El largo exilio de la Tierra

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Por Leonardo Boff

Río de Janeiro, ago (Tierramérica).- Dos visiones sobre la Tierra se contraponen en nuestro tiempo. Para unos es una materia extensa y sin espíritu, entregada al ser humano para que pueda explotarla y expresar su libertad creativa a su antojo. Para otros es nuestro hogar, un superorganismo vivo que se autorregula, con una comunidad vital única.

Optar por una u otra visión tiene consecuencias totalmente diferentes, la cooperación y el respeto, o la agresión y la dominación. La humanidad siempre consideró a la Tierra como la gran madre que inspiraba temor, veneración y respeto. Pero desde la irrupción de la ciencia moderna, con René Descartes, Galileo Galilei y Francis Bacon a partir del siglo XVI, se comenzó a considerarla como objeto, “res extensa”, que puede someterse a intervención humana, incluso violenta, para extraer los beneficios de sus recursos y servicios. Era el proyecto del “dominium mundi”.

Creó maravillas como las máquinas y los antibióticos, nos ha llevado a la Luna y al espacio exterior. Sería oscurantista no reconocer los méritos de ese designio. Pero hay que reconocer también que la razón instrumental y analítica sin complementarse con la razón emocional, sensible y cordial, fundamental para el mundo de los valores construyó una maquina de muerte, capaz de destruir mediante 25 formas diferentes a la especie humana con armas nucleares, químicas y biológicas.

Nuestra generación es la primera en la historia de la antropogénesis que se ha transformado en una fuerza geofísica destructiva. Hay una convicción que se está generalizando: así como está, la humanidad no puede continuar. El modo actual de producción y de consumo hace de todo una mercancía, incluso las realidades más sagradas como la vida, los órganos y los genes. Cada año 3.500 especies desaparecen de la faz de la Tierra a consecuencia de las agresiones sistemáticas a la naturaleza. La rueda del calentamiento global ha comenzado a girar y no se la puede frenar, apenas disminuir su velocidad y minimizar sus efectos catastróficos. Esto puede devastar muchos ecosistemas, arrastrando consigo a millones de personas obligadas a desplazarse o a morir.

Por lo tanto, tenemos que cambiar para sobrevivir. El futuro será una promesa de vida si inauguramos “œun nuevo modo sostenible de vivir”, como lo ha formulado la Carta de la Tierra. Es urgente cambiar nuestro sistema de explotación del planeta y de sus recursos y nuestras formas de relaciones sociales, con más inclusión, más equidad y sintonía con el universo. Es imprescindible asumir una ética del cuidado, del respeto, de la responsabilidad, de la solidaridad, de la cooperación y, no en último lugar, de compasión hacia los que sufren en la humanidad y en la naturaleza.

Hoy sabemos que la Tierra no solamente posee vida en su atmósfera, formando así la biosfera, sino que ella misma es viviente y productora de todas las expresiones vitales. Los modernos la llaman Gaia, el nombre mitológico griego para designar a la Tierra viviente. En este contexto crítico hay que volver a la concepción de la Tierra como madre. Tenemos que unir dos polos: el más ancestral, de la Tierra como madre de nuestros pueblos originarios, con el más contemporáneo, de la nueva astrofísica y biología que ve al planeta como Gaia.

Lo que San Francisco de Asís contemplaba en su mística cósmica hace más de 800 años, cuando cantaba al sol como Señor y Hermano y a la tierra como Madre y Hermana y llamaba a todos los seres hermanos y hermanas, hoy lo sabemos por una verificación empírica de la biología genética y molecular. Todos los seres vivos, desde la bacteria que emergió hace 3.800 millones de años, pasando por las grandes florestas, desde los dinosaurios a los caballos, desde los colibríes hasta nosotros, tenemos el mismo alfabeto genético. Todos estamos constituidos por los mismos 20 aminoácidos y las mismas cuatro bases fosfatadas (adenina, timina, citosina y guanina). Solamente la combinación de las letras químicas de este alfabeto con sus respectivas bases produce las diferencias de la gran diversidad biótica. Por lo tanto, todos somos hermanos y hermanas, miembros de la gran comunidad de vida. Así, no hay medio ambiente, sino el ambiente entero. Nosotros, los seres humanos, no estamos fuera o por encima de la naturaleza. Estamos dentro de ella, como parte de su realidad. Somos la porción consciente e inteligente de la Tierra.

En los últimos siglos nos hemos exiliado de la Tierra. Tenemos que volver a nuestro hogar y cuidarlo porque se encuentra amenazado en su equilibrio y en su futuro.

  • Teólogo, escritor y miembro de la Comisión Internacional de la Carta de la Tierra. Derechos exclusivos IPS.

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