“Civilización es cuidar el paisaje, lo otro es barbarie”

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Eduardo Martínez de Pisón

Pedro Cáceres. Natura. Mayo 2008

Trabaja rodeado de montañas de libros y montañas reales, fotografiadas en la pared. El glaciar de Monte Perdido convive con el Guadarrama en relieve y el plano de la Antártida. Hace dos días estuvo paseando por la sierra y la semana que viene se marcha al desierto de Gobi. Ese es su territorio, el de los lugares más apartados. Es un explorador y un montañero, pero sobre todo un humanista y un hombre tranquilo. Como geógrafo, es un pensador del paisaje y, como ciudadano, un defensor enérgico del bien común: el de un territorio bien ordenado. Ese que brilla por su ausencia en nuestros días.

PREGUNTA.- Viniendo hacia acá he visto rascacielos nuevos, autopistas, rotondas, un telón de grúas donde antes había campo. ¿Es eso paisaje?

RESPUESTA.- Sí lo es. Paisaje es una configuración que tiene cualquier territorio. Puede ser bello o puede ser horrible, pero en cuanto un territorio tiene una configuración y sobre él se vuelca una carga cultural, anímica o política, una carga humana, se vuelve paisaje.

P.- ¿Y no hay un paisaje urbano cada vez más dominante?

R.- Todo está afectado por un proceso de transformación muy acelerado, muy tenso. El dinero fácil que ha acompañado a la burbuja inmobiliaria ha alcanzado las lindes, los finisterres, los últimos reductos que teníamos. La ciudad se extiende con anillos de circunvalación y carreteras radiales que se van cerrando como una tenaza, dejando islas de naturaleza en un mar urbano.

P.- ¿Es ese sueño del adosado en plena naturaleza que lleva a miles de personas a vivir en un campo que ya no es campo?

R.- Eso viene de Estados Unidos, que es muy grande. A nosotros nos conviene hacer planteamientos urbanísticos que no se hagan a expensas de la naturaleza, del paisaje rural y del paisaje natural. La idea de ciudad jardín hay que tenerla como algo propio de los núcleos urbanos, no como algo que extienda la ciudad a otras partes. Si las cumbres están llenas de aerogeneradores porque hace viento y no se ha estimado más que los kilovatios que producen; si las laderas medias las tenemos todo llenas de pistas y la parte baja está urbanizada, entonces hemos pasado de un modelo rural-natural a un modelo urbano.

P.- ¿Era preferible la clásica urbe amurallada castellana?

R.- Esas ciudades eran como la colmena del hombre porque el hombre segrega la ciudad como la abeja el panal. La ciudad manchega es el arquetipo del panal del hombre. Pero ahora ya no estamos en eso, ahora es un termitero, la marabunta…

P.- ¿No hay ya lugares remotos?

R.- Cada vez quedan menos. Primero, porque puedes dar la vuelta al mundo sin encontrar un confín. Puedes coger un avión e ir de ciudad en ciudad y ver que todas se parecen. Nos preguntábamos qué iba a pasar con Hong Kong cuando dependiera de China y lo que ha ocurrido es que todas las ciudades chinas son pequeñas Hong Kong. Son modelos contagiosos. La salud no se contagia, pero la enfermedad lo hace con una facilidad enorme.

P.- Pero hay una sensación extendida de que eso es ‘progreso’.

R.- Ese es el argumento financiero y economicista de muchos políticos. Pero mis argumentos son los de un geógrafo que ve las cosas desde el lado de la razón, de la cultura y de las calidades del territorio y el paisaje. Yo veo el destrozo. No puede ser el progreso económico a cualquier precio porque hay que ver el precio que se está pagando. El verdadero progreso hoy en día es el que lleva consigo la cultura. Si un progreso prescinde de la cultura o arrasa o es hostil a la cultura no es progreso para mí.

P.- Pero cultura no es sólo las bellas artes o las letras, entonces.

