El toro, guardián de un espacio ecológico único

El Mundo, 20 abril 2007
Gonzalo Santonja

En regiones como Salamanca, el toro de lidia se ha convertido en una pieza insustituible del paisaje, un defensor de la dehesa y un arma frente a la despoblación de las zonas rurales más amenazadas por este problema.

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Familiar y asumida la imagen del toro bravo en España, ésta no deja de asombrar a quienes se enfrentan a ella por vez primera, que de inmediato se preguntan por la razón y el motivo de su existencia, ajenos a debates estériles. Al situarse en esa perspectiva, se ponen en suerte y en el terreno adecuado.

Los toros, nuestros toros de lidia, no son el bos primigenius, materia de nebulosa, ni el legendario urus, referencia de suposiciones sobre unos orígenes perdidos en la bruma de las edades. Apurando las cosas, los toros, nuestros actuales toros de lidia, tampoco serían, o lo serían con cambios muy sustanciales, aquellos animales primarios de los alanceamientos medievales, bastos y descompensados, propicios sólo para el encontronazo y la lucha bronca de unos instantes, prestos a la huida y correosos, maulones y metidos en tablas. Y es que nuestros toros de lidia, que se quieren encelados, pastueños y prontos, crecidos ante el castigo y embebidos en el engaño, son creación, prodigiosa, del hombre, el fruto depurado del saber y la vocación de los ganaderos, condición decisiva que los antitaurinos apresurados suelen pasar por alto.

Lidia ecológica

La existencia del ganado de lidia responde, única y exclusivamente, a razones estéticas, a la voluntad del pueblo, que al decantarse por una concepción determinada del toreo obligó a los ganaderos a perseguir las hechuras y el comportamiento adecuado en busca de la casta y de la armonía a través de generaciones, en suma de esfuerzos y acumulación de experiencias. Los actuales toros de lidia no existirían, sencillamente no existirían, sin la Fiesta, su única causa.

Acabar con ella sería más o menos lo mismo que afrontar el problema del agua en Levante secando las fuentes del Ebro: agostado entonces el caudal del río, ya no habría lugar para discusiones sobre repartos, trasvases o cuotas de riego.

Sencillamente es así: el toro vive por y para los Toros y, de paso, como elemento ineludible, el toro y los Toros mantienen el paraíso libre de la dehesa, que fatalmente se perderían, transformadas en campos de golf o en urbanizaciones para adosados, si fallasen sus fundamentos. ¿De verdad se es consciente de cuánto tenemos en juego?

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En Castilla y León, con unos 2.500 espectáculos taurinos al año (corridas, novilladas con y sin picadores, rejoneo, becerradas, festivales o bolsines), existen ganaderías en ocho de las nueve provincias; en distinta proporción, pero en ocho.

Esa riqueza alcanza cénit en Salamanca, el corazón del mundo del toro bravo, con más de 170 ganaderías en activo que aportan un 40% largo de los astados de lidia, producción únicamente superada por el conjunto de Andalucía, con predominio de los encastes Domecq, Atanasio Fernández (a destacar las ganaderías procedentes de Lisardo Sánchez), Santa Coloma y Vega-Villar, con los famosos patas blanca de Galache y Cobaleda, remendados y con lucero, estando asimismo representados Contreras, Urcola, Gamero-Cívico, Saltillo (aunque no en pureza), Murube y Parladé. También quedan gotas de sangre de las castas Vazqueña y Navarra en algunas vacadas. Tan extraordinaria diversidad, ¿no merece protección?

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Los tres periódicos de Salamanca, los tres, El Adelanto, La Gaceta y Tribuna, publican sendos suplementos semanales a lo largo de todo el año, y los tres periódicos, los tres, lanzan 16 páginas diarias con motivo del ciclo de la Feria de la Virgen de la Vega.

Salamanca se anima con muy concurridas tertulias durante la Feria, y una de ellas, la de Caja Duero, impulsada por el registrador de la propiedad Leopoldo Sánchez Gil, reúne cada noche a bastante más de 500 personas que siguen con verdadero interés las intervenciones de los mejores especialistas.

Habitual entre ellos la presencia de Andrés Duque, figura clave en la recuperación de la Fiesta en el País Vasco, papel que ahora se dispone a cumplir la familia Matilla, empresarios y ganaderos (Peña de Francia y Hermanos García Jiménez, ambas en El Cabaco) al frente de la Monumental de Barcelona, cuya gestión garantiza, en el peor de los casos, que su momentáneo broche final será de oro, si es que triunfan los desatinos del sectarismo (al otro lado de los Pirineos, en la Cataluña francesa, con los toros en auge, se producen casos tan significativos como el de la plaza de Ceret, siempre de bote en bote, donde las corridas empiezan por el canto de Els Segadors, demostración palpable de que toros y catalanismo no son realidades excluyentes, salvo que artificialmente prime un antiespañolismo que a conveniencia niega con desparpajo las tradiciones propias), lo que tampoco implicaría ninguna catástrofe, salvo para la afición de Cataluña.

