“El árbol y el bosque constituyen una verdadera escuela en todas las esferas”

Agenda Viva. Verano 2008
Ignacio Abellá

“El árbol y el bosque constituyen una verdadera escuela en la que el hombre puede crecer y madurar en todas las esferas: física, intelectual y espiritual”

Aprendiz de todo, autodidacta, con una formación interdisciplinar que ahonda especialmente en el mundo de la etnobotánica. Conoce de primera mano múltiples tradiciones artesanales, agrícolas y forestales, que ha estudiado, recogido y aplicado. Es, además, escritor de varios libros rebosantes de magia y belleza en los sque demuestra tener el don de hacernos vibrar en lo más hondo, como un sonido sostenido en la frecuencia adecuada.

Miguel de Unamuno escribió: “Hubo árboles antes que hubiera libros, y acaso cuando acaben los libros continúen los árboles. Y tal vez llegue la humanidad a un grado de cultura tal que no necesite ya de libros, pero siempre necesitará de árboles, y entonces abonará los árboles con libro”. Pero hoy son pocas las personas capaces de permanecer asombradas ante la imagen de un árbol, imantadas por la belleza, el misterio y la fuerza de una presencia aparentemente inmóvil que gravita más allá del tiempo o envueltas en la curiosidad infinita que supone intuir lo insondable que se atisba en ese perfecto equilibrio vertical del que abraza el cielo y la tierra por igual. Ignacio Abella es uno de esos hombres. Capaz de escuchar e interpretar el lenguaje secreto de los bosques, ha dedicado casi toda su vida a indagar en tradiciones, culturas del mundo, leyendas y mitos depositarios de una sabiduría profunda que puede ayudar a devolvernos a la tierra.

¿Qué significan un árbol y un bosque para ti?

Los significados del árbol y el bosque son tantos y tan profundos que resulta imposible resumirlos. Algunos son de tipo ecológico y económico, mientras que otros nos atañen en el terreno de la estética, la mitología o el sentimiento. Pero uno de los más importantes y menos comprendidos actualmente es el sentido de identidad que proporcionan los árboles: nos permiten arraigar en un país-paisaje determinado hasta el punto de sentirnos en el bosque como en nuestro verdadero hogar. Yo diría que el bosque es el hogar del alma y que cuando nos adentramos en él aprendemos a reconocernos en una identidad profunda y colectiva que nos abarca y nos comprende hasta integrarnos. Porque no dejamos de ser bosque y paisaje incluso aunque no lo sepamos. La identificación con árboles o bosques determinados era en otros tiempos tan honda que suponían puntos de referencia vitales tanto para el individuo como para la tribu, el pueblo o la nación.

El árbol y el bosque tienen tantas cosas que mostrar y tantas realidades que coexisten en ellos que, finalmente, suponen también una verdadera escuela en la que el hombre puede crecer y madurar en todas las esferas: física, intelectual y espiritual. Nunca se termina de aprender, y una de las primeras lecciones es probablemente que en el bosque la individualidad es relativa, que todo esta interconectado hasta un punto que nunca llegamos a comprender del todo y con una complejidad parecida a la del cuerpo humano o a la de la propia Tierra. Uno tiene la sensación de que el árbol es una enorme colonia de plantas y el bosque todo un organismo o una entidad…

Pero me estoy yendo por las ramas. Quizá la mejor definición de árbol y bosque es esta: son mi casa -y mi patria, mi templo, mi escuela…- y representan la posibilidad de que el hombre y el resto de los seres que formamos parte de esta aventura planetaria tengamos un futuro digno, hermoso, vivo y deseable.

¿Qué nos pueden desvelar los mitos, las leyendas, las tradiciones y las culturas del pasado sobre los árboles y los bosques que no sepa ya la ciencia?

