Cambio Climático: soluciones concretas para un problema concreto

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Por Stephen Leahy

TORONTO, abr 2008 (IPS) – No hace mucho, los fumadores podían encender sus cigarrillos en cualquier parte de Canadá y Estados Unidos. Ahora, están confinados a unos pocos espacios al aire libre. Como consecuencia, fuma mucha menos gente. “Hubo un cambio importante en los valores relativos al hábito de fumar”, dijo Anthony Leiserowitz, director del Proyecto sobre Cambio Climático en la Universidad de Yale.

Las leyes contra el tabaquismo, los impuestos más elevados y el conocimiento sobre los impactos en la salud del fumador activo y pasivo fueron, entre otros, los factores que condujeron al cambio, señaló Leiserowitz a IPS.

La mayoría de la población está preocupada por el cambio climático, pero lo ven como un problema abstracto y no logran establecer la conexión con eventos climáticos como el huracán Katrina, que devastó el meridional estado estadounidense de Lousiana en agosto de 2005, agregó.

Eso también podría estar cambiando. Australia, que padece sequías sin precedentes, cambió el partido de gobierno en 2007, en parte porque la ciudadanía rechazaba al hasta entonces primer ministro John Howard se negaba a tomar medidas contra las emisiones de dióxido de carbono.

“Podría decirse que John Howard fue el primer gobernante en perder el cargo a causa del clima”, expresó Leiserowitz.

Howard podría tener mucha compañía en los próximos años, a medida que el público mundial abra los ojos ante los impactos del cambio climático, a veces sutiles, a veces dramáticos.

Los dramáticos serán decisivos, equivalentes al del ataque terrorista que el 11 de septiembre de 2001 dejaron 3.000 muertos en Nueva York y Washington y que aparejó enormes cambios políticos y sociales.

Paradójicamente, la inminente recesión en Estados Unidos puede estimular un deseo de acción más fuerte, según Leiserowitz.

Cuando el público percibe, en general, que la economía marcha bien, la ciudadanía es mucho más reacia a los cambios. “Si percibe que el sistema está roto, entonces hay una mayor apertura”, explicó.

Por lo tanto, éste es un buen momento para imponer los tres principios de la seguridad climática: reducir el consumo de combustibles fósiles en todo el mundo, eliminar todas las actividades y productos no esenciales que involucren esa fuente de energía, y exigir a las empresas y el gobierno que minimicen su uso en el transporte y la producción.

Las oportunidades para reducir costos y emisiones son frecuentes en la vida diaria. Comprar alimentos producidos localmente reduce sustancialmente el combustible que se quema al embarcar mercaderías que recorren grandes distancias.

Y si los alimentos de la localidad en la que uno vive son más caros que los que viajan miles de kilómetros, los consumidores pueden inquirir a las autoridades y productores por qué ocurre eso.

Por otra parte, el público no pueden elegir los medios públicos de transporte si no existen o son de mala calidad. De ahí la necesidad de exigir un transporte público cómodo, barato, eficiente y fácil de usar.

“Volverlo fácil” es un ingrediente crucial para crear un cambio masivo, enfatizó Leiserowitz.

Actualmente, algunas aerolíneas incluyen en la compra de un pasaje la opción de compensar el dióxido de carbono emitido por el vuelo. De ese modo, el pasajero paga una pequeña tarifa destinada a plantar árboles que absorban su parte de las emisiones.

La mayoría de los clientes no lo hace, pero no por el costo o la falta de preocupación por el cambio climático, sino porque tienen que tomar una decisión, dijo.

Si esta cuota de “compensación de carbono” fuera parte del proceso normal de venta de pasajes aéreos –y aunque los viajeros pudieran optar por no pagarlo sin ser sancionados– casi todos compensarían sus emisiones, alegó. Pocos tomarían la decisión de no pagar esa pequeña suma.

“Los políticos y líderes empresariales necesitan reconocer cómo funciona la gente”, opinó. “El cambio social puede ocurrir de un modo extremadamente rápido.”

