Del trekking a la meditación en altura

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Juan Fornieles, Natura. Mayo 2008ç

La primera aproximación a la montaña la hice en mi ciudad natal, Terrassa (Barcelona). En Cataluña, aunque les parezca exagerado, se ha hecho un arte del excursionismo. Además de contar con una red interminable de caminos, hay una cultura popular del montañismo visible desde la época escolar. Recuerdo que en secundaria los Escolapios organizaban ascensiones a La Mola (1.100 metros) con todo tipo de excusas: para estudiar el románico catalán, para conocer las diferentes vías de subida, para hacer una recogida selectiva de basura, para practicar deporte o para probar nuestra capacidad de liderazgo.

A la caza de nuevas experiencias, descubrí las carreras de montaña, buscando la espiritualidad que se desprende del esfuerzo en altura. Muchas de estas competiciones arrancan en alguna población barcelonesa y, tras decenas de kilómetros por caminos PR o GR, acaban de forma cuasi religiosa a los pies de la Abadía de Montserrat. Una de las más famosas es la Tres Monasterios, que parte de Sant Cugat, pero también las hay para superatletas, como la Matagalls: 83 kilómetros con unos desniveles que quitan el hipo.

Como me iba la marcha, pisé el acelerador. De pronto, mis vacaciones se reconvirtieron en caminatas de 15 días por el GR-11 (una senda alucinante que conecta Guipúzcoa con Girona a través del Pirineo). Caminé con una mochila y un amigo a razón de 30/40 kilómetros diarios en busca de tres metas: conseguir un reto, buscarme a mí mismo -imaginen cuánto tiempo se tiene para reflexionar- y disfrutar de la naturaleza salvaje. La experiencia la repetí varias veces. Mi irrupción en el periodismo me obligó a cambiar de vida y de provincia: primero Valencia; ahora, Madrid. A pesar de ello, no dejé de mover las piernas. Si no caminaba, me faltaba algo.

En la capital, bajo esa eterna chapela de contaminación que nos cubre, me sumí en un trabajo que exige precisión de relojero suizo y temple. Un mundo atractivo, ciclotímico y envolvente en el que el estrés es habitual. Para evitarlo, cómo no, volví a refugiarme en las caminatas, cada vez más largas, para intentar recuperar el equilibrio. Comencé a preparar marchas de 100 kilómetros en 24 horas y a darme tutes de entre 14 y 18 kilómetros al menos una vez por semana. Así, mis pasos suelen llevarme a Peñalara, Bola del Mundo, el Yelmo, Gredos…

Pero ahí no acaba la cosa. En los últimos años, y quizá a raíz de vivir en pareja y de ser padre, algo más ha cambiado en mi interior. Mi afán deportivo-competitivo ha amainado para adentrarme aún más en la vertiente mística de la montaña: caminar y pensar. Ahora, soy consciente de que los senderos y las alturas me sirven de improvisados ‘ashrams’ en los que vacío lo negativo y recargo oxígeno y baterías.

Por supuesto, y con la ayuda de Internet, les confieso que me he dado cuenta de que eso de sanarte a pasos ya estaba inventado. Thich Nath Hanh es el padre del budismo comprometido y de la “meditación caminando” (‘www.plumvillage.org’). Este líder espiritual aconseja, según leo en un catálogo comercial, “caminar lento [en este punto no coincidimos], de forma relajada, manteniendo una ligera sonrisa en los labios y siempre acompasando los pasos a la respiración”. Va más allá: “Si lo hacemos bien, estamos masajeando la Tierra con nuestros pies y plantando semillas de dicha a cada paso, caminar con plena conciencia restaura nuestra paz y armonía y puede restaurar las de la madre Tierra también”.

Como ven, todo son ventajas. Si no le/me creen, prueben a iniciarse en el ‘trekking’. Pasear camino de una cumbre es una medicina recetable, y sin contraindicaciones, que les servirá para mejorar su interior y su fachada. Así que no lo piensen más, busquen una ruta adecuada y disfruten. Su cuerpo y su mente se lo agradecerán.

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Juan Fornieles es redactor jefe de cierre de EL MUNDO.

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