El pecado de la carne -la dieta que daña el clima

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Natura, abril 2008

El 18% de las emisiones de gases de efecto invernadero del planeta provienen del sector ganadero. La corta de bosques, los cultivos para pienso y la cría intensiva de ganado son fuente de emisiones de gases de efecto invernadero y aceleran en gran medida el calentamiento terrestre. De este modo, el cambio climático está provocando el nacimiento de una nueva forma de vegetarianismo. Quienes lo apoyan ya no esgrimen reparos éticos o motivos de salud, sino una nueva conciencia que asocia la dieta hipercarnívora de los países ricos a los males del planeta. La media de consumo de carne en el mundo es de 100 gramos por persona cada día. Comer menos carne, o comerla mejor, es una de las soluciones que se ofrecen.

L PECADO DE LA CARNE/LOS IMPACTOS
Los bosques
Las selvas tropicales contienen más del 40% del carbono terrestre
MIGUEL G. CORRAL
RAÚL ARIAS

La ganadería no es responsable de las miles de hectáreas de bosque que se pierden cada año. Pero en algunas zonas de América Latina, como en Brasil, la mayor parte de la pérdida de áreas de selva se debe al avance de los cultivos de soja destinados a la fabricación de piensos para alimentar al ganado mundial.

Según las mediciones de la FAO, que considera una zona como deforestada cuando se ha perdido por encima del 90% de la cobertura del suelo, Brasil ha perdido entre 1990 y 2005 una superficie boscosa de más de 400.000 kilómetros cuadrados, casi equivalente a toda España. “Y si se revisara la definición de la FAO las cifras de deforestación serían mucho mayores”, afirma Miguel Ángel Soto, responsable de la campaña de Bosques de Greenpeace.

La pérdida de los bosques primarios contribuye al cambio climático de diferentes formas. Quizá la más intuitiva sea la que se produce a través de la quema. Las selvas tropicales contienen más del 40% del carbono terrestre mundial, según un reciente informe publicado por Greenpeace. De forma que cuando un bosque se quema, se libera una gran cantidad de gases de efecto invernadero.

Sin embargo, la degradación de los suelos que se produce tras la tala de una superficie arbolada puede convertirse en una enorme fuente liberadora de gases de efecto invernadero. “En las áreas ganadas a la selva se pierde productividad porque se trata de sacar el máximo rendimiento sin invertir en buenas prácticas”, dice Tito Díaz, de la FAO. “Así que, en poco tiempo, la tierra es improductiva y se vuelve a ampliar la frontera agrícola”.

“Los bosques son un enorme reservorio de carbono y, aunque sean maduros, mantienen tasas elevadas de fijación de CO2”, afirma Alejandro López de Roma, director del Centro de Investigaciones Forestales del INIA. En cambio, los cultivos que se plantan tras acabar con un área de selva poseen las tasas de fijación de carbono más bajas después de los desiertos. La deforestación ha convertido a Brasil en el cuarto emisor de gases de efecto invernadero del mundo.

LOS CULTIVOS
Emiten más del 13% de los gases de efecto invernadero, según el IPCC

La soja se ha convertido en los últimos años en el cultivo principal en países como Brasil o Argentina. Pero, contrariamente a lo que se podría pensar, no se debe al aumento de la presencia de la leche de soja en nuestros supermercados. Su uso principal es la fabricación de piensos para la alimentación ganadera en países con mayores problemas de espacio y crecientes demandas de productos cárnicos como los asiáticos o los de Oriente Medio.

El aumento de esta agricultura industrial trae consigo también un incremento en el uso de fertilizantes químicos. Estos tienen una influencia directa sobre el cambio climático debido a la emisión de óxido nitroso que generan. Además, hay que sumarle las producidas por la fabricación de dichos fertilizantes y las de la maquinaria agrícola.

El nitrógeno es un elemento limitante en la mayoría de los sistemas naturales. Por este motivo las prácticas agrícolas incorporan productos químicos ricos en este elemento. Sin embargo, no todo es consumido por los cultivos, sino que una buena parte queda de forma residual en el suelo y puede ser transformado en óxido nitroso (N2O) y liberado a la atmósfera contribuyendo así al calentamiento global. Este compuesto químico, limitado por el Protocolo de Kioto, tiene un potencial de calentamiento casi 300 veces superior al del CO2. Por ello, el sector genera más de un 13% del cambio climático.