Existe un enorme bagaje cultural que ha sufrido una fractura dramática en su contacto con el mundo académico y científico. Son como la raíz y la copa: ambos se complementan, pero si solo cultivamos un lado el árbol entero se seca. Es increíble, pero aún hoy, en 2008 y en nuestro país, estamos preparando satélites para lanzarlos al espacio y uno puede sentarse con una pareja de ancianos molineros que viven a la antigua usanza y creen que si hay tormenta deben echar un poco de laurel bendito sobre la chapa de la cocina para conjurar el rayo.

La mirada analítica de la ciencia recopila, etiqueta y estudia estos datos, igual que observa y analiza el resto del mundo, pero es incapaz de penetrar el profundo sentimiento que estos gestos de tipo mágico, religioso o mítico representan para estos hombres. La ritualidad y el sentido simbólico pueden estar más o menos vacíos, pero de ninguna forma pueden racionalizarse. Tan solo lograremos comprenderlos desde una perspectiva mucho más relacionada con el lado artístico o poético. En todo caso, el mito debe entenderse de esta manera, como una interpretación poética de un mundo inmenso e inquietante que nunca comprenderemos en su totalidad y en el que continuamente debemos encontrar nuestro lugar. Es por ello que la mitología nos continúa alimentando incluso en la actualidad y tan solo la mentalidad analítica comete la torpeza y el desatino de juzgar si se trata de verdades, mentiras, supercherías…

El cuento, la leyenda y el mito permiten que germine la mente del niño y también la del adulto. Los infinitos cuentos sobre árboles y bosques que existen en todos los rincones del planeta hacen que el árbol arraigue profundamente en nuestra concepción del mundo y dotan al bosque de un sentido y una profundidad, de un sentimiento de sacralidad que nos permitirán entender y relacionarnos desde el respeto y el asombro.

Todo esto no implica rechazar esa mentalidad racional y analítica, imprescindible para entender el mundo y evolucionar también según esta percepción. Pero de ningún modo el materialismo y la racionalidad deben convertirse en el único motor de la humanidad, o estaremos abocados a una perfecta y matemática estupidez y a un mundo frío y sin esperanza.

Finalmente, la sensibilidad y la capacidad de escucha deben conducirnos a apreciar el mundo desde distintos puntos de vista, a acercarnos a la naturaleza con cabeza y corazón y a escuchar sin prejuicios todo lo que nuestros mayores tienen que decirnos. Debemos aprender no solo de los científicos y los técnicos universitarios, sino también de los sabios paisanos, que pueden no haber leído un solo libro pero atesoran conocimientos, por ejemplo, en lo que a gestión del territorio y el paisaje se refiere, de generaciones y generaciones de experiencia directa. Todo este bagaje es más necesario que nunca para hacer frente a los enormes cambios que se han producido en los últimos tiempos. Y, sin embargo, lo estamos perdiendo de forma absurda y rapidísima.

¿Por que representa el tejo una referencia tan importante? ¿Qué opinas de su declive?

El tejo es una fórmula magistral, igual que otros árboles centrales que se erigían en mitad de la tribu y del territorio. La genialidad de plantar un tejo en el centro mismo de un pueblo y otorgarle un sentido primordial en la sociedad tradicional de todas las regiones atlánticas europeas ha permitido transmitir todo una cultura en la que lo más importante era el árbol y todo se articulaba a su alrededor. La fiesta, los juicios, las asambleas de vecinos, los pactos y los juramentos tenían lugar a la sombra del árbol y a sus pies se hacían los enterramientos. Todos los ancestros reposaban entre las raíces alimentando tras el fin de sus vidas este cuerpo común, a estos árboles milenarios que se alzaban gigantescos en el mundo de nuestros abuelos. Su poder de convocatoria era tal que, a pesar de su empeño en derribar estos templos vivos, la Iglesia tuvo que asentar finalmente muchas veces sus edificios de piedra mudos y estériles sobre las viejas raíces y los centros sagrados de cultos anteriores. Aún hoy podemos recoger ecos de aquellos tiempos en los que para que la palabra o el acto tuvieran toda la fuerza o la legalidad debían escenificarse al pie del árbol sagrado.

