La delgada línea blanca (La fusión del casquete polar -algunas consecuencias)

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Tana Oshima, Natura, octubre 2008

Era el verano de 2005. A mediados de septiembre, cuando se alcanza el momento álgido de la fusión del hielo en el Ártico, Roger Barry, director del Centro Nacional de Datos sobre Hielo y Nieve (NSIDC, por sus siglas en inglés) estaba a bordo de un rompehielos en el mar de Laptev. Al pasar por una de las islas más septentrionales de Rusia, Severniya Zemvya, Barry sólo encontró un área de hielo continuo allí donde el año anterior “había estado cubierto de un hielo grueso de varios años de edad”.

Aquel año, los estudios del NSIDC confirmaron las sospechas: por cuarto año consecutivo la extensión de hielo marino había menguado por debajo de la media de las dos últimas décadas. Más aún, era la primera vez desde que se tenían registros por satélite que se producía tanta fusión durante el verano. No se trataba de una anomalía puntual.

Dos años después, en septiembre de 2007, el Ártico perdió una extensión helada dos veces más grande que España, superando con mucho el récord de 2005. El casquete polar nunca había sido tan pequeño en tres décadas de registros; el clima había sido inusualmente cálido. La pérdida de hielo era la prevista para finales de siglo. Pero la fortuna sonrió y durante el invierno el casquete creció más de lo que había crecido en los últimos años. Algunos creyeron, incluso, que el casquete se recuperaba.

La sorpresa -aunque relativamente prevista- llegó este verano. El hielo se derritió en agosto a una velocidad nunca antes registrada: la capa recuperada durante el invierno anterior era demasiado joven, demasiado fina, por lo que se derretía muy rápidamente. Las previsiones auguraron un nuevo récord de fusión, que finalmente no se dio. Al final del verano, la superficie helada se mantuvo ligeramente por encima de 2007. Sin embargo, el volumen perdido fue, creen los expertos, el mayor de la historia.

El hielo ha entrado en una “espiral de la muerte”, dice Mark Serreze, científico del NSIDC. Según Serreze, tal vez lo más preocupante es que este verano se ha batido el segundo récord histórico sin la ayuda del clima. Y el hielo que queda es el más fino y más joven (de un año de edad, frente a los hielos milenarios) que el hombre haya observado hasta ahora.

Los últimos cálculos sitúan el índice de deshielo desde 1979 en un 11,7% por década. Aunque continúa el debate en torno a cuándo veremos un océano Ártico completamente azul en verano -se barajan como fechas 2050, 2030 ó 2013-, de una cosa no hay dudas: tarde o temprano, el Polo Norte quedará libre de hielo en verano. La última vez que ocurrió algo así, que se sepa, fue hace 125.000 años.

El deshielo del pasado agosto hizo soñar con este panorama cuando el Paso del Noreste y del Noroeste quedaron abiertos simultáneamente a la navegación. Si la apertura del paso del Noreste es más común, no lo es tanto para el Paso del Noroeste, la codiciada ruta potencialmente navegable que pasa por encima de Canadá y que acortaría enormemente las distancias entre Norteamérica y Asia oriental.

Las consecuencias de un Ártico sin hielo pueden ser desastrosas para las especies autóctonas, pero lo peor podría suceder, una vez más, en el sistema climático. Para empezar, lo que se preveía para las décadas venideras acaba de ocurrir. El ‘permafrost’ -suelo permanentemente helado- de la plataforma continental sumergida próxima a Siberia se está descongelando y liberando hidratos de metano, es decir, ‘bombas’ de metano y CO2 con un potencial “tremendo” de calentamiento, en palabras del oceanógrafo y profesor de investigación del CSIC, Carlos Duarte (el metano es 20 veces más potente como gas de efecto invernadero que el CO2, aunque permanece menos tiempo en la atmósfera). “Hacía décadas que se sabía que existían grandes bolsas de hidratos de metano”, dice Duarte. “Pero no se sabía cuándo se liberarían”.

Los agujeros que se están abriendo actualmente en el ‘permafrost’ sumergido -“como un queso Gruyère”- son consecuencia directa de la enorme pérdida de hielo marino que se registró en 2007, continúa el oceanógrafo. Al reducirse tanto el casquete entraron las aguas cálidas del Pacífico y del Atlántico en el océano glacial Ártico, lo que provocó la fusión de esa “losa de hielo permanente que sellaba” los gases bajo el sedimento. La liberación de metano y CO2 -mucho más rápida que en el ‘permafrost’ continental, ya que el agua es más cálida que la temperatura ambiente de Siberia- acelerará aún más el calentamiento y alterará todas las predicciones relativas al cambio climático. De hecho, todo parece apuntar a que las predicciones se están adelantando.

Un océano Ártico fundido también afectaría al sistema climático global. El hielo marino desempeña un papel crucial en la configuración del clima al activar la cinta transportadora de las corrientes oceánicas. Cuando el mar se congela, el hielo libera casi toda la sal, por lo que el agua que queda justo debajo de la masa blanca es más salada que el resto. Esta agua, más fría y más densa, se hunde hacia el fondo en dirección al Ecuador, empujando las aguas cálidas de los trópicos hacia los polos y haciendo así que el clima sea más templado de lo que corresponde en el Atlántico norte. Con poco hielo, el clima podría ser muy distinto.

Pero además, el calentamiento puede tener una consecuencia directa en la tundra (tierra llana casi sin vegetación, propia del Ártico), que correría el riesgo de incendiarse al secarse las turberas y prender fuego con los rayos.

El hielo marino no es el único que retrocede. Como ya es sabido, el continente guarda otros tristes testigos del calentamiento.

El último informe sobre ‘Cambios globales en los glaciares’, elaborado por el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y presentado en septiembre, alerta de que el índice de fusión de glaciares se ha multiplicado por dos desde el año 2000 frente a las dos décadas anteriores. Y no sólo eso: muchos de ellos podrían desaparecer en este siglo.

Pero los glaciares que más centran la atención de los científicos son los de Groenlandia y la Antártida debido a sus colosales masas de hielo y su acelerada fusión, especialmente en el Ártico. Este verano, las imágenes tomadas por satélite confirmaron que dos de los mayores heleros de la isla danesa, Petermann y Jakobshavn, continuaban desprendiéndose como presagio de una ruptura mayor. Pese a ello, mucho más importantes son las pérdidas de los glaciares pequeños groenlandeses, que en total suman retrocesos tres veces más importantes que los grandes.

TESTIMONIOS

Los pobladores del hielo. “El tiempo se ha vuelto “˜uggianaqtuq”™”, dijo el anciano. No encontró una palabra mejor que la que le daba su lengua para decir que el clima se había vuelto como un “amigo que se comporta extrañamente”. La geóloga Shari Gearheard, del NSIDC, lleva años trabajando con los inuit de Canadá. Los más viejos pobladores del hielo son los mejores testigos humanos del deshielo que está experimentando el Ártico. Según el anciano inuit, hace 40 años las tormentas duraban cinco días y luego el tiempo mejoraba. “Ahora las tormentas llegan sin avisar, y más veces”. Los miembros de su comunidad ya no saben cuándo es seguro emprender un viaje para cazar en la costa, a varios cientos de kilómetros.

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