Sin embargo, existen prácticas agrícolas que permiten mantener la productividad mejorando la sostenibilidad al mismo tiempo. “En primer lugar, es posible reducir en un 60% la fertilización química con el sólo hecho de incorporar plantas leguminosas al cultivo, ya que son capaces de fijar nitrógeno”, dice Tito Díaz. “Pero también hay que darle mayor importancia al uso de pastos autóctonos que están más adaptados que las variedades exóticas que se usan actualmente”.

Los cultivos mundiales actuales podrían alimentar de forma vegetariana a 6.000 millones de personas, mientras que si todos siguiésemos una dieta rica en carne como la de los países ricos sólo alcanzaría para abastecer a 2.600 millones.

El ganado vacuno es muy ineficiente convirtiendo el alimento en proteína

LAS GRANJAS

No todos los animales usados en la ganadería son igual de dañinos para el clima. De todas las cabañas ganaderas, la vacuna es la menos eficiente. Una vaca necesita 30 kilos de hierba fresca, el mejor de los alimentos con que se las puede alimentar, para engordar un kilo, mientras que un cerdo puede ganar el mismo peso ingiriendo sólo 10 kilos de bellotas.

Además, debido a su condición de rumiante, como las cabras y las ovejas, libera una gran cantidad de metano (CH4) a la atmósfera. Las fermentaciones que se producen en los aparatos digestivos de estos animales generan una gran cantidad de este gas de efecto invernadero, con un potencial de calentamiento 20 veces superior al del CO2. La ganadería genera entre el 35% y el 45% de las emisiones totales de este gas.

Sólo la ganadería bovina es responsable del 60% de las emisiones del sector ganadero y de cerca del 10% del calentamiento global, según el estudio publicado en la revista The Lancet.

Los autores de la investigación proponen que se prescinda de la ingesta de tanta carne de bovino y que se sustituya por la de animales de un sólo estómago, como el pollo o el camello.

Además, el aporte de piensos elaborados a base de granos comestibles por el ser humano no deja de ser un contrasentido desde el punto de vista ecológico. La baja eficiencia del ganado bovino para transformar el alimento en proteína provoca que sea necesaria una gran ingesta de pienso para generar una baja cantidad de proteína. Algo que tenía sentido cuando la ganadería se basaba en el aporte de paja a los animales, debido a su capacidad para digerir la celulosa. Sin embargo, en nuestros días y con un 13% de la población mundial infraalimentada, no deja de ser “una nueva forma de maldad humana”, según palabras del reputado científico, Jeremy Rifkin. “Hoy, más del 70% de los cereales y la soja que se producen en Estados Unidos se destina a la alimentación del ganado, y en su mayor parte a la del ganado vacuno”, escribió Rifkin en Los Angeles Times.

EL PECADO DE LA CARNE/EL ACTIVISMO
¿Comes carne todavía?
En EEUU abogan por cambiar la dieta para paliar su efecto sobre el cambio climático
CARLOS FRESNEDA|Corresponsal en Nueva York
NICOLE MATTHEWS
NICOLE MATTHEWS

Una pareja de cerdos de peluche recorre estos días el país más glotón del planeta con un mensaje así de provocador: “Tax Meat!”. ¡Pongámosle un impuesto a la carne! Igual que se lo ponemos a la gasolina, al alcohol o al tabaco, pero con más justificación si cabe, ahora que sabemos que nuestro voraz apetito por los animales contribuye más que ningún otro factor al cambio climático.

La propuesta la apadrina PETA (Gente para el Tratamiento Etico de los Animales) y se concreta en esto: 10 centavos por cada libra de carne (algo así como 20 céntimos de gravamen por kilo). Para una familia media, serían cinco dólares a la semana. Veinte dólares al año por cabeza para un adulto…

El dinero recaudado con el impuesto de la carne serviría para campañas de educación y promoción del vegetarianismo, como un estilo de vida ecológico y saludable. Y sólo así se conseguiría llegar al objetivo de reducir al menos un 10% el consumo de productos cárnicos de aquí al 2050.

“No estamos pidiendo a la gente que haga un enorme sacrificio”, se explica Nicole Matthews, portavoz de PETA. “Les estamos diciendo que abran los ojos y comprueben el alto impacto que tiene nuestra dieta… Cada comida que hacemos es una elección sobre el mundo que queremos y sobre nuestra contribución al deterioro ambiental.