No se trataba de una simple cuestión de forma. Era un perfecto reflejo del respeto e incluso la veneración que se profesaba a este árbol central y de la comprensión profunda que se tenía sobre el papel que tienen el árbol en el bosque, el seto y el paisaje. El maltrato que están recibiendo estos viejos árboles en los últimos tiempos son el más fiel bioindicador de nuestra relación con el mundo tradicional y natural. Ellos fueron guardianes de la memoria y del pacto de sostenibilidad que implicaba que todos los vecinos de los pueblos, sin excepción, estuvieran obligados a plantar y repoblar los montes. En un tiempo en el que el paisaje era cosa de todos los paisanos, el árbol centenario representaba siglos de ejemplo, de cultura, de vida, de respeto y de convivencia. La pérdida de estos árboles a causa del abandono, las restauraciones y la urbanización de sus entornos se ha generalizado en las últimas décadas. Todo un patrimonio de siglos y una raíz, un puente esencial con la naturaleza y la tradición, se dilapidan en un instante por una actuación irresponsable.

El declive de los tejos silvestres, exterminados en comarcas enteras o refugiados en los lugares más abruptos e inaccesibles, representa el exterminio de todo lo silvestre y su suplantación por una práctica rural y forestal que cada vez es más industrial.

¿Cuál es hoy el mayor enemigo de los árboles y los bosques?

Podríamos decir que la ignorancia, la desconexión creciente con la realidad y la naturaleza, la falta de sensibilidad y educación, la inconsciencia… Pero quizá hay uno aún peor: la avaricia de las grandes compañías, que acumulan cada día un mayor poder y están convirtiendo el mundo en un formidable negocio que cada año crece exponencialmente, aunque sea a costa del bienestar y el futuro de regiones y pueblos enteros. Cada día más, todo se mueve conforme a sus dictados y vemos como las administraciones y los estados sirven a los intereses de los sistemas financieros y de las macroindustrias del cemento, la química, la energía, la guerra o las comunicaciones. En demasiadas ocasiones quienes dicen servirnos tan solo se sirven a sí mismos. Últimamente vemos incluso que, en el colmo de la hipocresía, se proponen plantar bosques de eucaliptos bajo la ecológica excusa de frenar el cambio climático. Quizá ha llegado el momento de decir claramente que estas plantaciones no son bosques y que ni siquiera se parecen a estos, que es preciso retomar las responsabilidades que nos atañen en la gestión del territorio y que tan solo la reducción del consumo y una forma de vida equilibrada con la naturaleza nos permiten en este momento albergar esperanzas de futuro. Es necesario actuar en muchos ámbitos y solucionar los desastrosos desequilibrios sociales.

Pero aún hay otro enemigo implacable para los bosques, para la naturaleza y para la sociedad humana, y es la autocomplacencia, la mediocridad, la burocracia y el estancamiento de administraciones e instituciones, que puede instalarse como un cáncer e impedir cualquier avance y evolución.

¿Qué quieres decir cuando afirmas que es necesario que cultivemos de nuevo el sentido de lo sagrado?

Quizá es esta la clave para curar la grave dolencia que amenaza nuestra propia supervivencia como especie. Evidentemente, no propongo retomar viejos rituales, reinventar genios o dioses o abrazar nuevas religiones, aunque sí defiendo recuperar la leyenda y el cuento, contar a nuestros hijos las viejas historias del bosque y el lobo a la par que les mostramos el mundo vivo y real del bosque. Pero sobre todo se trata de volver a plantar árboles y ahondar en su significado, de retomar gestos como el del árbol de nacimiento, que constituirá un punto de referencia vital para toda la vida. Crear bosques y aprender a caminar con la mirada del científico, con la mirada del poeta, con la mirada del salvaje o del niño. Aprender a buscar y a perderse en el bosque, a investigar y contemplar. Caminar, en definitiva, con respeto, curiosidad insaciable, en soledad, con calma y con pasión. En estas condiciones pisaremos de nuevo descalzos la tierra desnuda y entenderemos que todo es igualmente importante y sagrado y que atentar contra lo otro es atentar contra nosotros mismos.