Por ejemplo, hace 10 años pocos habrían pensado en una prohibición de fumar en lugares de trabajo, restaurantes, bares y otros espacios públicos interiores. Ahora, esas regulaciones son parte normal de la vida en decenas de países.

La transición a la nueva norma de un “estilo de vida climáticamente segura”, como lo llama el escritor Dan Bloom, no será suave.

Incluso después de iniciado el cambio –lo que puede haber ocurrido ya–, pasarán muchos años de eventos climáticos extremos que dejarán por el camino los mejores esfuerzos por reducir las emisiones. Esa perspectiva resulta desalentadora.

La atención de los ciudadanos deberá ser dirigida hacia un cambio social positivo, destacó Susanne Moser, científica investigadora del Instituto para el Estudio de la Sociedad y el Ambiente en el Centro Nacional para la Investigación Atmosférica en Boulder, en el central estado estadounidense de Colorado.

“Necesitamos darle a la gente una visión positiva de que vale la pena luchar por”¦ Y eso será mirando a una comunidad sustentable donde hay mucha interacción social, donde nos encanta estar con el otro, a pesar de un clima difícil, a pesar de un mundo difícil”, dijo Moser en un “podcast” –informe en audio al que se accede a través de Internet– publicado por la Universidad del Estado de Oregon.

El cambio climático empeora cada día. Las acciones individuales son importantes. ¿Puede la comunidad mundial actuar a tiempo para evitar lo peor?

Un juego de avaros
Por Stephen Leahy

TORONTO, abr (IPS) – Cada vez hay más pruebas de que el cambio climático puede instalar un caos en el futuro como ningún otro fenómeno que se haya conocido, según una original investigación publicada en una prestigiosa revista científica estadounidense.

Tomar medidas colectivas a tiempo para evitar lo peor significa recompensar acciones sustentables, castigar a los que contaminan y felicitar públicamente a aquellos que tratan de proteger el ambiente, prosigue.

Todas las naciones fijarán un objetivo y un cronograma para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero liberadas por la quema de combustibles fósiles cuando se reúnan en Copenhague a fines de 2009 con motivo de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático.

La mayoría de los científicos atribuyen el recalentamiento del planeta a los llamados gases invernadero como el dióxido de carbono, el metano y el óxido nitroso.

Numerosos científicos insisten en que el objetivo que debe fijarse para 2020 debe ser una reducción de entre 25 y 40 por ciento, respecto de las cifras registradas en 1990.

¿Podrá la comunidad internacional alcanzar ese objetivo colectivo mediante acciones individuales cuando todo el mundo sufre de forma individual las consecuencias de no lograr la meta? La respuesta sencilla es: no.

Al menos ése fue el resultado de un experimento realizado para evaluar la capacidad de las personas para lidiar con ese tipo de situación.

“La gente no actúa con racionalidad, ni siquiera para proteger a sus propios intereses”, observó Manfred Milinski del Instituto Max Planck de Evolución Biológica en Plon, Alemania.

El experimento de Milinski es un juego sencillo.

Seis jugadores reciben 40 euros (poco más de 62 dólares) en sus cuentas privadas. En cada jugada deben transferir de forma anónima entre cero, dos y cuatro euros (alrededor de tres y seis dólares) a una “cuenta climática” colectiva.

Después de 10 jugadas, el juego termina y la cuenta climática debe tener al menos 120 euros (más de 187 dólares). Si se alcanza o se supera esa cifra, el clima se salva y cada jugador puede quedarse con la cantidad que quedó en su propia cuenta.

Pero si no llegan a depositar los 120 euros, hay 90 por ciento de posibilidades de que el clima y los jugadores pierdan.

Diez grupos jugaron y sólo cinco alcanzaron el objetivo, y éstos lo hicieron por poco. Un resultado sorprendente si se tiene en cuenta que a todos se les mencionó los graves riesgos que supone el cambio climático.

Si en cada jugada todos contribuían con dos euros (poco más de tres dólares), se lograba el objetivo, se salvaba el clima y los jugadores se llevaban 20 euros (unos 31 dólares) en el bolsillo. Simple. Todo el mundo ganaba.

