El olivar: la arboleda geométrica

1197068426_0.jpg

Arturo Asensio

Joaquín Araújo
Natura / El Mundo. XII 2007

La línea recta denuncia al ser humano. Poco encontraremos en tierra firme que siga el famoso camino más corto. Mucho menos en los seres vivos, con la excepción de los tallos. Pero, para contradecir al soporte, las copas y las hojas son voluptuosidades innegables, caprichos en los que la forma siempre encuentra la solución más armónica. Si extrapolamos este casi universal proceder hasta cualquier formación arbórea nos encontraremos con la casi completa exclusión de lo uniforme y regular. Pero cuánta belleza de tanto caos. De ahí, por cierto, que nos asusten tanto las rectas, los planos continuos y hasta las directas. Con una salvedad: la del olivar de exquisitas equidistancias, de sucesivas uniformes hileras, de esos paisajes en los que todo parece trazado con pulcritud como si estuvieran sobre la mesa de un delineante.

Hasta que el efecto se multiplica cuando las alineaciones de los árboles cultivados quieren rivalizar con los mismos horizontes y se dedican a conquistar las cuatro esquinas del paisaje.

Los olivos son tan regulares en su disposición conjunta como complejos en su estructura individual. Para compensar que se les plante con tanto orden son el completo desorden individualmente tanto en lo que al tronco como al ramaje se refiere.

Una de las peculiaridades que se suman al deleite de la contemplación de las equidistancias y de esa masiva ocupación de hasta los últimos resquicios del territorio, es la marejada de colores que acompaña al olivar. De nuevo será la austeridad la que presida la mutación de lo sencillo en esplendor. De lo discreto en imponente sensación. Porque el verde de los olivos apenas lo es. La clorofila parece haber pactado, todavía más, con la levedad de la transparencia o con el profundo azul de los cielos más limpios para coquetear con los perlados, aterciopelados grises. Son los que se esconden en el envés de las hojas y tendremos que esperar a que el viento consienta la imagen de alegre tristeza que nos evocó Miguel Hernández. La otra cara, la que vemos con calma atmosférica, también ha pactado con los glaucos, de nuevo muy poco encendidos. Porque el fuego lento es la estrategia del olivo. Acaso sabiendo que su esencial producción está destinada a los mejores guisos y condimentos. El poder inmenso, esa derrota del tiempo que consiguen los longevos olivos, su tenacidad a veces milenaria no hacen más que conquistar futuros y aceite. Un intangible y un principio básico para la alimentación. ¡Cómo ilumina el olivar su propia vastedad con la suavidad de sus tonos!

Por dentro de este bosque domesticado hay un cosmos que no lo está. La práctica totalidad de los componentes de las comunidades zoológicas del mundo mediterráneo, con el verdecillo como ave más abundante, pueden medrar entre estas obligadas geometrías arbóreas. Aunque, últimamente muy vapuleado por la química agraria, en el olivar podemos encontrar mucho más que mochuelos. Hasta doscientas especies de aves, mamíferos y reptiles han sido encontradas vinculadas a los olivos. Pero, sobre todo, son nuestro mejor escudo defensor contra el avance del desierto.

– SIEMPRE JAÉN

Paisaje sostenido. Podemos colocarnos, por ejemplo, sobre las crestas de Sierra Mágina. Podemos hacerlo desde cualquiera de las estribaciones de Cazorla. El escalón de Úbeda y Baeza permite el mismo asomo. Incluso el castillo de la capital, donde ahora se asienta uno de los más bellos paradores de España, sirve para el mismo propósito. Buena parte de la provincia despliega ante nuestra capacidad de asombro el olivar que no se acaba. Las seis decenas de millones de pies que en hileras se desparraman hacia el infinito, sólo en la provincia de Jaén, se convierten en uno de los paisajes agrarios más singulares y bellos del planeta. Paisaje, además, con firmas. Porque es la cultura rural andaluza la que ha conseguido la creación de un todo armónico, sostenido y sustentador.

– EL CONEJO

Modesto e imprescindible. Todo paisaje tiene su animal. Pero son muy pocos los grandes espacios que toman su nombre de una especie zoológica. Una excepción es España, que significa “tierra de conejos” en fenicio. Correcto proceder porque los paisajes ibéricos son obra también de los conejos. Millones, acaso centenares de millones, poblaron en el pasado nuestros campos. Su capacidad de minar los suelos lábiles, la enormidad de su número, que llega a determinar la composición florística y la demanda que de los mismos siempre hicieron todos los predadores, humanos incluidos, le sitúan en el centro de todas las tramas vitales espontáneas. Tanto es así que cuando las plagas lo han reducido a una mínima parte de lo que fueron, los demás componentes de las comunidades naturales de España se han resentido.

Seguici in Facebook