Encina, la hospitalidad de la Tierra


Al hablar de la encina en nuestro país, los botánicos distinguen dos variedades y dos tipos de bosque muy distintos: la subespecie ilex, ligada a los litorales norteños, que forma los alzinares catalanes y encinares cantábricos, y la subespecie ballota, cuyo paisaje más característico es la dehesa mediterránea, que el hombre y sus ganados han ido conformando desde hace siglos.

La primera forma pequeñas selvas densas con abundantes arbustos y lianas, mientras la típica dehesa es un bosque abierto en el que el pastizal y la bellota alimentan a todo tipo de animales. En Extremadura y otras regiones peninsulares, hay miles y miles de hectáreas pobladas de encina y alcornoque que forman ecosistemas de incalculable valor por su belleza, por su diversidad biológica y por su potencialidad para generar riqueza y mantener economías sostenibles basadas en la ganadería principalmente.

La capacidad de albergar y alimentar la vida a su alrededor parecen ilimitadas en este medio. Los viejos árboles sirven de refugio a pájaros y nidos de toda ralea, a multitud de animales que tienen guarida en los troncos vacíos, a una miríada de insectos que viven de un modo u otro con o de la encina como el pequeño gorgojo que horada sus bellotas. Y del fruto o del ramoneo de sus hojas, se alimentan también muchas especies, como la torcaz, el cerdo o el jabalí, la cabra y los cérvidos. Desgraciadamente, un cúmulo de factores diversos que se ha dado en llamar la seca de la encina, está terminando con dehesas enteras que desaparecen como tales cuando las encinas mueren. Hongos e insectos son los principales síntomas de una enfermedad muchas veces causada por las podas abusivas, por el cese de las mismas y por el abandono de los antiguos sistemas de gestión, lo que ocasiona el consiguiente declive de todo el sistema.

En cualquier caso, la encina es la piedra angular de un hábitat de convivencia armónica entre el hombre y la naturaleza que ha perdurado a través de los siglos y que deberíamos recuperar como una verdadera oportunidad de desarrollo y coexistencia entre el hombre y el medio que habita. Sabemos por autores clásicos que, al principio de nuestra era, la bellota tenía una gran importancia para la alimentación humana, ya fuera molida y en forma de pan o tostada a la brasa. Hay encinas que dan bellotas dulces, mucho más sabrosas y apreciadas, que se continúan consumiendo entre los pastores y montañeses alrededor de la hoguera. La famosa Carrasca de Lecina, una encina monumental aragonesa, es conocida con el sobrenombre de Castañera de Carruesco por sus sabrosos frutos. Pero tanto ésta como otras muchas encinas de Cantabria y regiones del norte, dieron otra clase de frutos aún más raros, ya que fueron árboles de paz a cuyo pie se celebraban pactos y se sellaban acuerdos o se hacían las asambleas vecinales con el árbol centenario presidiendo la parroquia o municipio y haciendo las veces de testigo y referencia temporal.

Sobre el monte Vaticano, antiguamente llamado colina de los adivinos, crecía una encina que, según Plinio, era anterior a la fundación de Roma y tenía una inscripción en caracteres etruscos que atestiguaba que había sido objeto de antiguos cultos. Y es que la encina es uno de los árboles más longevos de Europa, capaz de sobrepasar el milenio y alcanzar dimensiones colosales. Aunque cada vez son más raras, debido al maltrato que sufren por obras u otras causas, todavía encontramos algunas encinas gigantescas como La Terrona de Cáceres, la de Garai en Vizcaya (en la foto) o la de Artziniega, en Álava, en cuya copa, cuenta la tradición, se apareció la Virgen.

OTROS USOS

El corazón de encina, la parte interna del tronco, es un material inigualable por su dureza, densidad y belleza. Se usaba para hacer herramientas de carpintería, bolas y bolos y un sinfín más de piezas y utensilios como los badajos de campana, que suenan muy bien. Las ramas de las podas se dejaban para que los animales las pelaran y comieran sus hojas y luego servían como leña o carbón de excelente calidad.

Texto y fotos Ignacio Abella

NOVIEMBRE
Encuentros al pie de los árboles

Las maderas recogidas a partir del mes de noviembre, especialmente las cortadas en menguante, duran mucho tiempo y son menos atacadas por la carcoma y los hongos. Para secar bien la encina y otras maderas duras que tienden a agrietarse enseguida, es preciso resguardarlas bien del sol y de las corrientes de aire. Se pueden sumergir en agua o en un barrizal las piezas o los troncos durante unos meses o sellar las testas por donde se deshidratan y empiezan a agrietar. Para ello basta protegerlas con una capa de cera, de barro o un mastic protector.

Cabalgar el árbol

El Viento Sur llega poderoso y caliente en el otoño y, agitando en oleadas las copas de los árboles, los despoja de hojas y frutos. Es un buen momento para acercarse al bosque y escoger un árbol joven alto y delgado, haya, abedul, fresno, álamo”¦ Abrazado a su tronco, con el vientre y el pecho pegados a su corteza y la mirada en el cielo, puedes sentir cada estremecimiento y todo el vaivén del árbol que vibra y se agita desde la cima hasta las raíces. Es una sensación salvaje e indescriptible que por momentos te hará sentir como un árbol, cabalgar sobre las nubes, echar raíces, experimentar la fuerza de los elementos”¦ volver ligero y despierto.

Blog de Ignacio Abella:

http://memoriadelbosque.blogspot.com

Artículo en Integral 371

Seguici in Facebook