La degradación del planeta

Manuel Álvarez de Toledo Morenés.
Zamora. (Publicado: 7,4,05.)

La ONU nos previene de un peligro por desgracia evidente: se degrada la vida de nuestra tierra. Y conste que no es la tierra la que se degrada por su propia inercia sino que somos nosotros quienes la degradamos. Nosotros tenemos la suicida capacidad de destruir la vida de la tierra. Degradamos la atmósfera, quemamos y talamos los bosques, contaminamos ríos, mares y acuíferos, aniquilamos sin necesidad la vida animal, llenamos de polución las ciudades y, lo que es peor y es causa de las demás degradaciones, matamos o toleramos mirando a otro lado, la muerte física y moral de nuestros necesarios compañeros de viaje en la tierra, niños, hombres y mujeres.

Afortunadamente hay otros que dedican sus vidas a promover vida en la tierra. Para ellos nuestro respeto y paz.

Muchas son las causas de nuestra loca degradación de la tierra. No degradamos la tierra por el deseo de conocer el corazón de otras personas o las nuevas culturas, ideas, inventos, idiomas, paisajes, creencias o ciudades, sino por el deseo de poseer todo ello y a toda prisa. Queremos convertir la vida de la tierra en dinero de nuestra cuenta bancaria. Destruimos la amistad y hasta la política con tal de poseer alguna forma de poder. Nos ha entrado prisa por ser dioses. Queremos ser una raza de dioses aunque hayamos vociferado que no hay Dios. Pero tenemos prisa por dominar la tierra y, como no sabemos hacerla crecer, la destruimos locamente en lugar de vivir sencillamente en ella y ayudar a que también otros vivan en ella. Destruimos la tierra porque no buscamos la vida de la tierra sino el poder sobre ella.

Afortunadamente hay quienes prefieren tener amigos. Para ellos nuestro respeto y paz.

No es fácil luchar contra la fiebre contagiosa de la destrucción. Las grandes ciudades lo devoran todo, la materia y la paz. Pero incluso los que viven del campo o en el campo, los que para vivir dependen del cielo y de la tierra, se van contagiando de la furia por destruir.

La paradoja semanal es que las carreteras que se llenan de automóviles huyendo de la degradación de las ciudades hacia pinos o junto al mar, también se llenan de muertos, frecuentemente por nuestra prisa en poseer más tiempo de ocio comprable.

La mayoría de los que viven en las ciudades pertenecen al sector “˜Servicios”™ Pero no hemos aprendido a servir. Tenemos demasiada prisa por poseer las riquezas de la tierra “˜caiga quien caiga”™. Incluso la cultura y la Universidad, que contra su naturaleza se han hechas competitivas, quizá también nos impulsan a la degradación más que a la conservación de la vida en la tierra. Dirán que es el “œSigno de los Tiempos”. Pero “˜los tiempos”™ son los latidos de unos hombres que dependen de la vida de la tierra. Si ella se degrada y muere entramos todos en una espiral de muerte. Todos somos la Tierra. La Tierra sin embargo está dispuesta a renacer en cuanto le demos la menor oportunidad de hacerlo. Es decir, en cuanto queramos eficazmente que todos vivan en ella a cualquier precio.

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