Helados ecológicos que valorizan el campo

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Helados para salvar el Cerrado
Por Mario Osava

GOIANIA, Brasil, oct 2007 (IPS) – La capital del central estado brasileño de Goiás tienta a los turistas con tres heladerías. No sólo atraen más consumidores día a día por el sabor exquisito de las frutas nativas, sino que también promueven la biodiversidad.

Una cuarta tienda de helados se sumará en dos semanas en esta ciudad, con 1,4 millones de habitantes. Todas abastecidas por la familia de Clóvis de Almeida, un campesino de 54 años que encontró la fortuna gracias al conocimiento botánico acumulado en su infancia y juventud vividas en los yermos de Goiás.

Hubo tiempos más duros. Para llegar al poblado más cercano, a 60 kilómetros, “marchábamos dos días a caballo”. No había farmacias, “todo se curaba con medicamentos del bosque y las carreteras las abríamos a golpes de azadón”, recordó.

Almeida se mudó a Goiania, donde mantuvo a su familia, con tres hijos, vendiendo helados “comunes” en carritos empujados a mano por las calles. En 1990 quebró, sorprendido por un plan antiinflacionario del gobierno que bloqueó los ahorros de toda la población. Como avalista de tres amigos quedó con deudas impagables.

Empezó entonces a recurrir a sus conocimientos de las frutas nativas, desarrollando los helados que pasó luego a producir industrialmente en su empresa, Milka Frutos del Cerrado. Hoy son vendidas bajo franquicia en las tiendas de Goiania y en otras en el interior de Goiás y del vecino estado de Minas Gerais.

“Quedamos completo los fines de semana”, incluso en el invierno, dijo a IPS Antonio Neto, gerente de la heladería de 19 mesas y más de 90 sillas en la larga Avenida 85 de Goiania. Cajá-manga es el preferido entre los 46 sabores de “picolés” (helados solidificados en torno de un palillo) y 23 en masa.

Las variedades incluyen también sabores como el chocolate y la fresa (frutilla), “porque tenemos que atender a los niños” acostumbrados a helados de la gran industria, admitió Neto.

Miles de personas consumen a diario los “picolés” con la marca Frutos del Cerrado y los clientes se multiplican en el verano, a lo que se deben sumar las tiendas y las ventas callejeras que son una tradición en Goiania. Hay muchos candidatos a la franquicia en Brasil. También extranjeros, “interesados en nuestros productos porque no tienen agrotóxicos”, destacó Almeida.

El negocio, que emplea a más de 200 personas en la fábrica, cumple también otra misión asumida por Almeida: preservar y valorizar la biodiversidad del Cerrado.

Cajá-manga, gabiroba, araticum, burití, jatobá y jenipapo se van incorporando al vocabulario y gusto de la población urbana joven o vuelven al de los adultos de origen rural a través de sus helados.

Almeida es un apasionado por el Cerrado, al punto de que es invitado a dar charlas en universidades por sus conocimientos prácticos. El bioma o ecosistema concentra la mayor riqueza de Brasil, por sus frutas y plantas medicinales y porque allí nacen los ríos que forman las tres mayores cuencas del país, incluyendo la Amazonia, señaló a IPS.

“Quien tiene tierra en el Cerrado posee una mina de oro”, agregó, ya que con una hectárea produciendo las frutas locales se pueden ganar 165.000 dólares al año, mientras que una hectárea de soja sólo rinde 4.400 dólares. Criticó la irracionalidad de la deforestación para usar esas tierras con fines agrícolas.

Su entusiasmo se basa en su negocio, cuya expansión no está limitada por ausencia de demanda sino por la dificultad para conseguir materia prima. La sequía de este año en Goiás obligó a su empresa “a buscar frutas en áreas lejanas, hasta en Piauí”, se lamentó.

Piauí, el estado del nordeste brasileño a unos 2.000 kilómetros de Goiania, queda en un extremo del Cerrado, la sabana que se extiende por un cuarto del territorio de este país, con una biodiversidad comparable a la amazónica aunque poco reconocida y protegida.