¿Cuál es el terreno común de la poesía y la ciencia, de la razón y el espíritu?

El equilibrio que nos proporcionaría desarrollar la inteligencia afectiva, que nos permite relacionarnos con lo otro, en paralelo a las destrezas manuales y corporales, las intelectuales, las artísticas… Si existe futuro, la humanidad será como un árbol con todas esas raíces o ramas que se han desarrollado al fin en equilibrio. Por el momento no parece que estemos acercándonos a ello. En apariencia, solo un milagro puede lograrlo. Sin embargo, es probable que, como a menudo ha ocurrido en la historia, las crisis extremas genere cambios y evolución.

De nuevo el viejo tejo puede ser también ese lugar común que nos enseña que la división no existe más que en nuestras cabezas, que ellos no son de ciencias ni de letras sino todo lo contrario, que a su amparo los poetas han compuesto sus mejores versos; que la historia y la cultura, la biología y la tradición, la sociedad y la vida, el tiempo y el espacio parecen haberse trenzado en estos seres aparentemente inmutables para crear espacios eternos donde la leyenda comienza y termina.
Quizá la naturaleza misma, interpretada por cada uno de nosotros a su modo, es finalmente la que nos acerca al conocimiento de nosotros mismos a través de lo otro.

¿Estás de acuerdo con que el hombre es por naturaleza incapaz de establecer una convivencia armónica y sostenible con su entorno? ¿Existen culturas o pueblos que constituyen una prueba de lo contrario? ¿Cuales son las claves de esa convivencia armónica e integrada?

Los viejos árboles son la prueba de que esa convivencia es posible. Durante siglos se han conservado, a veces por el simple hecho de que estaban tan lejos que no los hemos alcanzado, pero otras veces como fruto de la cultura y el respeto secular de los vecinos, que sabían convivir y cuidar sus árboles y sus bosques. Y esta sabiduría implicaba pensar en el futuro constantemente, lo que llevaba a plantar árboles aun a sabiendas de que nunca llegarían a cogerse los frutos.

En un mundo global como el actual la sostenibilidad pasa en primer lugar por un equilibrio entre naciones y sociedades que está muy lejos de lograrse y, en segundo lugar, por un equilibrio con el entorno que cada día es más difícil, aunque en lugares concretos cambien positivamente las condiciones.

Creo que, efectivamente, muchas culturas y pueblos han vivido sin poner en peligro la tierra y el entorno en el que se asentaban, al menos mientras mantenían poblaciones reducidas en grandes territorios. Los sistemas tribales evolucionaron en muchos casos hacia civilizaciones e imperios que fueron cayendo debido al agotamiento de los bosques y los recursos o de la decadencia de las sociedades. El problema es que nos encontramos en un imperio global que es capaz de agotar los recursos a escala global y de generar problemas planetarios.

Por mucho que con frecuencia oigamos hablar de un futuro con robots y rodeados de alta tecnología o en colonias en otros planetas, creo que se trata de delirios tecnológicos. Urge poner los pies en la tierra y abordar los problemas de un modo real y efectivo. Sin renunciar a la tecnología, habremos de aprender a ponerla a nuestro servicio en vez de quedarnos hipnotizados frente a las pantallas.

Por otro lado, vivimos en un sistema en el que cuanto más arriba nos colocamos en el escalafón social, más y más delegamos nuestras responsabilidades. Si no plantamos árboles, no cultivamos el huerto, no cocinamos ni hacemos la limpieza de nuestra casa, apenas estamos con nuestros hijos y no vemos la luz del sol, nuestro contacto con el mundo real se difumina.

Parece más necesario que nunca tomar conciencia de la propia responsabilidad y del papel primordial que habrán de tener los árboles si queremos construir un futuro verde en vez de negro. Tarde o temprano tendremos que aprender a convivir entre nosotros y con lo otro y ello implicará sin duda crecer en unos sentidos y decrecer en otros.