Pero lo cierto es que el hambre de cerdos, vacas, bueyes, pollos y pavos se ha disparado desde 1970. El norteamericano medio devora al año unos 100 kilos de carne (y pescado). Los estadounidenses se gastan en hamburguesas y en comida basura 110.000 millones de dólares al año, más de lo que invierten en educación superior. La obesidad y la diabetes alcanzan ya proporciones epidémicas, aunque el verdadero coste de la carne es el que no se ve. Se necesitan unos 1.000 litros de gasolina para producir la carne que consume una familia media de cuatro personas, o lo que es lo mismo: 2,5 toneladas extras de dióxido de carbono que irán a parar a la atmósfera, más el metano y óxido nitroso que convierten la ganadería y todos sus derivados en el responsable del 18% de las emisiones de gases invernadero.

“¿Eres un ecologista y aún comes carne?”. La pregunta se la hacía en portada la revista E (The Enviromental Magazine) en un controvertido artículo que ha generado desde entonces más de una úlcera de estómago.

“El consumo de carne ha sido posiblemente el secreto más callado de muchos ecologistas”, reconoce Nicole Matthews, la activista de PETA que saltó recientemente a la fama por su campaña contra la crueldad de los pollos en Kentucky Fried Chicken. “En Una verdad incómoda, por ejemplo, no había ni una sola mención a la contribución de la dieta al calentamiento global”.

Al Gore, con su aspecto de carnívoro impenitente, fue crucificado por los chicos de PETA en una de sus famosas vallas publicitarias. “Too Chicken to Go Vegetarian?” (“¿Demasiado cobarde para hacerse vegetariano?”), podía leerse en el reclamo, arropado por las conclusiones del informe de la FAO: “La carne es la causa número uno del calentamiento global”.

Ahora, coincidiendo con la campaña presidencial, y ante la sordera o la indigestión generalizada entre los candidatos (con excepción del enjuto y vegetariano Dennis Kucinich), la gente de PETA ha puesto en danza a sus cochinos de trapo, que recorren el país creando conciencia alimentaria ante el cambio climático. “El nuestro no es un mensaje prohibicionista”, recalca Nicole Matthews, 25 años, desde su terruño en Michigan. “Intentamos ser positivos, ofrecer sabrosas alternativas, incitar a la gente a consumir menos carne o explorar por su cuenta los beneficios de una dieta vegetariana… Pero no intentamos convertirlos: cada cual llega al vegetarianismo siguiendo su propio camino”.

VEGETARIANOS POR CAUSA AMBIENTAL

Miles de estadounidenses han dirigido cartas al Congreso reclamando la tasa carnívora. Muchos otros han pinchado en www.goveg.com para empezar a aplicarse el cuento a la hora de la cena. Y aunque el mensaje “Tax Meat!” no inquieta aún a la industria “fast food”, el viraje hacia el vegetarianismo ambiental es cada vez más y más patente como lo demuestra el éxito reciente de In defense of food, de Michael Pollan, con su llamada a la verde frugalidad: “¡Comed alimentos, no demasiados, preferiblemente plantas!”.

La activista de PETA Nicole Matthews explica su caso personal: “Dejé de comer carne por la crueldad con la que se trata a los animales y porque hay muchos modos de alimentarse sin matar seres vivos”. Pero luego llegó la razón ambiental, que en su opinión refuerza y abraza todas las demás: “Primero fueron las noticias sobre la deforestación causada por el ganado, más el agua y los recursos consumidos para producir carne, los problemas ambientales causados por los desechos de la ganadería industrial. Ahora sabemos que el consumo de carne tiene un mayor impacto en el cambio climático que el transporte. ¿Qué más razones necesitamos para hacernos vegetarianos?”.

¿Comes carne todavía?
En EEUU abogan por cambiar la dieta para paliar su efecto sobre el cambio climático
CARLOS FRESNEDA
NICOLE MATTHEWS

Una pareja de cerdos de peluche recorre estos días el país más glotón del planeta con un mensaje así de provocador: “Tax Meat!”. ¡Pongámosle un impuesto a la carne! Igual que se lo ponemos a la gasolina, al alcohol o al tabaco, pero con más justificación si cabe, ahora que sabemos que nuestro voraz apetito por los animales contribuye más que ningún otro factor al cambio climático.

