El Primate Neurótico

Pablo Jáuregui, Natura 13 sept.2008

Todo animal está genéticamente programado para defenderse o escapar ante una amenaza. La reacción instintiva al peligro que el biólogo estadounidense Walter Cannon bautizó en 1915 como ‘fight or flight’ (lucha o huida) es el mismo mecanismo automático que impulsa al mosquito, a la rata, al orangután y también al ‘Homo sapiens’ a ponerse en guardia o echar a correr al percibir un riesgo potencial para su supervivencia.

Parece innegable, sin embargo, que sólo el animal humano tiene que soportar la angustia de anticipar mentalmente el dolor que puede llegar a sufrir y el terror de imaginarse su propia muerte.

La misma sofisticación cerebral que nos permite escribir poesía, componer una ópera o resolver una ecuación es también la que nos impone el pánico existencial de saber que antes o después nos vamos a ir al ‘otro barrio’ y que nuestro final puede ser terrorífico. Esta extraordinaria e insólita capacidad humana para imaginar sufrimientos futuros, y sobre todo la conciencia de nuestra insoslayable mortalidad, nos convierte a los ‘sapiens’ en primates más o menos neuróticos que soportamos nuestros miedos como mejor podemos, ya sea con ayuda de creencias religiosas, ansiolíticos, libros de autoayuda u otros amortiguadores emocionales. Sólo el animal humano necesita tumbarse de vez en cuando en el diván de un psicoanalista.

Hoy sabemos que en otras especies se han observado algunos indicios rudimentarios de autoconciencia. Los elefantes, como ya vimos en una columna anterior, parecen ser capaces de reconocerse a sí mismos ante un espejo. Si se les pinta una cruz en la frente, se la palpan continuamente al darse cuenta de que algo ha cambiado en la imagen de su propio cuerpo. Lo mismo se ha comprobado en los delfines y en nuestros parientes más cercanos, los chimpancés. Sin embargo, como reconoció el gran antropólogo Richard Leakey, quien fue el maestro de Jane Goodall, “como mucho, puede decirse que el chimpancé se siente perplejo ante la muerte. no hay evidencia alguna de que sea consciente de su propia mortalidad, o de una muerte inminente”. Una frontera clave entre humanos y simios, según concluyó Leakey, es la celebración de ceremonias funerarias para los difuntos. El miedo a la muerte es una losa con la que sólo carga nuestra especie.

Me vienen estos pensamientos a la cabeza al intentar imaginarme el terror que debieron padecer las víctimas del accidente aéreo que ha conmocionado a toda España en las últimas semanas. Aunque sólo fueran unos minutos, los momentos que debieron pasar los tripulantes y pasajeros de aquel avión desde que se empezaron a percibir las dificultades del aparato para levantar el vuelo hasta su caída en picado debieron ser una tortura dantesca para todos ellos, sometidos al horror de pensar que muy probablemente estaban a punto de perecer sin remedio. Una catástrofe de este calibre pone al descubierto la grandeza y a la vez la tragedia del animal humano: nuestra inteligencia, el impresionante tesoro cerebral que hemos heredado tras millones de años de evolución, nos ha concedido el privilegio de construir máquinas prodigiosas que nos permiten dar la vuelta al mundo en unas horas, pero también pueden llevarnos a un último, espeluznante viaje letal, sin posibilidad de lucha o huida.

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