¿Qué opinas de la conciencia ecológica actual? ¿Crees que las iniciativas conservacionistas están bien encaminadas?

Existe sin duda una creciente conciencia ecológica que debe extenderse y hacerse más profunda hasta que el ecologismo desaparezca porque todos estemos involucrados en la conservación del medio ambiente. Sin embargo, en algunas ocasiones se intenta reconducir todo este movimiento hacia intereses contrarios a este objetivo. Uno puede estar comprando papel ecológico porque en su proceso no se utiliza el cloro y que la materia prima proceda de bosques primarios, con lo que contribuimos a la destrucción de hábitats de un valor incalculable y comprometemos la supervivencia de los habitantes de estos paisajes, que vivieron armónicamente durante milenios respetando el lugar. Una vez más, lo más ecológico y acertado es consumir lo justo y estar informados en la medida de lo posible.

Por otro lado, los movimientos y las actitudes conservacionistas son probablemente demasiado urbanos y carecen con frecuencia de una perspectiva cercana al medio natural y rural. La propia humanidad está tomando una deriva peligrosamente ciudadana, hasta el punto de que nos referimos a los habitantes de un país como “ciudadanos”. La ciudad cobra un creciente poder en la toma de decisiones y el consumo de recursos. En este contexto se producen desencuentros inevitables, en gran parte producidos por la prepotencia de esta civilización que se considera culta y olvida las culturas tradicionales y todos sus logros esenciales para la convivencia armónica con el medio. Pese a ser la pieza fundamental que garantiza el equilibrio de los paisajes, el paisano no encuentra el necesario reconocimiento y tiene una preocupante falta de autoestima, a la par que se siente amenazado por un movimiento ecologista que no siempre ha entendido el legado de los hombres de la montaña y el campo. Y me refiero a cultura y sabiduría, pero también a paisajes, a conservación de patrimonio genético de incalculable valor tanto en especies animales como vegetales, etc.

¿Cuáles son las lecciones del bosque? ¿Quién nos las puede transmitir?

Quizá la lección más importante es que formamos parte del paisaje y que es posible convivir de un modo saludable si sabemos fluir en este mundo, en el que la competencia y la cooperación son igualmente vitales. Pero podemos aprender tantas cosas del árbol y el bosque y podemos encontrar tanta inspiración, sosiego y belleza que solo por ello merece la pena frecuentarlos. Lógicamente, existen mil modos de acercarse. A través de los libros y las aulas se aprenden cosas, pero es esencial que estos mundos virtuales no le resten tiempo y espacio a la experiencia directa y real, al contacto vivo con los mejores maestros, que son, en definitiva, los bosques y sus habitantes, la naturaleza misma. Estamos llegando a niveles de absurdo, como la enseñanza de la asignatura del conocimiento del medio a través de programas de ordenador o que las universidades impartan cursos de Biología en los que el tiempo de contacto con la naturaleza apenas llega al 1% del total.

Otra enseñanza del bosque es la tolerancia. Observándolo se comprende que la vida y la muerte están trenzados de tal modo y conviven con tal naturalidad y con tal diversidad de estrategias y formas de expresarse y relacionarse que las ideas preconcebidas y las certezas absolutas se desvanecen. El bosque es probablemente el lugar donde la meditación es más natural y el sosiego llega por sí mismo.

La nuestra no es la única inteligencia de este planeta. Hay tantas inteligencias como seres y organismos vivos y probablemente existen otras estrategias mucho más eficaces para la supervivencia. Esta comprensión es vital para nuestro futuro, porque la falsa idea de que somos el centro del universo y el mayor logro de la creación conlleva un modo perverso de entender el mundo y relacionarse con él.

Los vegetales nos enseñan que la actividad no es el único camino, que la quietud, la paciencia y la sabiduría pueden ser extraordinariamente efectivas y que la cooperación y el crecimiento lento y constante son imprescindibles en un mundo en el que todos compartimos un mismo aliento.

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