¿Es buena la religión para el medio ambiente?

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Por Alberto Garrido
soitu.es 12-10-2008 1

El Papa Benedicto XVI pasó por Francia hace un par de semanas y mantuvo un debate con intelectuales franceses sobre el papel de la religión (católica) en un Estado laico. En su homilía del domingo pasado, exhortó al mundo a preguntarse cuál es su destino, la trascendencia de la vida, el sentido de la justicia y la solidaridad, y, lo que hoy exclusivamente nos ocupa, el porqué de un hombre que da la espalda al medio en que vive y explota ávidamente los recursos naturales.

La preocupación de la Iglesia Católica por la naturaleza y el medio ambiente ha estado casi siempre al margen de su magisterio, pero las recientes palabras del Papa pueden hacer que las cosas estén cambiando. Los misterios de la Iglesia y el origen primigenio e inspirador del magisterio del Santo Padre son insondables y asunto de teólogos y especialistas. La pregunta que hoy nos planteamos es si ser religioso hace a las personas más sensibles al medio ambiente y condiciona su conducta en la buena dirección. Por supuesto, no hablamos de cristianos ni de musulmanes, el análisis concierne a cualquier creencia religiosa.

Dejemos dicho de primeras que desde hace unos años se han publicado bastantes libros defendiendo la maldad de las religiones para el hombre y el mundo moderno, y señalando la necesidad de defender la opción del ateísmo con la misma fortaleza moral con que se abroga la fe religiosa. Sumemos a esto que en la Europa Occidental la práctica de la religión pierde terreno año a año y es raro ver a gente joven en las iglesias.

Podemos construir hipótesis a favor y en contra de la práctica religiosa con respecto al medio ambiente, y al final, especular sobre cuál tendría mayor predominio. Como aspectos negativos destacaríamos que la religión favorece y estimula el aumento de la población, no acepta las políticas de control de la natalidad, y siempre ha considerado la riqueza material o el medio físico como algo secundario en la vida de una persona, salvo para construir costosísimos templos en los que el hombre solo obtendría alimento del alma, sentimiento de pertenencia al grupo y una cierta conciencia de sus actos. La religión ha podido crear en el hombre un cierto sentimiento de resignación ante el estado de este mundo, con la promesa de que habría otro mejor en el más allá. Finalmente, las religiones pueden dificultar la paz entre los pueblos y estimular sentimientos de intolerancia y xenofobia.

En el haber ambiental de la religión podemos enumerar una mayor espiritualidad en las personas, tal vez menos aguijoneadas por el impulso del tener y el consumir más, posiblemente una vida más ordenada y sosegada, lo que favorecería un uso más racional y planificado de los recursos del hogar, una cierta sensibilidad social hacia el prójimo, una visión más limitada del hombre y de su capacidad intelectual para resolver los problemas del mundo con el desarrollo científico y técnico, y finalmente un mayor conformismo sobre sus posesiones materiales.

En la lista de pros y contras figuran conceptos parecidos que solo se diferencian por el sentido y la medida en que motivan que predomine el efecto favorable o el desfavorable. El desdén hacia lo material nos puede hacer indiferentes al deterioro del estado ambiental del mundo, pero también nos puede estimular a que los frutos del esfuerzo y del trabajo no los gastemos en más riqueza material y en un mayor consumo. Por ejemplo, las religiones budista y sintoísta ponen mucho énfasis en lograr una tranquilidad espiritual desprovista casi por completo del abrigo material. La riqueza espiritual tendría así más valor que la material.

Hay muy pocos estudios que han analizado la influencia de la religión en la conciencia ambiental de las personas y el tipo de vida material que llevan. Una gran medida de los pocos que se han hecho se centra en la sociedad americana y parecen concluir que la gente con creencias es más feliz, tiene una vida familiar más estable, es más confiable por parte de desconocidos, encuentra mejores trabajos, tiende a ganar más dinero y posiblemente viva más. No obstante, la religión en EE.UU., como ya escribió tan agudamente el francés Alexis de Tocqueville en 1834, es considerada un contrapeso necesario y útil a los poderes republicanos y por tanto una parte esencial de la sociedad civil que favorece la paz y la cohesión social. Además, los líderes religiosos en la América postcolonial se cuidaron muy mucho de condenar la creación de riqueza y el progreso. En otros continentes, en Europa, la tradición religiosa hubo de ser delimitada, apartada del poder y relegada a un segundo plano para que las democracias pudieran abrirse camino y consolidarse.

La hipótesis que más crédito intelectual me merece se centraría en afirmar un posible efecto positivo para el medio ambiente con origen en el fenómeno religioso. En efecto, en la medida que las personas podrían estar predispuestas a valorar lo que tienen, en sentido absoluto, y considerasen de menor importancia su posición personal de riqueza en el conjunto de la sociedad tendrían más estímulo para sacrificar bienestar material a favor del medio ambiente. La idea es bien sencilla: si una persona considera que su bienestar material es bueno, aceptable y suficiente, tendrá menos estímulo a destinar su renta a mejorarlo. Si por el contrario uno responde más al entorno económico, es más sensible a lo que hace o tiene el vecino y considera importante mantener o mejorar su nivel material con respecto a la media, entonces la mejora en su ingreso o renta irá siempre de la mano de aumentos en la base física y material de su economía. En general, el crecimiento económico en Europa no se ha desacoplado del crecimiento material, por tanto predomina el segundo efecto y no el primero.

Si una persona considera que su bienestar material es bueno, aceptable y suficiente, tendrá menos estímulo a destinar su renta a mejorarlo.

Es evidente que el primer tipo de persona, aquella que se examina frente a sí misma y no frente a su posición relativa, puede o puede no ser religiosa. Y posiblemente haya de los dos tipos y del intermedio. Lo que sí puede resultar positivo es que las religiones potencien y refuercen este efecto, condenando la tentación de tratar de tener más que el vecino. Lo que también puede afirmarse es que las conductas personales y familiares que persiguen reducir o, al menos no aumentar, su huella ambiental deben superar la presión social y el sentimiento de envidia o desazón hacia aquellas personas que teniendo la misma renta nadan en una mayor riqueza material y no se esfuerzan por el bien ambiental común.

Anticipo que la religión católica ” cito esta porque es la más profesada en el mundo — va a ir denunciando el problema ambiental de manera creciente e insistente. Será porque el mensaje tiene gancho y puede ser un reclamo de modernidad, será porque sirve a la feligresía, o será porque Dios le ha susurrado al Papa esta consigna, pero mi conclusión es que los líderes religiosos en las sociedades democráticas pueden ser buenos aliados del ambientalismo. El Papa escribe y habla muy fino, y consigue muchos titulares de periódico. Nos guste o no.

*Alberto Garrido es profesor de Economía y Ciencias Sociales Agrarias de la E.T.S de Ingenieros Agrónomos, de la Universidad Politécnica de Madrid.

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