R.- Me refiero a un trasfondo de carácter cultural que engloba el territorio y engloba el paisaje como un patrimonio. Aquí tenemos un problema tremendo y es que no se defienden los paisajes. Se hace desde un punto de vista monumental o desde un punto de vista naturalístico, a veces, incluso, faunístico solo. Tampoco se defiende el hábitat rural que es magnífico, pero al ser pobre y no ser monumental no ha adquirido los atributos para que sea defendido. Lo que hay que hacer es buscar la defensa del paisaje como un acto de integración. El anterior Ministerio de Medio Ambiente ratificó el Convenio Europeo del Paisaje. Alguien tendrá que hacerse cargo, tendrá una normativa que habrá que aplicar. Para eso se necesita probablemente una Secretaría de Estado o una Dirección General, como mínimo, que sea interdisciplinar e interministerial.

Pisón hace una pausa para atender a un colega de la universidad que llama al despacho. Después continúa hablando de lo urgente que es actuar “ya mismo” para salvar los paisajes más valiosos y más amenazados por la ola urbanizadora. “Tienen nombres propios, Gredos, Pirineo aragonés, Guadarrama”. Lamenta que las comunidades de Madrid y Castilla y León no se pongan de acuerdo después de años de promesas para convertir Guadarrama en Parque Nacional, y cree que hace falta altura de miras en los políticos. Pero también entiende que una forma estricta de concebir la conservación, buscando sólo lugares inmaculados donde ya no existen, ha entorpecido proteger espacios que lo merecían. No admitir actividades tradicionales en los parques impediría que Picos de Europa, Teide o Monfragüe fueran ahora Parque Nacional, cuando ya lo son. Volvemos al hombre, protagonista del paisaje.

P.- ¿Es un error expulsar al hombre de la conservación?

R.- Sí, porque se forma una antítesis entre hombre y naturaleza. Quitar al hombre es quitar una entidad que forma parte del conjunto y además es injusto. Lo que hay que hacer es regular. En España el paisaje está habitado, tiene dueños, está adquirido, trabajado, es un paisaje con figuras. Hay que encontrar equilibrios en los que el hombre pueda coexistir con la naturaleza protegida. Crear un modelo de progreso distinto a la modificación saqueadora del territorio. Hay modelos conservacionistas que también tienen progreso porque traen dinero a través de otras fórmulas. Aquí no estamos hablando de antártidas, aquí siempre ha habido hombres.

P.- Pero la conservación ha buscado salvar espacios inmaculados y ha despreciado las campiñas, tan ricas en biodiversidad.

R.- En el caso español, el paisaje como decantación del territorio no está en los ingredientes del ecologismo y la administración. Y el paisaje es la identidad y las raíces de las culturas, de las sociedades y los pueblos. La ciudadanía, que dicen ahora los políticos, se asienta en una ósmosis con el paisaje. Recordando aquello que decía Ortega y Gasset de que ‘yo soy yo y mi circunstancia’, resulta que hay una parte de tu circunstancia que es el paisaje que te rodea y es entonces tu misma posibilidad de ser persona. A la gente no se la puede enviar a vivir en el lodazal.

P.- ¿Estamos creando una globalización de lo feo?

R.- Sí, sin la más mínima duda. Hay una cosa contagiosa de lo barato, lo fácil. El espíritu es muy delicado porque en cuanto ve que las cosas tienen ruido huye a lugares más tranquilos

P.- ¿Por eso le gusta tanto la montaña?

R.- Sí. Aparte de la belleza del paisaje. Se respira el mundo naciente no el mundo muriente. Un mundo recién hecho hace millones de años.

P.- Todo esto tiene un mucho de valor estético.

R.- Es que la estética no es una impertinencia, es una exigencia de nivel y de grado y de calidad. Yo siempre apelo a la civilización. ¿Somos o no somos una civilización? La civilización es la que cuida el paisaje y la que no lo cuida o lo desgasta es una barbarie. Hay barbaries de cinco céntimos y las hay de 500 millones, pero pueden ser igual de barbarie o más barbarie está ultima. No podemos consentir que los autores de ciertos desaguisados vayan diciendo por ahí ‘nosotros somos los que hemos traído la prosperidad a este país’. Que sepan al menos que hay gente que decimos que no.

EL PERSONAJE

Nacido en 1937, es catedrático de Geografía en la Universidad Autónoma de Madrid. Su materia de estudio es el paisaje y, su pasión, la montaña. Ha viajado a las cumbres más altas del planeta, ha publicado decenas de trabajos sobre ellas y ha luchado con denuedo por evitar su destrucción.

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