¿En vísperas del Apocalipsis? Por Leonardo Boff

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Río de Janeiro, 3 dic 2007 (Tierramérica).- Armagedón, según el libro del Apocalipsis, es el mítico valle en el que tendrá lugar el enfrentamiento final entre Dios y los espíritus malignos. ¿Nos estamos encaminando hacia Armagedón?

Los sombríos escenarios actuales hacen que biólogos, bioantropólogos y astrofísicos sopesen la posibilidad de la extinción de la especie homo sapiens/demens, aun en este siglo.  Aducen argumentos que merecen ser ponderados. El más robusto parece ser el de la superpoblación, articulada con la dificultad de adaptación a los cambios climáticos.

En la escala biológica se verifica un crecimiento exponencial. La humanidad necesitó un millón de años para alcanzar en 1850 una población de mil millones de personas. Los espacios temporales entre los índices del crecimiento poblacional disminuyen cada vez más, y se prevé que hacia 2050 habrá 10 mil millones de humanos. ¿Es un triunfo de la especie o un perjuicio para toda la humanidad? La bióloga Lynn Margulis y su hijo, el escritor científico Dorion Sagan, afirman en su libro “Microcosmos” que una de las señales del colapso que afectará a una especie es su rápida superpoblación, con base en datos de los registros fósiles y de la propia biología evolutiva.

Esto puede comprobarse colocando colonias de bacterias y nutrientes en la cápsula de Petri. Poco antes de que lleguen a los bordes de la placa cilíndrica y de que se agoten los nutrientes, los microorganismos se multiplican de manera exponencial. Y repentinamente mueren.

Para la humanidad –comentan los autores– la Tierra puede resultar semejante a una cápsula de Petri. En efecto, ocupamos casi toda la superficie terrestre y sólo dejamos libre 17 por ciento: desiertos, floresta amazónica y regiones polares. Estamos llegando a los bordes físicos del planeta. ¿Es una señal precursora de nuestra próxima extinción? El premio Nobel de Medicina 1974, Christian de Duve, sostiene en su libro “Vital Dust”, que se están verificando síntomas que en el pasado precedieron a grandes exterminaciones. Cada año desaparecen 300 especies vivas porque llegan a su clímax evolutivo. Pero, debido a la presión industrial global sobre la biosfera, el total de desaparición de especies está llegando a 3.500 anuales. ¿Esta destrucción progresiva no amenaza también a nuestra especie? El fallecido astrónomo Carl Sagan veía en el intento humano de explorar la Luna y enviar sondas espaciales fuera del sistema solar, una manifestación del inconsciente colectivo que presiente el riesgo de una extinción próxima.

La voluntad de vivir nos induce a imaginar formas de supervivencia más allá de la Tierra. El astrofísico Stephen Hawking concibe la posibilidad de una colonización extrasolar con una suerte de veleros espaciales impulsados por rayos láser. Pero para llegar a otros sistemas planetarios tendríamos que recorrer billones y billones de kilómetros, harían falta siglos. ¿Qué piensa la teología cristiana de esta eventual desaparición de la especie humana? Si el ser humano frustra su aventura planetaria, significará, indudablemente, una tragedia innombrable.

Pero no sería una tragedia absoluta. Cuando el Hijo de Dios asumió nuestra humanidad, fue amenazado de muerte por Herodes. Durante su vida fue rechazado, encarcelado, torturado y, finalmente, asesinado en la cruz. Sólo entonces se formalizó el pecado original, que es un proceso histórico de negación de la vida. Mayor perversidad que matar una criatura, quitarle la vida, es matar al Autor de la vida, el Dios encarnado.

Mas los cristianos testimonian que la última palabra no es la muerte sino la resurrección, que no es la reanimación de un cadáver. Es la plena realización de las potencialidades del ser humano, una verdadera revolución dentro de la evolución.

Quizás acontecerá un salto en la dirección que anunciaba Pierre Teilhard de Chardin en 1933: una irrupción de la noosfera, vale decir, de aquel estado de conciencia y de relación con la naturaleza que inaugurará una nueva convergencia de mentes y de corazones y de allí una nueva era de la condición humana. En esta perspectiva, el escenario actual no sería de tragedia sino de crisis. La crisis es purificación y maduración. Preanuncia un nuevo inicio, el dolor de un parto promisorio y no las penas del naufragio de la aventura humana. Lo que puede acabar no es la vida humana sino esta vida humana insensata que ama la guerra y la destrucción en masa.

Tenemos que inaugurar un mundo humano que respete la vida, desacralice la violencia, que prodigue amor y cuidado a todos los seres, que practique la justicia verdadera, que venere el misterio del mundo al que llamamos fuente originaria o Dios. O, simplemente, que aprendamos a tratar humanamente a todos los seres humanos y con compasión y respeto a toda la creación. Todo lo que existe, merece existir. Todo lo que vive, merece vivir. Especialmente el ser humano.

* Teólogo y escritor brasileño, miembro de la Comisión Internacional de la Carta de la Tierra

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