“El clima y la desertificación cambiarán nuestras vidas”

images-3.jpg Almería

JOSÉ LÓPEZ-CÓZAR
Natura / El Mundo, spt. 2007
Durante la breve visita de Grégoire de Kalbermatten a Fuerteventura para dar una de las conferencias más esperadas del Campus de Excelencia 2007, nos citamos en el ‘hall’ del hotel donde se aloja. El entusiasmo que exuda al hablar de conservación y medio ambiente se pierde en el papel, pero no la rotundidad de sus palabras ni la claridad de ideas. Diplomático de carrera y novelista de éxito, con varios libros sobre desarrollo sostenible en el mercado, ha dedicado los últimos años de su vida a llamar la atención sobre el problema de la desertificación, primero como subsecretario de la Convención de Naciones Unidas contra la Desertificación y ahora como secretario General en funciones después de la marcha de Hama Arma Diallo al parlamento de su país:

“Nos encaminamos hacia un mundo con grandes desequilibrios, donde las zonas secas serán más secas, los pobres más pobres, y las migraciones forzosas cada vez más frecuentes. Lo cierto es que, de seguir así, el clima y la desertificación cambiarán nuestras vidas”.

PREGUNTA- Existe una preocupación cada vez mayor por el cambio climático, sin embargo no se puede decir lo mismo de la desertificación. ¿Por qué?

RESPUESTA- Efectivamente, hablamos de dos problemas globales de gran trascendencia, relacionados entre sí pero muy diferentes a su vez. En Europa, todo el mundo es consciente del aumento de las catástrofes naturales, de los cambios que se han producido en las estaciones del año, o simplemente de que cada vez hay menos nieve en las cumbres de nuestras montañas. Sin embargo, no ocurre lo mismo con la desertificación. Los europeos ven con distancia este problema, pese a que el estado de nuestros suelos es de vital importancia para reducir las emisiones de dióxido de carbono, detener la pérdida de biodiversidad del planeta, evitar la pobreza, las corrientes migratorias que tanto preocupan… Todo esto, tan obvio para los países del sur, no lo es tanto para los del norte, que consideran la desertificación una cuestión menor que afecta a regiones marginales, a personas de bajo ingreso, y requiere soluciones a largo plazo.

P.- Durante mucho tiempo se ha creído que la desertificación era un problema local que debían solucionar los países directamente afectados.

R.- Desde luego es una visión muy poco acertada. La historia de la Humanidad nos ha enseñado que las condiciones de nuestros vecinos acaban afectando a toda la comunidad, aunque ahora lo hayamos olvidado. Además, ni siquiera es cierto. La desertificación es un problema global que afecta a todo el planeta, tal y como queda patente año tras año en multitud de ocasiones. Los sirocos y las tormentas de arena causan cada vez mayores problemas en el noreste de Asia y sus efectos llegan a ser visibles en países tan lejanos como Canadá o Australia. Lo mismo se puede decir de las catástrofes naturales, muy relacionadas con la desertificación tanto en el hemisferio sur como en el norte. Las reiteradas inundaciones producidas en China tienen mucho que ver con el estado de los suelos, demasiado empobrecidos para absorber el agua de lluvia. Sin embargo, a pesar de las evidencias, el mundo occidental ha tardado mucho tiempo en adoptar un liderazgo en la lucha contra la desertificación. Quizá porque países como Italia o España, más conscientes de la verdadera dimensión del problema, no han tenido suficiente fuerza como para hacer oír su voz por encima de los intereses de otros países de la Unión Europea.

P.- ¿Los países ricos son realmente conscientes de su responsabilidad?

R.- Se podría decir que durante el último siglo hemos celebrado una fiesta fantástica, en la que hemos consumido gran parte de los recursos disponibles. Los países más desarrollados son los principales responsables de esta situación y deben revisar sus patrones de consumo hacia una nueva organización social. Tenemos los conocimientos, los medios, sólo falta la voluntad política para actuar. La solución, por tanto, pasa por concienciar a la opinión pública sobre el problema de la desertificación, por hacer ver a los ciudadanos la importancia de proteger el agua, el aire y el suelo. Todavía hay que despertar una mayor conciencia social.

P.- ¿España también sufre el problema de la desertificación?

R.- España es un país extremadamente sensible a todos los problemas de la desertificación tanto de forma directa como indirecta, porque no olvidemos que la falta de agua y la pérdida de suelo fértil obligan a muchas personas del tercer mundo a abandonar sus casas e intentar cruzar las fronteras en busca de soluciones. En la Convención hemos realizado varios estudios que demuestran que la desertificación es el principal motivo de la migración del sur hacia el norte y no tanto la economía ni el modelo de vida occidental como se ha hecho ver a veces. La desertificación es, sin duda, la base invisible de la emigración.

P.- ¿Qué se puede esperar de la octava Cumbre de la ONU contra la Desertificación que se celebra en Madrid?

R.- En esta reunión se va a decidir la estrategia para combatir la desertificación durante los próximos 10 años. Además, será especialmente importante para España porque no solamente preside el Congreso sino también la oficina encargada de implantar los programas de desertificación durante los próximos dos años. El liderazgo español será crucial para intentar conseguir más y mejores avances contra la desertificación.

P.- Han pasado diez años desde que se creara la Convención de la ONU contra la Desertificación. ¿Cómo valora su actuación?

R.- Se han dado pasos muy importantes, aunque más lentos de lo esperado. Hemos conseguido que 191 países se adhieran a la Convención de la ONU y que la mayoría de países africanos cuenten con programas nacionales en la lucha contra la desertificación, pero queda todavía mucho por hacer. Necesitamos el apoyo de las naciones más avanzadas del planeta para liderar este proceso de transformación que tenemos que afrontar. En este sentido, el Banco Mundial ha donado recientemente unos 115 millones de dólares para ayudar al desarrollo rural en países del tercer mundo.

P.- Sin embargo, no es la primera vez que pueblos de África, Asia e incluso América Latina reciben subsidios para evitar la pérdida de suelo fértil y el avance de los desiertos; y el fenómeno de la desertificación sigue aumentando de forma preocupante. ¿Se puede ser optimista de cara al futuro?

R.- Evidentemente, es difícil predecir el futuro, ya que las crisis por su propia naturaleza son impredecibles. Además, hablamos de una crisis muy diferente a la provocada por un ‘tsunami’ o cualquier otra catástrofe natural. La desertificación mata lentamente y de forma silenciosa a muchísimas más personas, a través del hambre, la sequía. No obstante, yo soy optimista con respecto al futuro que tenemos por delante, porque ahora somos conscientes del problema, aunque no estemos adoptando medidas rápidas para combatirlo. Si conseguimos incrementar la conciencia social e incentivar a las empresas privadas para que tengan interés por proteger el futuro, estaremos más cerca de solucionar este problema de dimensiones planetarias.

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