Consecuencias ecológicas de los incendios

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Por Alex Fernández Muerza

27/08/2009

España y Grecia sufren durante este verano graves incendios forestales. Su impacto ecológico es muy superior al de las imágenes de árboles chamuscados que ofrecen los medios de comunicación y sobrepasa, incluso, las áreas afectadas. La destrucción de biodiversidad, el aumento de la desertificación o la disminución de la calidad de las aguas y la atmósfera son algunas de las consecuencias negativas posteriores a un incendio. La recuperación de los bosques afectados, si se consigue, puede llevar décadas.

Desde siempre el fuego ha sido un elemento normal en el funcionamiento de los ecosistemas. El fuego ha permitido una serie de hábitats en los que distintos organismos pueden prosperar. La corteza gruesa de muchos árboles, como el pino piñonero y el alcornoque; la gran capacidad de rebrote de algunas plantas y árboles, como los robles y encinas; el desarrollo de raíces muy profundas o de semillas con cubiertas duras que se abren tras un fuego, como las del pino carrasco o la jara blanca, son evidencias de adaptación a las características de la zona mediterránea.

El problema ha surgido con el aumento de la cantidad de incendios. Se estima que en la actualidad entre un 80% y un 90% son causados por el ser humano, ya sea de forma accidental o intencionada. Este incremento sobrepasa la capacidad de recuperación natural de las especies adaptadas y les provoca graves problemas de supervivencia. Otras muchas especies que carecen de estos mecanismos de adaptación pueden llegar a desaparecer de forma definitiva.

La fauna del lugar con menor movilidad es la que padece el mayor impacto en un primer momento. El resto de especies que ha sobrevivido refugiada en la zona o que ha conseguido huir y regresa, se enfrenta a un proceso de regeneración muy difícil: las condiciones extremas posteriores provocan graves daños en el ecosistema y la cadena trófica. Las especies que escapan y se asientan en otras zonas alteran el equilibrio de su nuevo hogar.

La biodiversidad de la zona incendiada experimenta cambios en su estructura y en su composición. Las especies vegetales de tipo leñoso son sustituidas por otras que colonizan este hábitat, gramíneas en su mayor parte. Las especies animales propias de estas zonas boscosas dejan paso a otras adaptadas a espacios más abiertos. Un reciente estudio publicado en la revista Global Change Biology señala que la mayoría de aves de los bosques catalanes tiene su origen en el norte de Europa. Los responsables de la investigación, un grupo de científicos del Centro Tecnológico Forestal de Catalunya, explican que el tipo de bosque generado tras un incendio (sobre todo matorrales) es el “hábitat ideal” para determinadas aves, como el escribano hortelano.

Además de perder parte de su hábitat, los bosques fragmentados por los incendios generan problemas de conectividad. Los seres vivos ven peligrar su reserva genética viable y su supervivencia a largo plazo.

Impacto en el suelo, el agua y la atmósfera

El impacto medioambiental de los incendios forestales no se limita a la biodiversidad. El suelo y el agua son dos caras de la misma moneda, por lo que un incendio afecta a ambos de forma relacionada. Las zonas mediterráneas destruidas por el fuego son víctimas de un fenómeno conocido como “sabanización”. La tierra queda casi estéril y limita la recolonización de las plantas autóctonas. El suelo se vuelve más impermeable e impide la penetración del agua en su interior. La actividad bacteriana y de los hongos, trascendentales en los procesos biológicos del suelo, se ve también muy afectada. La sucesión de nuevos fuegos y lluvias torrenciales incrementa la erosión y la pérdida del suelo fértil.

En las zonas mediterráneas, esta erosión se suele producir en los dos primeros meses tras el incendio. El manto vegetal desaparece, y con él, la barrera natural que retiene el agua y frena las inundaciones. Es lo que se denomina “desertificación del paisaje”. Algunos expertos señalan que es el daño ecológico más grave causado por este desastre natural. Greenpeace asegura que más de un tercio de la superficie española padece este problema.

Los incendios forestales generan contaminación de diversas formas. Durante los primeros momentos después del fuego, la mineralización de la materia orgánica vegetal provoca una efímera fertilidad del suelo. Pero la gran mayoría de estos nutrientes son muy volátiles y pasan a la atmósfera o quedan disueltos en corrientes de agua. Como efecto derivado de la combustión de las masas forestales, diversas partículas y gases, incluidos los de tipo invernadero, como el dióxido de carbono (CO2), acaban también en la atmósfera.

Los costes económicos de un incendio forestal son considerables. La madera y sus productos derivados, desde papel hasta combustible, y los productos alimenticios de la zona, ya no pueden aprovecharse. El ecosistema pierde su atractivo para las actividades de ocio y turismo. Las labores de regeneración suponen un gran desembolso económico que no siempre se ve recompensado.

Los países mediterráneos, los grandes afectados

La magnitud de los incendios forestales en España y Grecia no es casual: la Agencia Europea de Medioambiente (EEA) señala que el 95% del área que cada año se quema en la Unión Europea pertenece a la zona mediterránea, en su mayor parte durante el verano. Los responsables de la EEA indican que el fuego es uno de los principales daños que sufren los bosques europeos: todos los años se quema una media de 500.000 hectáreas (el doble de la superficie de Luxemburgo).

Los expertos de la EEA añaden que el número de incendios forestales en la última década ha aumentado en Europa, pero las zonas afectadas no han crecido tanto gracias a las mejoras en los métodos de lucha contra el fuego.

Las organizaciones ecologistas no creen lo mismo. WWF afirma que 2009 es el peor año de la década en grandes incendios forestales (superiores a 500 hectáreas de superficie afectada) en España. Ecologistas en Acción estima más de 12.000 evacuados por incendios forestales en julio y agosto, “en ocasiones de forma desordenada y caótica”, y cuyas vidas se ponen en peligro ante el avance incontrolado del fuego.

En estos ocho primeros meses del año, se han quemado unas 90.000 hectáreas, más del doble que en 2008, según datos del Ministerio de Medio Ambiente, Medio Rural y Marino (MARM). El Gobierno ha aprobado diversas medidas urgentes, entre ellas, 25 millones de euros en préstamos del ICO para compensar las pérdidas. Los datos del presente año tendrían que empeorar mucho más para acercarse a los de 1994, cuando se quemaron 359.000 hectáreas y las pérdidas ascendieron a más de mil millones de euros.

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