Un estudio de realizado en 2004 por Conservación Internacional (CI) estimó que ese bioma estará totalmente destruido para 2030, considerando que sólo 34 por ciento de su extensión mantendría la vegetación nativa y que la pérdida anual, basada en un promedio de 1985 a 2002, era de 1,1 por ciento, ante el avance ganadero y agrícola.

Una nueva evaluación, con imágenes satelitales de mejor resolución debería estar lista el próximo semestre, dijo a IPS Ricardo Machado, director del Programa Cerrado de CI. Oscilaciones en el mercado internacional de la soja y la explosión del fenómeno de los biocombustibles probablemente alteraron el ritmo de la deforestación.

El problema es la visión tradicional que considera el Cerrado como un ecosistema pobre y “descartable”, por su paisaje sin bosques exuberantes, dominado por vegetación baja y arbustos retorcidos. La Constitución brasileña, aprobada en 1988, lo excluyó de los patrimonios nacionales, contemplando solo Amazonia, Mata (Bosque) Atlántica, el Pantanal Matogrossense y la zona costera.

El Cerrado también era menospreciado por su baja fertilidad natural, pero los avances tecnológicos y la fertilización lo convirtieron en frontera de expansión agrícola en las tres últimas décadas, acentuando su devastación. La intensa aplicación de cal para corregir la acidez alteró químicamente su suelo, en desmedro de la vegetación original.

Aprovechar económicamente la biodiversidad del Cerrado, hoy reconocida como rica en especies medicinales, alimentarias y proveedoras de insumos para la industria cosmética, es un camino para preservar la parte remanente del bioma, según Machado.

El uso de las frutas nativas en helados, jugos y dulces “es interesante” para popularizar las especies del Cerrado, agregándoles valor y generando muchos empleos, aunque sea insuficiente para contener la deforestación, agregó Machado. Es un camino ya recorrido con éxito en el caso de algunas especies amazónicas, como açaí y cupuaçú.

Es necesario, según el activista, ampliar el uso sustentable de esa biodiversidad por parte de comunidades locales organizadas y estimular otras iniciativas, incluso con políticas del gobierno y financiamientos favorecidos. No hay que limitarse a la extracción de las frutas, sino pasar al cultivo “en pequeña escala”, señaló.

La Asociación de los Productores y Beneficiadores de Frutos del Cerrrado (Benfruc), fundada por diez personas en 2004 en Damianópolis, un pequeño municipio de 4.000 habitantes en el nordeste de Goiás, se ha sumado a este esfuerzo. Cosecha y procesa 30 toneladas por año y lo ampliará a cien toneladas con una nueva planta que inaugurará a fines de 2007.

Toda la pulpa producida de las frutas es vendida a Sorbé, una heladería de Brasilia, a 300 kilómetros de Damianópolis, y se produce dulce de piquí, una fruta abundante en Goiás, para el comercio de Goiania, a 535 kilómetros.

La asociación surgió porque “en Damianópolis no hay trabajo. Sólo la escuela y la alcaldía ofrecen empleos”, explicó Giovanda de Souza Brandao, presidenta de Benfruc.

“Queremos ahora una reserva extractivista”, ya propuesta al gubernamental Instituto Brasileño de Medio Ambiente, con 27.000 hectáreas que permitirían ampliar la cosecha de frutas, productos medicinales y miel. Hay demanda, es la recolección de frutas lo que limita la cadena productiva, sostuvo.

Reserva extractivista (Resex) es un área destinada a la cosecha regulada de frutos del bosque, sin afectar su capacidad de reproducción ni el equilibrio ecológico. La idea nació en la Amazonia, por iniciativa de Chico Mendes, líder de los “seringueiros” (extractores de caucho natural) y héroe de luchas ambientales, cuyo asesinato en 1988 conmovió al mundo.

La Benfruc, cuyos miembros recolectan frutas y las procesan, está capacitando 90 familias para la ampliación del negocio. Sus asociados también plantan nuevos árboles y arbustos frutales, pero enfrentan el problema de la escasez de tierras.

Su actividad solo despegará de hecho con la Resex, que aseguraría tierras amplias y crédito oficial, afirmó Brandao, una ex campesina de 40 años, con dos hijos, quien sueña con adquirir algún día una hacienda para destinar cinco o diez hectáreas exclusivamente al cultivo de frutas del Cerrado.

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