos a fomentar la democracia, fomentar la humanidad y la dignidad humana a través de nuestras políticas energéticas y no permitir esas cosas. Necesitamos democratizar la política energética, para que deje de beneficiar a unas pocas grandes corporaciones y unas pocas naciones favorecidas. La energía proviene de millones y millones de ciudadanos europeos y americanos que instalan paneles solares en los tejados de sus casas y molinos de viento en sus patios traseros, y que participan en la generosidad de la industria energética, y hacen así que se reduzcan los costes de la energía para todos, para que podamos gastar nuestro dinero en cosas más importantes.

¿Podría hablar de la relación entre árboles y agua?

Preservamos el medio ambiente no por nuestro propio bien, sino porque nos enriquece a todos. En cada tradición religiosa de la historia de la humanidad, la epifanía central siempre ocurre en la naturaleza, en entornos naturales salvajes. Buda tuvo que sentarse bajo un árbol y adentrarse en el bosque para experimentar el nirvana, para alcanzar la iluminación. Mahoma tuvo que ir a la naturaleza, subir al monte Hira en el año 609, en una peregrinación con su familia y encontrarse con el arcángel Gabriel para escribir el Corán. Moisés tuvo que ir sólo al Monte Sinaí y quedarse 40 días para recibir los diez mandamientos. El pueblo judío tuvo que pasar 40 años vagando por parajes naturales para purificarse tras 400 años de esclavitud en Egipto. Jesucristo tuvo que pasar 40 días sólo en el desierto para descubrir su divinidad por primera vez. Es de ahí de donde proceden nuestros valores. No sólo los valores de la democracia, sino un tipo de valores más profundos, espirituales, comunes a toda la humanidad, que nos indican que somos parte de una comunidad, una hermandad. Necesitamos tratarnos bien entre nosotros y ser amables con nuestros hijos. La preservación de los árboles, los bosques, los cauces de agua, nos conectan con nuestros valores, porque es allí donde están sus raíces, y si cortamos esas cosas, perdemos el contacto con aquello que nos hace humanos y nos hace parte de una vasta comunidad internacional.

¿Usted creció en contacto con la naturaleza?

Mi mente está llena de recuerdos de cuando era pequeño, trepando a los árboles y cogiendo pequeños halcones de sus nidos y entrenándolos, que es algo que sigo haciendo en la actualidad. La relación con la naturaleza y con la vida salvaje forman parte de la tradición americana. Durante el período colonial, nuestros líderes políticos, sociales, religiosos y culturales solían decirnos: no debéis sentiros avergonzados porque no tenéis una cultura de quince siglos, como la europea, porque vosotros tenéis esta relación con la tierra, con los bosques y con los árboles. Y esa va a ser la fuente de vuestros valores, vuestras virtudes y el carácter de la gente. Si te fijas en las piezas clásicas de la literatura americana, el tema que las unifica es que la naturaleza es el elemento crítico que define la cultura americana. Nuestro gran historiador Frederick Jackson dice que en América la democracia surgió del bosque. Sin estas grandes áreas de bosque y árboles y campos, no hubiésemos creado el sistema político que nos define como pueblo, que define nuestros caracteres. Si miras nuestro arte, nuestros poetas, nuestra cultura, todos tratan de recordarnos que lo que hace de nuestro país una nación ejemplar es la relación con los bosques, y si destruimos eso, estamos abaratando nuestro país, estamos diciendo que lo único que es América es una tierra a la que pueden venir gentes de todo el mundo para ganar montañas de dinero, y que el que muere con más cosas es el que gana”¦ Plantar un árbol dice algo distinto sobre nuestro país. Al plantarlo estoy haciendo algo que no me hará más rico, pero que servirá a las necesidades económicas, a las necesidades de enriquecimiento, las necesidades espirituales de las próximas generaciones. Es una manera de dar algo de nosotros mismos que servirá para algo más grande que nosotros mismos. Y eso es lo más importante de vivir en una comunidad.

Eva Terol

Artículo en Integral 370

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