Más canallas impunes

7 septiembre 2012

Por el Marqués de Tamarón

http://marquesdetamaron.blogspot.com.es

«… la respuesta de Burke a Rousseau: el orden político es un contrato, pero no como sostiene Rousseau un compromiso entre los que viven, sino entre los que viven, los aún no nacidos y los muertos.»

Las derechas no son conservadoras y los movimientos ecologistas son de izquierdas, circunstancias ambas más palmarias aún en España que en los demás países desarrollados. Por eso es difícil hablar de la devastación de la Naturaleza en nuestro país. En cualquier debate sobre las causas y consecuencias de los incendios forestales, el sentido común, el sentido científico y no digamos el sentido de la justicia se ven eclipsados por la humareda de los prejuicios ideológicos. Y eso que en el fondo nuestra derecha –más heredera de Mendizábal que de Jovellanos– no está tan alejada de los postulados economicistas de la izquierda. A ninguna de las dos le importa mucho en realidad la conservación de la Naturaleza. Las dos aspiran al control económico de la sociedad.

En los medios ecologistas reina, indiscutida, la estricta ortodoxia rousseauniana: el hombre es bueno y la sociedad es mala. O el hombre es bueno y el capitalismo es malo. Basta con ver los dictámenes publicados en los últimos días de agosto por las cinco grandes organizaciones ecologistas: Greenpeace, Ecologistas en Acción, WWF, SEO-Birdlife y Amigos de la Tierra. Poco habían dicho hasta ahora de la terrible serie de incendios del verano, pero al fin desgranan en la Red la letanía de causas tal como las ven los bienpensantes. En esencia son calentamiento global, recortes presupuestarios y mala planificación. Es decir, los abusos del “capitalismo salvaje”. Poco o nada se dice de los incendios provocados. Como mucho, se habla de los “pirómanos”, con lo cual el dogma rousseauniano queda a salvo, puesto que los causantes son unos enfermos –por culpa de la sociedad– y por tanto inocentes. Pero todo el mundo sabe que en su mayoría los grandes incendios son provocados, y no por imprudencia sino por intención criminal. También por eso es insuficiente pedir que se cambie la ley para castigar con más severidad esos delitos. El problema no es tan sólo la lenidad de las penas, con ser notable. Está sobre todo en que la ley no se aplica. Incluso cuando se ha capturado al sospechoso y ha sido juzgado y condenado, ocurre que o no cumple la pena o ésta se queda reducida a un tiempo mínimo. La prueba está en que de un año para otro quedan en la cárcel muy pocos o quizá ninguno de los convictos y confesos. Y por cierto, los datos estadísticos que acreditan la lenidad de la justicia en estos delitos son de difícil acceso, cuando no imposible.

Por otro lado, la escasez de datos sobre la profesión de los causantes de los incendios dan pábulo a conjeturas –muy verosímiles pero tal vez injustas o incompletas– que están en la mente y en la boca de todos, pero no en la pluma. Además, parece que los jurados populares son reacios a condenar a los incendiarios, y hablan distintas fuentes de encomendar estos casos a jueces y magistrados profesionales. No es chica ironía que esa conquista democrática haya resultado ser un fracaso, al menos en estos asuntos donde acaso los jurados populares se consideran pertenecientes al mismo demos que los incendiarios. Maravilla que concurran por igual en este desencanto juristas progresistas, que no hurtan sus togas al polvo del camino, y ministros del actual gobierno.

La derecha española no es propiamente conservadora. Es cierto que no es nuestro país el único donde tal cosa ocurre. En el Reino Unido el centro de gravedad del Partido Conservador se alejó del conservatismo para pasarse al liberalismo librecambista. Siempre se dijo que Margaret Thatcher estaba más cerca en su ideología de Gladstone que de Disraeli. En lo referente a la conservación de la Naturaleza, dos de los más notables pensadores ingleses de hoy, John Gray y Roger Scruton, subrayan que el llamado ecologismo debería ser –como lo fue en sus inicios en el siglo XIX– una causa muy ligada al Partido Conservador británico. Es más, ambos citan la misma fuente, la respuesta de Burke a Rousseau: el orden político es un contrato, pero no como sostiene Rousseau un compromiso entre los que viven, sino entre los que viven, los aún no nacidos y los muertos. La población actual del planeta puede tener interés en consumir todos los recursos, pero no para eso trabajaron nuestros mayores, y nuestros descendientes aún no nacidos dependen de nuestra moderación. A largo plazo, el equilibrio social ha de incluir, pues, el equilibrio ecológico.