La propuesta la apadrina PETA (Gente para el Tratamiento Etico de los Animales) y se concreta en esto: 10 centavos por cada libra de carne (algo así como 20 céntimos de gravamen por kilo). Para una familia media, serían cinco dólares a la semana. Veinte dólares al año por cabeza para un adulto…

El dinero recaudado con el impuesto de la carne serviría para campañas de educación y promoción del vegetarianismo, como un estilo de vida ecológico y saludable. Y sólo así se conseguiría llegar al objetivo de reducir al menos un 10% el consumo de productos cárnicos de aquí al 2050.

“No estamos pidiendo a la gente que haga un enorme sacrificio”, se explica Nicole Matthews, portavoz de PETA. “Les estamos diciendo que abran los ojos y comprueben el alto impacto que tiene nuestra dieta… Cada comida que hacemos es una elección sobre el mundo que queremos y sobre nuestra contribución al deterioro ambiental.

Pero lo cierto es que el hambre de cerdos, vacas, bueyes, pollos y pavos se ha disparado desde 1970. El norteamericano medio devora al año unos 100 kilos de carne (y pescado). Los estadounidenses se gastan en hamburguesas y en comida basura 110.000 millones de dólares al año, más de lo que invierten en educación superior. La obesidad y la diabetes alcanzan ya proporciones epidémicas, aunque el verdadero coste de la carne es el que no se ve. Se necesitan unos 1.000 litros de gasolina para producir la carne que consume una familia media de cuatro personas, o lo que es lo mismo: 2,5 toneladas extras de dióxido de carbono que irán a parar a la atmósfera, más el metano y óxido nitroso que convierten la ganadería y todos sus derivados en el responsable del 18% de las emisiones de gases invernadero.

“¿Eres un ecologista y aún comes carne?”. La pregunta se la hacía en portada la revista E (The Enviromental Magazine) en un controvertido artículo que ha generado desde entonces más de una úlcera de estómago.

“El consumo de carne ha sido posiblemente el secreto más callado de muchos ecologistas”, reconoce Nicole Matthews, la activista de PETA que saltó recientemente a la fama por su campaña contra la crueldad de los pollos en Kentucky Fried Chicken. “En Una verdad incómoda, por ejemplo, no había ni una sola mención a la contribución de la dieta al calentamiento global”.

Al Gore, con su aspecto de carnívoro impenitente, fue crucificado por los chicos de PETA en una de sus famosas vallas publicitarias. “Too Chicken to Go Vegetarian?” (“¿Demasiado cobarde para hacerse vegetariano?”), podía leerse en el reclamo, arropado por las conclusiones del informe de la FAO: “La carne es la causa número uno del calentamiento global”.

Ahora, coincidiendo con la campaña presidencial, y ante la sordera o la indigestión generalizada entre los candidatos (con excepción del enjuto y vegetariano Dennis Kucinich), la gente de PETA ha puesto en danza a sus cochinos de trapo, que recorren el país creando conciencia alimentaria ante el cambio climático. “El nuestro no es un mensaje prohibicionista”, recalca Nicole Matthews, 25 años, desde su terruño en Michigan. “Intentamos ser positivos, ofrecer sabrosas alternativas, incitar a la gente a consumir menos carne o explorar por su cuenta los beneficios de una dieta vegetariana… Pero no intentamos convertirlos: cada cual llega al vegetarianismo siguiendo su propio camino”.

VEGETARIANOS POR CAUSA AMBIENTAL

Miles de estadounidenses han dirigido cartas al Congreso reclamando la tasa carnívora. Muchos otros han pinchado en www.goveg.com para empezar a aplicarse el cuento a la hora de la cena. Y aunque el mensaje “Tax Meat!” no inquieta aún a la industria “fast food”, el viraje hacia el vegetarianismo ambiental es cada vez más y más patente como lo demuestra el éxito reciente de In defense of food, de Michael Pollan, con su llamada a la verde frugalidad: “¡Comed alimentos, no demasiados, preferiblemente plantas!”.

La activista de PETA Nicole Matthews explica su caso personal: “Dejé de comer carne por la crueldad con la que se trata a los animales y porque hay muchos modos de alimentarse sin matar seres vivos”. Pero luego llegó la razón ambiental, que en su opinión refuerza y abraza todas las demás: “Primero fueron las noticias sobre la deforestación causada por el ganado, más el agua y los recursos consumidos para producir carne, los problemas ambientales causados por los desechos de la ganadería industrial. Ahora sabemos que el consumo de carne tiene un mayor impacto en el cambio climático que el transporte. ¿Qué más razones necesitamos para hacernos vegetarianos?”.

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