“Todos los grupos debieron logar el objetivo”, dijo Milinski a IPS, al explicar el estudio publicado por la revista científica estadounidense Proceedings of the National Academy of Sciences, (conocida por sus siglas en inglés PNAS) el 19 de febrero.

¿Qué pasó entonces?

Los jugadores comenzaron aportando dos o incluso cuatro euros, pero luego se detuvieron con la esperanza de que otros aportaran por ellos y así quedarse con más dinero en sus cuentas personales. Al parecer, la actitud avara de una persona fue imitada por las otras.

Pero hacia el final del juego, al ver que no se llegaba al objetivo y todos perderían, las contribuciones se dispararon. Para la mitad de los grupos ya era demasiado tarde y por unos pocos euros no alcanzaron la meta.

“Fue el experimento más frustrante que haya hecho”, indicó Milinski.

Los resultados lo llevan a preocuparse de los problemas graves que afronta la humanidad.

El juego fue con pequeños grupos de universitarios con conocimientos de la situación a quienes se dio una consigna clara y reglas simples para salvar el clima. Aun así, sólo la mitad pudo dejar sus propios intereses de corto plazo de lado para lograrlo.

“Cuanto más grandes son los grupos, menor es la cooperación”, apuntó Milinski. “Y muchas personas desconocen la amplitud del problema climático. Es mucho más complicado en el gran juego de las negociaciones” políticas al respecto.

En la realidad es obvio que Canadá y Estados Unidos son los “free-riders” (“usuarios abusivos”), en tanto Gran Bretaña hace un “juego limpio” y otros países como Suecia son “altruistas”, aportan más de lo que les corresponde para reducir las emisiones.

La cooperación mejora con el aprendizaje, indicó Anna Dreber, investigadora de la Universidad de Harvard y coautora de un comentario acerca del estudio de Milinski publicado también en la revista científica PNAS.

“Si los grupos que perdieron vuelven a jugar, podrán aprender y obtener un mejor resultado”, dijo Dreber a IPS.

Dreber saca esperanzas de otra versión del juego de Milinski con menos posibilidades de salvar el clima, pero algunas personas invirtieron igual su dinero. Posiblemente fue el resultado de haber recibido instrucciones previas acerca del peligro que supone el cambio climático.

“Estas observaciones también sugieren que las personas están dispuestas a apostar por el clima”, escribió Dreber.

Pero si a la gente se le hace creer que el riesgo es pequeño, entonces no colaborarán. Las personas deben estar bien informadas de los peligros que supone el cambio climático y entonces se sentirán más inclinadas a colaborar, concluyó Milinski.

También es muy importante reconocer y felicitar a personas, organizaciones y países como Suecia que luchan para proteger el ambiente, indicó Dreber.

Ellos son miembros valiosos de la comunidad mundial. De esa forma aumenta la posibilidad de que otros cooperen y sigan su ejemplo. Los “usuarios abusivos” no son bienvenidos y entonces tienen menos probabilidades de recibir ayuda de otros actores.

La prensa tiene un papel importante que desempeñar, no sólo informando de los graves peligros que conlleva el cambio climático sino mejorando la reputación de aquellos que abordan el problema, remarcó.

“Todavía no hay un liderazgo firme en cuestiones climáticas por parte de intereses filántropos, empresariales y de los medio de comunicación”, añadió Dreber.

Las acciones contaminantes deben ser señaladas como tales. Dreber sugiere que algunos vehículos pueden llevar autoadhesivos que adviertan: “Este automóvil es altamente ineficiente. Sus emisiones inciden en el cáncer de pulmón y en un cambio climático peligroso”.

No es realista esperar que los dirigentes políticos del mundo vayan a resolver el problema en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático del año que viene en Copenhague, subrayó Milinski.

Las personas deben darse cuenta de que el dióxido de carbono en la atmósfera se eleva con rapidez y que al igual que sus hijos están en peligro. Tenemos que cambiar nuestra forma de vivir a fin de reducir el uso de combustibles fósiles, señaló.

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