En la derecha española las dos corrientes están muy marcadas. Una de ellas tiene incluso un nombre que me atrevo a usar aquí pese a su tono burlesco. Me refiero a conservaduros, cuyo primer uso documentado que encuentro está, precisamente, en esta página del diario ABC, hace 75 años. Se trata de una denuncia feroz del ánimo codicioso de un cacique de derechas al que dieron el apodo de Tío Conservaduros y a su rival, Tío Sociolisto (ABC, Sevilla, 4 marzo 1937). El caso es que el ansia de conservar las monedas de a duro no lleva a ningún empeño en conservar la Naturaleza. Ni los ecologistas de izquierdas ni los derechistas librecambistas atribuyen a la Naturaleza un valor más que instrumental. Por eso ambos sectores la llaman Medio Ambiente, es decir, mero escenario para las posturas e intereses de ellos, los grandes actores. Por eso tampoco creo que les sorprenda mucho la tragedia de este verano en llamas. Pueden estar seguros de que dentro de poco ya se nos habrá olvidado lo ocurrido; después de todo, 165.000 hectáreas son poca cosa al lado del casi medio millón calcinado durante el verano de 1985. O de las más de 400.000 que quemaron en 1978, en 1989 y en 1994. Por cierto que el primer año en que se rebasaron las 150.000 hectáreas quemadas (cifra hoy por debajo de la media, pero que parecía inquietante entonces) fue 1975. También se nos ha olvidado ya que en 2005 un incendio mató a 11 personas y quemó 13.000 has, y que siete años después han condenado a un solo acusado “por un delito de incendio forestal cometido por imprudencia grave, a dos años de prisión” (que no tendrá que cumplir) y multas y responsabilidad civil de 10 millones de euros, que no pagará.

Al final –triste estrambote– surge la pregunta que acaso interese a los conservaduros: ¿qué hace más daño a nuestra imagen turística y económica en el extranjero, los incendios provocados o la impunidad de los canallas incendiarios?

El Marqués de Tamarón
Escritor y diplomático

DOMINGO, 25 DE JULIO DE 2010

Otra falacia patética
Una de las falacias más repetidas es que los españoles son indiferentes ante la Naturaleza. Sorprende esta afirmación reiterada y gratuita -auténtica falacia patética, que diría Ruskin- cuando todo a nuestro alrededor indica que en su mayoría los españoles no sólo no son indiferentes ante la Naturaleza, sino que con notable eficacia la detestan. Esa antipatía se manifiesta a veces de forma canallesca, quemando el monte o envenenando animales. En otras ocasiones el estilo es tan sólo achulado, y se desparrama basura en parajes de singular belleza, estridencias de discoteca y moto en el corazón del silencio, pintadas procaces o mitineras en las rocas. Es una manera de decir, con desplante de imbécil, «por aquí he pasado yo, que no soy menos que ese roble tan viejo o esa águila que salió huyendo».

Pero las más de las veces el odio rezuma por omisión más que por acción: los vecinos se sonríen ante el atropello, el juez se encoge de hombros, el Ayuntamiento se inhibe, los Gobiernos callan o fingen. Es la más sincera de las connivencias. «Vaya usted a saber quién lo hizo, sería muy difícil probarlo, además el bosque era muy viejo, y ya es hora de que esto beneficie a las personas y no sólo a los pajaritos». Y suspiran satisfechos los especuladores urbanos, tratantes de madera quemada, cazadores furtivos, extorsionistas, camellos de la droga, piariegos y retenes renegados.

El ejemplo perfecto de la mezcla de resentimiento y estupidez demagógica fue aquella brillante coletilla al lema de la vieja campaña contra los fuegos forestales: «Cuando arde un bosque, algo suyo se quema, señor conde». Añadiendo esas dos palabras, el gracioso -creo recordar que en La Codorniz- convertía el incendio en un acto progresista, puesto que fastidiaba a la oligarquía. Y además heroico, ya que en aquel entonces la Guardia Civil aún era o podía ser severa.

