Refugiados ambientales

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19/01/09,
El término refugiado ambiental fue utilizado y definido por primera vez hace 23 años por Essam El Hinnawi. ‘Las principales previsiones sobre el número de refugiados ambientales se sitúan entre 100 y 150 millones en los próximos 40 años’

Al igual que cuando se nos cae la casa encima no hay nada mejor que salir al exterior, recomiendo abandonar el contexto mediático habitual cuando éste nos empieza a asquear. Cansado de debates nominalistas y declaraciones incendiarias, busco refugio en el servicio de podcasting de la BBC y encuentro un reportaje interesante. Se trata en realidad de una producción de Radio Nueva Zelanda que lleva el título de Escape to New Zealand. Es un nombre con gancho, como de ficción, pero el programa trata de un fenómeno que está pasando en estos momentos y que aquí es muy poco conocido. Cientos de personas están emigrando a Nueva Zelanda para huir del cambio climático, la contaminación y otros peligros ambientales. En Escape to New Zealand estos peculiares refugiados explican las razones que les han llevado a dejar Europa y América para llegar a lo que califican de paraíso sobre la Tierra.

De hecho, quien haya visto la trilogía del Señor de los Anillos ya conoce un poco el país. Allí se rodaron las tres películas y, por las imágenes que se veían, el calificativo de paraíso no parece exagerado. En el programa de radio habla primero una activista estadounidense que, después de haber estado luchando por el medio ambiente en su país durante 30 años, llega a la conclusión de que no hay nada que hacer y, convencida de que vendrán grandes catástrofes, afirma haber encontrado en este país de 279.000 km2 un lugar donde sentirse segura. Después toma la palabra un científico alemán que se califica a sí mismo de refugiado ambiental, mientras alaba el hecho de que el país que le acoge sólo tenga unos 4 millones de habitantes, como Noruega o Singapur. Este dato le sirve para argumentar a favor de la relación entre población pequeña y viabilidad en un mundo de creciente y amenazadora complejidad.

De forma coincidente, la web del ministerio de Medio Ambiente del país dice explícitamente que la débil demografía de Nueva Zelanda hace que las cuestiones ambientales sean menos graves que en otros lugares. Pero mirando atentamente esta misma página, descubro un enlace a un informe de la OCDE sobre la situación del país en este ámbito. Entre otras cosas, el informe señala que la calidad del agua de arroyos, ríos y lagos está bajando debido a la contaminación y que la irrigación está perjudicando los acuíferos. También dice que existen grandes dudas sobre cómo Nueva Zelanda podrá cumplir con sus compromisos de Kioto. Igualmente, indica que queda mucho por hacer para mejorar el tratamiento de residuos, en especial la gestión de los vertederos. Las propias autoridades del país reconocen, y así lo han puesto por escrito, que pese a que Nueva Zelanda fue uno de los últimos rincones del planeta donde llegaron pobladores humanos, tiene uno de los peores registros de pérdida de biodiversidad.

Evidentemente aquí falla algo. Y más cuando cerca del 90% de la población del país vive concentrada en zonas urbanas, de manera que los impactos sobre el entorno deberían ser aún menores. No es que el país sea un mal ejemplo tampoco. En realidad, el informe de la OCDE sólo subraya aspectos que hay que mejorar pero en cualquier caso, sí se pone de manifiesto que entre la imagen transmitida por los refugiados ambientales de la emisión radiofónica y la realidad existe la distancia de la idealización.

Lejos, muy lejos del idealismo, se encuentran los miles y miles de refugiados que por razones políticas, sociales y ambientales -o todas mezcladas- tienen que irse de los lugares que les han visto nacer con el único objetivo de sobrevivir. No saben si su destino es el paraíso, pero, seguramente, dejan atrás el infierno. Un caso paradigmático es el de Bangladesh, donde con mucha menos superficie que Nueva Zelanda (mal)viven 150 millones de personas. Allí el círculo vicioso no se detiene: las inundaciones dañan los cultivos, el único modus vivendi, la gente migra a las tierras cercanas y las erosionan hasta el agotamiento por una presión excesiva sobre los recursos, lo que ocasiona un empeoramiento de los efectos climáticos.

En 2005 tuvo lugar en Oslo un taller de trabajo sobre Seguridad Humana y Cambio Climático con el título de Cambio ambiental, migración y conflicto: Análisis Teórica y Exploraciones empíricas. En él se llegó a la conclusión de que las personas pueden responder a importantes modificaciones en el entorno o bien quedándose en el territorio y creando estrategias de defensa o bien marchándose. La primera opción era la propia de los países desarrollados y la segunda la de los menos desarrollados. La otra parte de la conclusión era que los primeros países deben hacer un esfuerzo global tanto en casa como a nivel internacional para reducir las consecuencias de las grandes migraciones de origen ambiental, que a menudo se relacionan con un aumento de la conflictividad en el lugar de destino. Actualmente las principales previsiones sobre el número de refugiados ambientales, tanto del Panel Intergubernamental de Científicos que estudian el Cambio Climático, como por parte de otros expertos independientes, se sitúan entre 100 y 150 millones en los próximos 40 años.

El término refugiado ambiental fue utilizado y definido por primera vez hace 23 años por Essam El Hinnawi para referirse a aquellas personas que tienen que dejar sus hogares temporalmente o indefinidamente porque el entorno pone en riesgo su vida. Nada que ver, pues con los refugiados occidentales de riesgo controlado que aparecen en Escape to New Zealand. No sería extraño que todos ellos hubieran visto de pequeños On the Beach, un pequeño clásico de la ciencia ficción de los años 50 en que los habitantes de las antípodas sobrevivían a una guerra nuclear que destruía el resto del planeta. ¡Qué frívolos podemos llegar a ser los occidentales!

fuente: www.sostenible.cat
Albert Punsola
Periodista

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