La huella ecológica de España

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Cada español consume tres veces más de lo que el entorno puede soportar

Natura / El Mundo, noviembre 2007
José López Cózar
Los recursos naturales de la Tierra no son ilimitados, pero vivimos como si lo fueran. Y es que cada español contamina y consume casi tres veces más de lo que nuestro entorno natural es capaz de regenerar. Mientras en 1995 un español medio gastaba recursos equivalentes a 5,37 hectáreas de territorio productivo, una década después el consumo aumentaba un 34% hasta las 6,4 hectáreas (más de seis campos de fútbol). Éstas son algunas de las conclusiones del primer informe sobre huella ecológica realizado por el Ministerio de Medio Ambiente y presentado durante unas jornadas organizadas por la Fundación Biodiversidad.

Pero, ¿qué es exactamente la huella ecológica? ¿Cómo se mide el impacto de nuestro modo de vida en el medio ambiente?

El concepto de huella ecológica fue ideado a mediados de los 90 para poder comparar de forma tangible los impactos del hombre sobre su entorno, independientemente del país de origen o del lugar de residencia. Se trata de traducir todas las magnitudes ecológicas en cantidades de terreno. Es decir, calcular las hectáreas necesarias para producir los recursos materiales, alimenticios, hídricos y energéticos que consume un ciudadano medio en un año.

Como toda simplificación, tiene sus limitaciones metodológicas, pero estos cálculos, en los que pueden llegar a valorarse hasta más de 100 magnitudes diferentes, son una herramienta muy útil para conocer el estado real del planeta, lo que tenemos y lo que podemos perder si continuamos empeñados en devorar los recursos naturales a la velocidad actual.

Déficit ecológico
Gracias a la huella ecológica sabemos que los españoles no somos autosuficientes desde el punto de vista ambiental y que consumimos más recursos naturales de los que podemos llegar a renovar, viéndonos obligados a importar ‘sostenibilidad’ de otros sitios para compensar nuestro déficit ecológico. Algo, por otra parte, muy usual en la mayoría de países del llamado Primer Mundo. De hecho, las naciones más ricas de la Tierra son las más insostenibles, ya que consumen el 80% de la capacidad de carga de todos los ecosistemas del planeta y son responsables del 80% de la contaminación atmosférica.

Baste con decir que un norteamericano consume tantos recursos como 1.000 somalíes, o que harían falta seis planetas como éste para exportar el estilo de vida de EEUU al resto del globo terráqueo. Evidentemente, esto no es posible, sólo disponemos de un planeta, por lo que cada vez son más los países que ven en la huella ecológica un indicador de sostenibilidad útil para la toma de decisiones políticas, mientras que otros están en ello, y unos terceros, entre los que se encuentra España, han prometido hacer algo al respecto.

Entre los distintos indicadores de la huella ecológica española, el más preocupante de todos es el relacionado con el uso del suelo. Según estimaciones del Observatorio de la Sostenibilidad en España (OSE), en los últimos 20 años se ha hecho un uso descontrolado y desmedido del territorio. La superficie artificial de nuestro país, o lo que es lo mismo, la construcción de viviendas, infraestructuras, zonas urbanizables. ha aumentado en un 40%.

“Esto supone un incremento sin precedentes si lo comparamos con cualquier otra época de la historia de España y una necesidad de recursos extraordinaria”, señala Luis Jiménez Herrero, director general del OSE. “En las ciudades es donde se condensa la mayor parte de los problemas ambientales de una sociedad moderna. En el uso del agua, del transporte, de la generación de residuos o de la energía”, explica.

Concretamente, el consumo de energía es la variable que sale peor parada en este informe. El impacto de la energía en nuestra huella ecológica es del 68%, tal y como explicó uno de los autores del estudio realizado por el Ministerio de Medio Ambiente, Fernando Esteban. El crecimiento de este dato fue del 32% entre 1995 y 2005 y se produjo sobre todo en el transporte, la vivienda y la producción de servicios y bienes de consumo.

Por regiones, entre las menos sostenibles destaca Madrid, que necesita casi 20 veces más capacidad biológica de la que tiene actualmente para cubrir la demanda de sus habitantes. Le siguen en este ranking de déficit ecológico Cataluña, Comunidad Valenciana, Baleares y Canarias, con grandes concentraciones de población y un elevado consumo de materiales y bienes.

Y lo más grave es que la situación no tiene visos de mejorar ni a corto ni a medio plazo, sino todo lo contrario. Para el secretario general para el Territorio y la Biodiversidad, Antonio Serrano, “el escenario previsible para 2020 es similar al actual, y puede empeorar aún más si no se toman las medidas oportunas”.

En opinión del representante del Ministerio de Medio Ambiente, la solución pasa por cumplir con las políticas puestas en marcha en materia de agua, política forestal, lucha contra incendios y, sobre todo, con los programas de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. Aunque, al final, serán los ciudadanos y los agentes sociales y económicos los que tengan la última palabra.

La huella de carbono
¿Cuántos gases de efecto invernadero emitimos en nuestra vida cotidiana?
Tana Oshima

Hace unas décadas las calorías se convirtieron en nuestro peor enemigo. La obsesión por conocer en detalle cuánto engordan los alimentos que nos llevamos a la boca obligó a la industria alimentaria a detallar en sus envases el valor nutricional de los productos. De entre toda aquella información facilitada, un dato se convirtió en sagrado: el que marcaba las kilocalorías. Recientemente, el afán por medir lo que ingerimos ha encontrado un análogo igualmente inquietante en la salud del planeta. El carbono, en forma de dióxido, se ha convertido en el nuevo enemigo público.