Huelga decir que esa bellaquería en particular no es ya políticamente correcta. Pero otras sí, pues casi todo es turbio en ciertas actitudes sociales. Ni siquiera los delincuentes, que deberían ser fieles a su imagen social de dechado de lógica -lógica egoísta y amoral, pero lógica al fin- son tal cosa cuando se dedican a destruir la Naturaleza. Rara vez actúan con la frialdad de un delincuente puramente racional, como por ejemplo un monedero falso. Éste tan sólo busca el estricto provecho económico, mientras que el incendiario, con independencia del posible lucro, suele disfrutar haciendo daño. Diríase que en ese terreno hay tanto o más odio que codicia. A veces cabe preguntarse si ciertos vertidos tóxicos o incendios no tendrán más en común con los crímenes de los violadores que con los de malhechores supuestamente racionales como los ladrones. Después de todo es de suponer que el sueño de quien aspira a hacer el mal perfecto es mancillar a su madre y luego matarla, y eso es, en exacta metáfora, lo que hacen miles de autores de delitos ecológicos al año, sobre todo en verano. Si tan sólo buscasen el lucro, es probable que escogieran otros delitos más rentables y que causan menos dolor innecesario.

Lo más triste, sin embargo, es que lo turbio de las motivaciones de los delincuentes parece desdibujar las propias reacciones de la opinión pública, de las autoridades y de los periodistas. No conozco otro ámbito donde haya menos ideas claras y menos acciones decididas. Abunda, eso sí, la palabrería. Todas las fuerzas políticas coinciden en sus ansias retóricas de «preservar el medio ambiente» (artículo 38 de la Constitución de 1978), pero ninguna muestra respeto siquiera por su propio nombre; se conoce que no va con ellas lo de nomen est omen. Los socialistas valoran muy poco en la práctica el primer bien social, que es la Naturaleza. A los conservadores no les interesa mucho conservar esta vieja piel de toro, tan llena de mataduras. Los verdes, absortos en la izquierda unida, tienen mucho más de izquierdistas que de verdes. Y los llamados ecologistas nunca se manifiestan cuando el desastre ecológico ocurre donde gobiernan las izquierdas.

Prueba de lo que antecede es la anarquía urbanística en casi todos los municipios españoles. Sea cual sea su militancia política, el sueño megalómano de un alcalde es benidormizar entero su término municipal, edificarlo del uno al otro confín. Yerran quienes atribuyen el anhelo a un afán de beneficio personal. Por lo común no se trata de cohecho sino de una fe pétrea en el progreso, entendido éste como un aumento acelerado del casco urbano y del número de automóviles en circulación.

Contra creencia tan firme no hay leyes que valgan, y menos en un país latino, donde la tradición es legislar profusamente pero sin luego aplicar las normas con demasiado rigor. A veces, sin embargo, triunfan paradójicos escrúpulos y ocurre, por ejemplo, que se paraliza la declaración de tal Parque Nacional para no verse obligados a entorpecer los negocios de la construcción ni sufrir la consiguiente pérdida de votos.

Quizá por el mismo prurito oficial de discreción -acaso para evitar la llamada alarma social- no sea posible averiguar cuántos están en la cárcel tras los incendios, casi todos provocados, de 180.000 hectáreas forestales en toda España durante el pasado año 2005, o por cualquier otro delito ecológico (se dice oficiosamente que nadie está en prisión por un quítame allá esas pajas, aun ardientes). Pero cuesta creer que haya voluntad oficial de sigilo, pues los poderes públicos no pueden ignorar el auténtico sentir popular ante todos estos abusos y delitos: la sonrisa suficiente. Como mucho, los políticos evitarán en lo sucesivo reconocer las amplias complicidades del pueblo soberano con los incendiarios, después del revuelo causado en agosto pasado por la franqueza de la ministra de Medio Ambiente al admitir que existía «tolerancia social» en Galicia y en el resto de España, que impedía la identificación de los culpables.

A la tolerancia podía haber añadido la desidia. Mientras escribo estas líneas y para no perder el sentido de la realidad más humilde, tengo a mi lado una bolsa de carbón vegetal para barbacoas hecho en el Paraguay y comprado esta primavera en unos grandes almacenes madrileños. O sea, que mientras ardían los montes españoles porque nadie era capaz de atajar el fuego, ya que el sotobosque no se mantiene limpio desde que desapareció el piconeo, estábamos importando picón de una selva situada a diez mil kilómetros de distancia.

Y es que aquí, como en otros asuntos nacionales, el problema no está tanto en el Gobierno o los Gobiernos de la nación cuanto en la nación del Gobierno. Un pueblo que no cree en él mismo -en su historia ni en su naturaleza- mal puede exigir fe y voluntad a sus Gobiernos. Y éstos -unos más que otros, es cierto- tendrán la perpetua tentación de zanjar los problemas «como sea». Es decir, sin resolverlos.

El Marqués de Tamarón

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