Buenos Aires distraída ante tormentas normalmente extraordinarias


Por Marcela Valente

Por las inundaciones, Buenos Aires sufrirá pérdidas inmobiliarias de unos 80 millones de dólares anuales en 2030 y de 300 millones de dólares anuales en 2050.

BUENOS AIRES, 16 abr (Tierramérica).- Los 18 muertos por una tormenta que se abatió sobre Buenos Aires fueron una trágica muestra de la imprevisión ante los eventos meteorológicos cada vez más poderosos y habituales en la capital argentina y sus suburbios.

“Argentina debería estar adaptada a tormentas severas porque siempre las tuvo. Lo que se está acelerando ahora es la intensidad y la frecuencia de las lluvias”, dijo a Tierramérica la meteoróloga Carolina Vera.

Además de las víctimas mortales, el temporal del 4 de este mes puso en situación de emergencia a 32.000 familias de barrios vulnerables, provocó daños totales o parciales en más de 200 escuelas, dejó sin luz ni agua a cientos de miles de personas y derribó unos 40.000 árboles.

“En nuestro barrio fallecieron dos chicos (niños). A uno de 13 años se le cayó encima un árbol y a un adolescente que dormía en la calle lo tapó una pared”, comentó a Tierramérica el sacerdote católico Lorenzo De Vedia, de un vecindario precario del sur capitalino.

Ese barrio, la Villa 21-24 de Barracas, fue uno de los más afectados. “Se volaron chapas (de techos), se mojaron colchones… Son las cosas que tiene la pobreza estructural en la que ellos viven”, apuntó.

El distrito capital, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, y su área metropolitana suman una superficie de 3.833 kilómetros cuadrados en la que viven 12,8 millones de personas, según el censo de 2010.

La tormenta se desató bruscamente, con lluvia abundante, granizo y vientos de casi 100 kilómetros por hora en algunas zonas del oeste y sur de la ciudad y sus alrededores.

Los registros más precisos y continuos que guarda Argentina son de lluvias y datan de hace más de un siglo. Esos estudios “muestran una tendencia al aumento de la abundancia y la frecuencia de precipitaciones”, dijo Vera.

Hay una variabilidad natural de la atmósfera que puede generar este tipo de tormentas por sí sola, pero en este caso “hay algunas evidencias de que estaría asociada al cambio climático”, explicó.

Directora del Centro de Investigaciones del Mar y la Atmósfera de la Universidad de Buenos Aires, Vera es una de las autoras del “Informe especial sobre el manejo de riesgos en eventos extremos y desastres para avanzar en la adaptación al cambio climático”, conocido por sus siglas en inglés SREX y publicado el 28 de marzo por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC).

Varias investigaciones recopiladas por el IPCC muestran la relación entre eventos extremos y cambio climático, pero para otros fenómenos, como las olas de calor, dijo Vera.

No obstante, cuando se trazan modelos climáticos a futuro y se proyectan escenarios de aumento de emisiones de gases de efecto invernadero se ve un incremento de precipitaciones en el centro y el este del país, aseveró.

Ante estas proyecciones, Argentina “no está hiperpreparada”. Necesitaría más radares meteorológicos, más recursos humanos para manejarlos y planes de contingencia para desastres.

“El gobierno compró radares que nos permiten mejorar los pronósticos, pero falta personal capacitado. Habría que formar gente. De hecho hay intención de hacerlo, pero hoy el Sistema Meteorológico Nacional no está del todo preparado”, dijo.

El pronóstico tampoco resuelve todo. Una vez que se da el alerta, la población debe saber qué hacer. “No se ven todavía acciones de manejo de desastre. La gente entra en pánico y muchos viven en casas con techos de chapa que se vuelan”, comentó.

Para la doctora en geografía Claudia Natenzón, del Programa de Investigaciones en Recursos Naturales y Ambiente de la Universidad de Buenos Aires, la cuestión es que “no se desarrollaron acciones preventivas”.

Natenzón, que investiga la vulnerabilidad social ante el cambio climático, explicó a Tierramérica que prevenir implica anticiparse al evento meteorológico para evitar un daño grave cuando este se produce.

Para eso se requieren conocimientos científicos sobre lo que puede ocurrir –aun considerando grados de incertidumbre–, puestos al servicio de planes de prevención.

En una tormenta, “los puntos de entrada” que elevan riesgos son los árboles ancianos o enfermos sin podar, el cableado, los techos de chapa que vuelan con el viento, y los de policarbonato que ceden bajo el granizo, ejemplificó.

Otros elementos de riesgo son la cartelería cada vez más profusa, con sostenes que no toleran vientos de temporal, o los techos sin paredes en tinglados o gasolineras. Uno de esos techos colapsó con la última tormenta y aplastó a un joven, matándolo.

Esas acciones preventivas no se han aplicado, “tal como se puso de manifiesto”, dijo Natenzón.

Su colega en el Programa, la antropóloga Ana Murgida, admitió que “algunas medidas pueden ser caras”, pero “el costo de la catástrofe siempre es mayor, recae sobre las cuentas públicas e impacta de modo más grave sobre sectores más vulnerables”.

Buenos Aires es una ciudad costera y, como tal, debe prepararse para inundaciones más frecuentes y dañinas asociadas a tormentas, por la elevación del nivel del mar, advierte la investigación “Cambio climático y ciudades: Informe de la primera evaluación de la Red de Investigaciones sobre Cambio Climático Urbano”, de la que participó Natenzón.

A raíz de las inundaciones, la urbe sufrirá pérdidas inmobiliarias de unos 80 millones de dólares anuales en 2030 y de 300 millones de dólares anuales en 2050. “Esos montos no incluyen las pérdidas de productividad de los desplazados o heridos”, aclara el estudio, publicado en junio de 2011 por Cambridge University Press.

Prevenir también implica desarrollar “estrategias de respuesta y recuperación rápida”, dijo Murgida a Tierramérica. De lo contrario, las sucesivas catástrofes “van agudizando la vulnerabilidad de los más pobres”.

La última tormenta tuvo una magnitud impensada en otras épocas, por la cantidad de personas afectadas y muertas, de casas destruidas, de servicios interrumpidos y de esfuerzo del Estado por asistir a los damnificados, dijo Murgida.

Una semana más tarde, miles de familias seguían sin vivienda, electricidad ni agua, y miles de niños y adolescentes de esos mismos barrios, continuaban sin escuelas a las que asistir y ponerse bajo techo, al menos por un rato.

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