El CO2 es, como las calorías, necesario para nuestra supervivencia, pero en exceso se ha demostrado que altera el clima al potenciar el efecto invernadero natural de la atmósfera. Desde que se confirmó la relación entre las altas emisiones de carbono y el calentamiento del planeta hace unas décadas, los distintos gobiernos -unos más que otros- han ido tomando, sobre todo en los últimos años, tímidas medidas para intentar frenar el cambio climático. Emblema de esta nueva política global ha sido el Protocolo de Kioto, un acuerdo intergubernamental diseñado para que ciertos sectores de la industria del primer mundo reduzcan sus emisiones.

Pero algo ha vuelto a cambiar en los últimos años. Las grandes políticas internacionales están dejando paso a las pequeñas acciones locales e individuales. La idea es que cada ciudadano puede tener una influencia sobre gobiernos y empresas hasta ahora insospechada. Ya no se trata de esperar pasivamente a que las industrias reduzcan sus emisiones. El nuevo concepto de huella de carbono indica que los consumidores emiten tanto o más que los fabricantes al hacer uso de los productos manufacturados. Es decir, utilizar el coche conlleva más emisiones que fabricarlo. La huella de carbono se refiere a la cantidad de emisiones que recae sobre una empresa o un individuo al fabricar o consumir un producto. Y casi todo, incluso comer, deja su huella.

La dieta del carbono ha comenzado. Aunque en España no se ha consolidado aún la tendencia, países como Reino Unido o EEUU ya tienen asentada la costumbre entre la población de medir el CO2 implicado en cada una de las acciones individuales de la vida cotidiana. ¿Cuánto emitimos cada vez que comemos un filete de ternera, cada vez que viajamos en avión o vemos la televisión? ¿Cuál es el kilometraje de lo que comemos, o lo que es lo mismo, cuánta distancia han tenido que recorrer y cuánto combustible se ha quemado para transportar los alimentos que compramos? Fuera de España, algunas empresas empiezan ya a sumarse a la tendencia y a saciar esta nueva demanda social informando de la huella de carbono de sus productos.

El pasado mes, la ministra española de Medio Ambiente, Cristina Narbona, propuso, para cuando venza el Protocolo de Kioto, a partir de 2012, tener en cuenta las emisiones per cápita y no por país. La nueva fórmula de medición beneficiaría a Estados como China, que pasaría de ser una de las naciones con más emisiones a una de los que menos emiten per cápita.

Medir nuestra huella es fácil

El auge, sobre todo fuera de España, del concepto de ‘huella de carbono’ ha llevado a numerosas páginas web a ofrecer una sencilla calculadora que permite a cada individuo medir el tamaño de su huella, es decir, la cantidad de CO2 que emiten sus actividades diarias, desde encender la luz hasta hacer la compra en el supermercado. La mayoría de los servicios en la red están disponibles en inglés.

www.mycarbonfootprint.eu Es la calculadora que ofrece la página oficial de la Comisión Europea y está disponible en todas las lenguas europeas, incluido el español. Permite conocer en detalle qué hábitos de nuestra vida cotidiana son los que más gases de efecto invernadero emiten, y cómo reducirlos.

www.carbonfootprint.com Página en inglés que, además de calcular la huella de carbono, ofrece consejos prácticos para reducir las emisiones en la vida cotidiana.

www.safeclimate.net/calculator> Este sitio en inglés calcula la huella de carbono basándose principalmente en el transporte y en el consumo energético doméstico. El cálculo es distinto para EEUU o Canadá y para el resto del mundo.

www.usctcgateway.gov/tool Esta herramienta en inglés sirve para convertir el CO2 en medidas más fáciles de entender, como los galones de gasolina o el consumo anual de luz.

FONDOS DE CARBONO
Hay quienes prefieren que sean otros los que se encarguen de reducir nuestras emisiones. Algunos buscan llegar a las ‘emisiones cero’ o al ‘carbono neutral’. Para eso están los llamados fondos de carbono, empresas que se dedican a invertir el dinero de los donantes en proyectos ambientales. Pero estos fondos no están exentos de polémica tras haber sido acusados de ‘hacer negocios con humo’. Uno de los primeros fondos en ver la luz fue Carbon Trust, de Reino Unido: www.carbontrust.co.uk

Gases de invernadero con un 83% de CO2
Es la cantidad en millones de toneladas de CO2 que emitió España en 2005, según el Ministerio de Medio Ambiente. La cifra se refiere a todos los gases de efecto invernadero emitidos en nuestro país durante ese año, pero aparece computado según su equivalencia en CO2.

Una cifra que no para de aumentar
Es, en toneladas, lo que cada español emitió en 2005 en CO2 ‘equivalente’, o lo que es lo mismo, los 441 millones de toneladas que emitió ese año España divididos por el número de habitantes. Las emisiones per cápita en nuestro país han crecido un 33% desde las 7,5 toneladas de 1990.

Aún lejos del objetivo marcado
Es, en toneladas de CO2 ‘equivalente’, el objetivo de España por persona para 2012, del que se aleja cada vez más. Las emisiones per cápita de la UE en 2005 fueron 11 toneladas frente a las casi 12 de 1990, lo que hace que Europa sí se esté acercando al objetivo de las 10,2 toneladas por persona.

Las emisiones se reducen en ciertos sectores
Es, en millones de toneladas, la cantidad de CO2 ‘equivalente’ que emitió la UE + 27 en 2005. Si la tendencia general europea en ese año fue la reducción de las emisiones en el sector energético y el transporte rodado, España fue a la inversa debido a la escasa producción hidroeléctrica.

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