De hecho, sus toreros ya han tenido que tomar las de Villadiego: Serafín Marín, por ejemplo, se ha exiliado en Fuentes de San Esteban, al lado de Ciudad Rodrigo. Silenciar esas tertulias, enmudecer a los aficionados de Barcelona y hacer de paso la vida imposible a los toreros de Cataluña, ¿en eso consiste el pluralismo?

“El toro, lo queramos o no”, escribe José Luis Puerto, “ocupa un lugar importantísimo en el imaginario colectivo tradicional de las tierras de Salamanca”, abundante en ritos y pródigo en leyendas, teniendo tal vez por emblema el romance de Los mozos de Monleón y el toro de piedra de la fuente romana, aunque ya aparecen representaciones artísticas de este animal, con los cuernos por cierto en puntas, en la estación rupestre de Siega Verde, en las riberas del Agueda. ¿También se quiere minimizar esto?

Quien se adentre por las rutas salmantinas del toro enseguida descubrirá ermitas de fantasía, como las de Buenamadre, Mesegal o la de la Virgen de Majadas Viejas, y siempre advertirá a su lado una plaza de toros, algunas de conmovedora rusticidad. Quizás el exponente de mayor notoriedad sea el de Béjar, con el Santuario de la Virgen y el coso de La Ancianita, de antigüedad venerable, ocupando la cima del monte sagrado de El Castañar.

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La provincia depara numerosas sorpresas: los burladeros de piedra del siglo XVI de Miranda del Castañar, situados a ambos lados de la Plaza del Castillo, de 55 centímetros y cerrados en lo alto por arcos de medio punto; el toril de Villavieja de Yeltes, localizado en medio de la Plaza Mayor, enfrente de su hermosa iglesia parroquial (“para hablarla de tú”, en gráfica expresión de Conrado Vicente Pérez) y con el balcón de la Justicia encima.

Toros y vaquillas descansan en la galería baja, después del encierro, antes de saltar al ruedo (y nunca mejor dicho) municipal. Qué destino se prefiere para ese gran acervo histórico-artístico: ¿el de los monumentos muertos y los pueblos abandonados o el de las villas habitadas y el Patrimonio en uso?

El escudo de Salamanca, ciudad y provincia, recoge junto al motivo del toro el de la encina y, en consecuencia, la dehesa: si se acabase con el toro, pronto rodarían las encinas y, casi a renglón seguido, sobrevendría la urbanización de las dehesas, el olvido paulatino de los romances y el arrinconamiento de las leyendas en recopilaciones para eruditos, el abandono de las ermitas, la ruina de tantas y tantas edificaciones históricas y la extinción de una especie única, especie multiplicada en castas y encastes de absoluta singularidad. Por encima de su intrínseca belleza, las corridas de toros sólo constituyen el aspecto más llamativo de un mundo excepcional. ¿Cómo puede cuestionarse un fenómeno de semejante envergadura?

Gonzalo Santonja es catedrático de Literatura española y director del Instituto Castellano y Leonés de la Lengua.

Dehesa y Doñana

En total, son cerca de 60.0000 las hectáreas de campo libre que el toro de lidia sostiene en Castilla y León, con más de 48.000 localizadas en Salamanca, un océano de encinas unido al vértigo de los alcornocales, fenómeno y espacio sin parangón, sostenido al margen de subvenciones. Doñana, por si se quiere entrar en ese terreno de las comparaciones que algunos (cuando les perjudican) motejan de odiosas, abarca menos de la tercera parte de extensión, sostenida a duras penas y gracias a unas inversiones que únicamente garantizan su declinar lento. Puestos a establecer prioridades en las preocupaciones, y antes de inventarse problemas, ¿no sería más lógico buscar soluciones a los que ya existen, nada menores ni escasos?

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Una región de toros

En Valladolid, por Boecillo, pastan las reses del Raso del Portillo, en propiedad de la familia Gamazo desde el siglo XIX, la ganadería más antigua de cuantas hoy se mantienen, acreditada allí desde la Edad Media; en Avila se encuentran albaserradas; por los campos de Segovia descuellan, a mi entender, los domecq de Mayalde; Zamora comparte con Salamanca el origen del encaste Vega-Villar, de maravillosos pelajes ensabanados, el más genuino de la comunidad de Castilla y León junto al de Atanasio Fernández; Caminero, especializado en la recría, alimenta desde Carrión de los Condes (Palencia) gran cantidad de festejos populares.

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Cabañas del frío

León cuenta con una ganadería (la de Valdellán, formada a comienzos de este siglo con santa colomas del Hoyo de la Gitana) y en Burgos se ha consolidado el milagro de “los toros del frío” de Antonio Bañuelos, trasladados a mediados de la década de los 90 desde la suavidad de Cádiz a la extremada dureza de Hontomín, en el Páramo de Masa, aclimatación conseguida a pesar de las enormes dificultades derivadas de un cambio tan radical. El panorama es de enorme riqueza. Sólo faltan ganaderías de Soria, donde, por otra parte, se encuentran abundantes testimonios de su presencia, hablando a este respecto con elocuencia muda las pinturas rupestres de Valonsadero, paraje que sigue acogiendo el ritual de la saca.
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